jueves, 23 de abril de 2020

La teoría pedagógica de Platón: Política y educación


Las relaciones entre educación y política representan uno de los aspectos más importantes de la paideia platónica. Para aclarar dichas relaciones, La República caracteriza las distintas formas de gobierno.
La República comienza tratando de esclarecer la naturaleza de la justicia. Pero muy pronto la aguda dialéctica de Sócrates conduce al terreno político la discusión. Desde este instante, el tema único de la justicia se discutirá en dos planos, el individual y el político. El recurso de Sócrates consiste en abordar antes el tema en su contexto político y ayudarse luego de las claridades aquí obtenidas para iluminar el plano personal.

Hemos comenzado a examinar las costumbres del Estado antes de pasar a las de los individuos porque hemos creído que este método era más claro; mas ahora, ¿qué será más conveniente, que continuemos de la misma forma y que después de haber considerado el gobierno, pasemos en seguida al hombre que se le parece? La República, Libro VIII

Pero este plano individual acabará prevaleciendo sobre el político, y de esta forma, aunque La República parezca una obra política, es ante todo pedagógica. El individuo se construye un Estado a su imagen y semejanza, y el Estado, a su vez, proporciona al individuo la paideia que conviene a su estilo, la única que puede darle. Acentúa Platón pues la importancia del hombre y reivindica la responsabilidad individual.
El Estado es el medio de transmisión de la moral a los ciudadanos; Platón admite que los ciudadanos pueden influir sobre el Estado, pero otorga siempre mucha mayor importancia a éste que a los individuos. Su estructura y funcionamiento son vitales para todos los asuntos humanos; por otra parte, el Estado debe tomar en consideración las diferencias de aptitudes y de intereses de los hombres. El Estado ideal es aquel en que los hombres deben actuar conjunta y armoniosamente, de acuerdo con sus respectivas dotes naturales. Cada individuo debiera formarse y tener una ocupación que estuviera en consonancia con sus capacidades y con su función social.

Cada individuo sólo debe de aplicarse a una cosa, aquella para la que ha nacido, a fin de que cada particular, ajustándose a la profesión que le conviene, sea uno. La República, Libro IV

Para la conservación del Estado es necesario que exista siempre en él un guía que posea la mejor educación y el arte de gobernar.

Una ciencia […] sobre el Estado todo y sobre su gobierno […] es lo que tiene por objeto la conservación del Estado, y reside en aquellos magistrados que están encargados de su guarda. La República, Libro IV

Platón no se interesa por el Estado como un problema técnico o psicológico, sino que lo aborda simplemente como marco y como fondo de un sistema perfecto de educación. Los fines a que el Estado ideal aspira no son el poder, la prosperidad económica ni la acumulación ilimitada de riquezas; su ambición de riqueza y de poder termina allí donde estos bienes materiales dejan de servir al postulado de la unidad social interior. Para Platón, el verdadero problema es el de la paideia. Ésta es, a su modo de ver, la solución de todos los problemas insolubles. Una buena educación es la condición en la que se basa el Estado ideal de Platón.

En un Estado todo depende de los principios. Si ha comenzado bien, va siempre agrandando como el círculo. Una buena educación forma un buen carácter. La República, Libro IV

Su regente es el producto supremo de la educación, y la misión que se le asigna es la de ser el educador supremo de toda la ciudad.

Los que hayan de estar a la cabeza de nuestro Estado vigilarán especialmente para que la educación se mantenga pura. La República, Libro IV

Sólo por medio de la educación, de la formación del hombre, es posible alcanzar la finalidad perseguida por el legislador, y cuando aquélla es verdaderamente eficaz, huelgan las leyes. Para Platón, toda la estructura del Estado descansa sobre la verdadera educación o, mejor dicho, se identifica con ella. De ser cierta esta conclusión, resultaría que al alcanzar la meta de la verdadera educación habremos realizado también la verdadera justicia.
La justicia consiste en la conformación interior del alma con arreglo a la cual cada una de sus partes hace lo que le corresponde y el hombre es capaz de dominarse y enlazar en una unidad la variedad contradictoria de sus fuerzas interiores. La justicia es la salud del alma, siempre y cuando concibamos ésta como el valor moral de la personalidad. Así como la salud es el bien supremo del cuerpo, la justicia es el bien supremo del alma. La vida sin justicia no es digna de ser vivida, lo mismo que no merece la pena de vivirse una vida sin salud física.

