domingo, 8 de noviembre de 2020

La economía de mercado

Lo que caracteriza la nueva situación de la sociedad industrial es el lugar central que en ella ocupa el mercado -se han venido a llamar también "sociedades de mercado"- y la autonomía que ha ido adquiriendo respecto al resto de las instituciones sociales.

Tradicionalmente, el mercado era una institución o el espacio de intercambio regulado por las necesidades sociales, en forma de costumbres, usos, leyes del lugar, etc., incluso prohibición de vender a determinados precios o determinados productos, etc. Buscaba garantizar el bienestar y la satisfacción de los individuos involucrados en la transacción. Por otra parte, no se producía directamente para el mercado, sino que en él se intercambiaba el excedente en un contexto de economía de autoconsumo. Por ello, en principio, el objetivo no era producir para el mercado, sino únicamente resolver por medio de él las necesidades básicas. En esta época se distinguía entre los mercados locales, aislados unos de otros, en los que se vendían los productos de la zona, y los mercados de larga distancia, que vendían productos de ultramar que, en muchos casos, eran de lujo y para la clases más pudientes.

Plaza del Mercado de Cracovia

Durante el siglo XVII, las monarquías absolutas desarrollaron políticas llamadas mercantilistas, pues ponían el acento en la importancia del comercio como factor de desarrollo económico. Condición para esto fue crear un mercado nacional unificado, es decir, romper con la fragmentación de mercados locales, cada uno con sus reglamentaciones impuestas por los usos y la costumbre, unificándolos en un mercado único, pero también fuertemente regulado y controlado por el poder del Estado. Estas políticas favorecieron, asimismo, la construcción de importantes redes de comunicación para transportar fácilmente las mercancías de un lugar a otro del país. Y se promulgaron leyes cuya finalidad fue favorecer la producción para el mercado y eliminar trabas para el comercio.

Sin embargo, sólo con el triunfo de las ideas liberales, primero en Inglaterra y, más tarde, en Francia y en el resto de Europa (España en este proceso irá bastante desfasada hasta el segundo tercio del siglo XIX), se inició el despegue de las condiciones que hicieron posible el mercado moderno como mercado autorregulado.

Se entiende por mercado autorregulado el que se da a sí mismo sus propias leyes de funcionamiento y se independiza de los intereses más inmediatos de la sociedad para atender a su propio funcionamiento, en el que priman los intereses particulares, o los de quienes intervienen en las relaciones de intercambio. Este mercado se rige por la ley fundamental de la oferta y la demanda, que es la que determina los precios e, indirectamente, cuánto y cómo producir.

Para que el mercado llegase a ser autorregulado fue necesario que desde el poder político se creasen las condiciones de su funcionamiento, convirtiendo o impulsando la conversión de todos los factores de producción -tierra, dinero y trabajo- en mercancías. Y así, durante todo el siglo XVIII se dio una importante legislación que favorecía la compraventa de las tierras liberándolas de las limitaciones a que estaban sometidas por las leyes y las costumbres tradicionales.

También la actividad legal en torno a la moneda, su acuñación, su equivalencia en oro, la regulación del crédito, la eliminación de las trabas medievales y religiosas sobre el préstamo a interés, etc., constituyeron una importante actividad de los gobiernos.

Una economía de mercado es un sistema económico regido, regulado y orientado únicamente por los mercados. La tarea de asegurar el orden en la producción y la distribución de bienes es confiada a ese mecanismo autorregulador. Lo que se espera es que los seres humanos se comporten de modo que pretendan ganar el máximo dinero posible: tal es el origen de una economía de este tipo. Dicha economía implica la existencia de mercados en los que la oferta de bienes disponibles (comprendidos los servicios) a un precio determinado será equivalente a una demanda de igual precio; supone la presencia del dinero que funciona como poder adquisitivo en las manos de quien lo posee. La producción se regirá, pues, por los precios, ya que los precios dependen de los beneficios de quienes orientan la producción; y también la distribución de bienes dependerá de los precios, pues los precios conforman los ingresos, y gracias a ellos, los bienes producidos son distribuidos entre los miembros de la sociedad. Si se admiten estas hipótesis, tanto la producción como la distribución de los bienes quedan aseguradas únicamente por los precios.
La autorregulación implica que toda la producción está destinada a la venta en el mercado y que todos los ingresos provienen de ella. Existen, en consecuencia, mercados para todos los elementos de la industria, no sólo para los bienes (entre los que figuran siempre los servicios), sino también para el trabajo, la tierra y el dinero, cuyos precios son denominados, respectivamente, precios de mercancías, salario, renta territorial o "renta" e interés.
K. Polanyi, La gran transformación

 

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