lunes, 6 de agosto de 2012

El reino visigodo

Los pueblos germánicos que se establecieron en la península Ibérica se insertaron plenamente en las estructuras de la época romana, especialmente los visigodos. Sólo hubo un cambio decisivo en el ámbito político, pues el poder, antes ejercido desde Roma, estaba ahora establecido en Toledo y se extendía sobre un territorio que prácticamente coincidía con los límites de la Península. No obstante, en tiempos visigodos se acentuaron las transformaciones iniciadas en el Bajo Imperio, que preludiaban la sociedad feudal: ruralización aplastante y papel creciente de las relaciones personales. En otro orden de cosas se pusieron los cimientos de una cultura fuertemente impregnada por lo eclesial.


Iglesia de San Pedro de la Nave (Zamora), construida entre 680-711
en pleno dominio visigodo.
A lo largo de los siglos IV y V d.C., tuvieron lugar las grandes invasiones protagonizadas por los llamados pueblos bárbaros, los cuales irrumpieron en el Imperio Romano, acelerando de esa forma su caída. La península Ibérica no escapó a las invasiones. Pero de los diversos pueblos que llegaron a Hispania sólo los visigodos pudieron erigir una construcción política sólida, que fue capaz de perdurar hasta principios del siglo VIII, en que fue barrida por los musulmanes.


1.- Las invasiones germánicas en Hispania
Durante los siglos III y IV d.C. ya se detectó en Hispania la presencia de bandas de pueblos germánicos. No obstante, la gran invasión tuvo lugar a principios del siglo V. En el año 409 cruzaron los Pirineos, en dirección hacia el sur, entre otros pueblos, los suevos, los vándalos y los alanos. Tradicionalmente se habla de invasiones germánicas, aunque en realidad uno de esos pueblos, concretamente los alanos, eran de origen asiático. Los cronistas de la época nos han transmitido un cuadro patético de las invasiones, atribuyendo a los bárbaros todo género de atropellos.
Los vándalos se dirigieron hacia el sur de la Península, donde permanecieron algún tiempo, hasta que más tarde, hacia el 429, pasaron al norte de África. Los alanos, instalados en el centro y este de la Península, fueron en realidad absorbidos por la población hispanorromana. Los suevos se establecieron en el noroeste, consiguiendo fundar un reino que mantuvo su independencia hasta finales del siglo VI.


2.- Los visigodos en Hispania
Los visigodos, una de las ramas del pueblo godo, eran sin lugar a dudas, de todos los pueblos que llegaron a la Península en el siglo V, los más romanizados y los que tenían una mayor experiencia política. Aparecieron en la Tarraconense en el año 415, con el propósito de combatir a los otros pueblos invasores. Pero después de firmar el año 418 un pacto o "foedus" con Roma abandonaron la Península, estableciéndose en las Galias. A mediados del siglo V retornaron a Hispania, como aliados de Roma, con la finalidad de combatir a los suevos. A partir de ese momento se acentúan las incursiones de visigodos a la Península. No obstante, el centro de su asentamiento continuaba estando el sur de las Galias, con capital en Tolosa. Sólo después de ser derrotados por los francos en Vouillé (507), los visigodos abandonaron las Galias, trasladándose definitivamente a tierras hispanas, en donde fundaron un reino con capital en Toledo.


3.- El reino visigodo de Toledo
Estatua del rey Recaredo,
en la balaustrada
del Palacio Real de Madrid
El vacío de poder creado por la desaparición del Imperio Romano de Occidente (476) fue ocupado por los diversos pueblos bárbaros establecidos en su territorio. En Hispania, el poder político más importante correspondía a los visigodos. No obstante, éstos no controlaban ni mucho menos el conjunto de las tierras de Hispania. En Galicia subsistía el reino de los suevos. Al norte de la cordillera Cantábrica los vascones conservaban de hecho su independencia. A mediados del siglo VI los bizantinos, en su intento de restaurar el Imperio Romano, ocuparon el sureste de la Península. Pero había también otros factores, religiosos y jurídicos, que dificultaban la creación de un estado unificado en Hispania. Existía una separación tajante entre los visigodos y la mayoría de las población hispanorromana, pues mientras los primeros eran arrianos (el arrianismo era una interpretación herética del cristianismo), los hispanorromanos eran católicos. Por otra parte, visigodos e hispanorromanos se regían por normas jurídicas diferentes. En la segunda mitad del siglo VI la monarquía visigoda se fortaleció considerablemente. El rey Leovigildo (573-586) hizo retroceder a los bizantinos, castigó duramente a los vascones y liquidó el reino suevo, incorporando el territorio a sus dominios. Pero fracasó ruidosamente en su intento de lograr la unificación del reino a base del arrianismo, lo que motivó un conflicto violento con su propio hijo Hermenegildo, adicto al catolicismo. El hijo y sucesor de Leovigildo, Recaredo (586-601), dando muestras de una gran inteligencia política, terminó con las diferencias religiosas al aceptar el catolicismo en el III Concilio de Toledo (589).
En el siglo VII se eliminaron algunos de los más importantes obstáculos con que había tropezado la monarquía visigoda. En tiempos de Suintila (621-631) se terminó con la presencia bizantina en Hispania. Algunos años después Recesvinto (649-672), al promulgar el "Liber Iudiciorum" o "Fuero Juzgo", ponía fin a las barreras jurídicas que habían separado a los visigodos de los hispanorromanos. Pero al mismo tiempo, la monarquía visigoda se debilitaba por la supeditación a los intereses de las capas altas de la sociedad, la nobleza y los prelados. La monarquía, de carácter electivo, no podía imponerse a los poderosos. Los últimos tiempos del reino visigodo fueron una pugna continua entre las facciones nobiliarias en lucha por el poder, que podemos ejemplificar en el enfrentamiento, ya en el siglo VIII, del rey Rodrigo y los hijos de su antecesor Vitiza. Este estado de cosas facilitó la invasión de la Península por los musulmanes.