La virtud […] es, si puedo decirlo así, la salud, la belleza, la buena disposición del alma; el vicio, por el contrario, es la enfermedad, la deformidad y la flaqueza. La República, Libro IV

Sin embargo, cualquier estado real es una degeneración. El estado ideal es el único en que tiene realidad la justicia absoluta. Los demás no pueden constituir más que otras tantas desviaciones de la norma, apartados de ella de muchísimas formas. Platón reduce esta casi infinita variedad a cuatro tipos fundamentales, que vienen a ser otras tantas enfermedades del Estado.
El desorden inicial es, según Platón, el de los hombres que perdieron la armonía o salud del alma. Pero al desorden personal le sucede el desorden político. De entre los estados enfermos, Platón critica el estado espartano con gran objetividad, y lo designa con la palabra “timocracia” (o timarquía). La paideia de Esparta inculca fuertes deberes y austeridades, educa para la guerra y para el servicio a la comunidad, pero no forma auténticos músicos, porque descuida la cultura del ánimo. Sus hombres carecen de convicciones arraigadas o las tienen muy débiles; por eso, cuando les falta la vigilancia de sus conciudadanos sucumben a las pasiones. Del hombre entregado, sin íntima cultura espiritual, al servicio de la comunidad, como el espartano, nacerá un hijo menos justo, dominado por la ambición.

En la timarquía, los ciudadanos, de ambiciosos e intrigantes que eran, concluyen por hacerse avaros y codiciosos. Reservan todos sus elogios y toda su admiración para los ricos; los empleos son para ellos solos, y basta ser pobre para verse despreciado. La República, Libro VIII

El segundo tipo de gobierno es el oligárquico.

- ¿Qué entiendes tú por oligarquía?
- Entiendo una forma de gobierno donde el censo decide de la condición de cada ciudadano; donde los ricos, por consiguiente, ejercen el mando sin que los pobres participen de él. La República, Libro VIII

Los ciudadanos se precipitaban cada vez más por el camino de las riquezas, por lo que mientras aumenta el aprecio de éstas, disminuye el de las virtudes. El hombre oligárquico se dibuja en La República como industrioso, ahorrador, sin atenciones a las necesidades más elevadas de su ser, con aspiraciones de zángano y actitudes de mendigo o malhechor; con apariencias honradas, pero siempre cuidadoso de las formas externas y de su buena reputación.

Se le parece por el espíritu de ahorro y por la industria; no concede a la naturaleza más que la satisfacción de los deseos necesarios; se priva de todo otro gasto, y domina todos los demás deseos considerándolos como insensatos. La República, Libro VIII

Platón desnuda a este hombre eficaz y correcto y denuncia su falso equilibrio, descubriendo su falta de afán a educarse:

Sin duda que este hombre apenas si ha pensado en instruirse. La República, Libro VIII

La democracia nace cuando los pobres oprimidos toman conciencia de su fuerza y de lo fácil que les sería acabar con un orden establecido sobre la injusticia. El nuevo régimen, instaurado generalmente por la fuerza de la revolución, erige la libertad en norma suprema. La justicia se ve desterrada por la tolerancia, y la libertad viene a ser el consentimiento de muchas cosas que debieran estar prohibidas.

Todo el mundo es libre en este Estado; en él se respira la libertad y se ve libre de toda traba; cada uno es dueño de hacer lo que más le agrada. La República, Libro VIII

La vida del ciudadano demócrata se desliza imprevisiblemente, libre y feliz, tan variada de ocupaciones e intereses diversos.
Mas de la extrema libertad sólo puede seguirse la extrema esclavitud. Es el caso del tipo de hombre tiránico. El hombre se hace tiránico cuando, ya sea por imposición de su constitución natural, ya por defecto de una depravada educación, o bien por las dos cosas, cae indefenso bajo la tiranía del desorden o se somete al imperio del deseo.
Tras estas conclusiones, Platón plantea las características de un Estado ideal, fruto de una paideia regida por la justicia. Pero este Estado está apartado de la órbita puramente terrenal; la ruta hacia ese Estado perfecto, hacia esa ciudad armónica, se rige por la norma divina.

Quizá hay en el cielo un modelo para los que quieren consultarle y arreglar por él la conducta de su alma. Por lo demás, poco importa que tal estado exista o haya de existir algún día; lo cierto es que el sabio no consentirá jamás gobernar otro que no sea éste. La República, Libro IX