miércoles, 2 de enero de 2013

El contenido de la cultura


Con la simplificación que le es característica a Linton, pero también con la claridad pedagógica que no le es menos característica, este autor agrupa las necesidades humanas en: biológicas, sociales y psíquicas. Las necesidades biológicas son aquellas que se derivan de las características físicas del hombre, son comunes a los hombres y a los animales y de un tipo particularmente urgente. A menos que la cultura proporcione técnicas adecuadas para resolverlas, ni el individuo ni el grupo podrán sobrevivir. También son las que están relacionadas con el medio natural y la forma como se presentan puede estar determinada por éste; el tipo de alimento, la forma de las habitaciones o la característica de los vestidos variará de una región a otra.
Las necesidades sociales de los seres humanos surgen de la vida en grupo. La primera y más vital de estas necesidades es la de proteger la solidaridad del grupo, e íntimamente ligada con ésta, la de evitar las tensiones y solucionar los conflictos. También se incluyen entre este tipo de necesidades la de preparar a los individuos para ocupar las posiciones sociales que el sistema social les haya asignado. Aunque en mucha menor medida que las necesidades naturales, y contrariamente a lo opinado por Linton, estas necesidades también están influidas por el medio físico, dado que las formas de organización social son consecuencia de la lucha del hombre contra la naturaleza.

Por último, las necesidades psíquicas, exclusivas de la especie humana, son todas aquellas que ejercen la función de crear algún tipo de satisfacción a la gente que las comparte. Todos los seres humanos desean reacciones honorables en otros individuos, esperan cosas inalcanzables o fáciles de alcanzar, y necesitan de evasiones psicológicas y de procesos de compensación. A la larga, la satisfacción de estas necesidades es quizá tan importante para el funcionamiento efectivo de una sociedad como la de cualquiera de los otros dos tipos de necesidades, aunque son menos inmediatos y urgentes. Sin embargo, estas necesidades son en sí vagas y generales; las fija el condicionamiento cultural del individuo y las respuestas que para ella ofrecen las diversas culturas son casi infinitamente variadas.
Desde el punto de vista de la participación de la cultura, y siguiendo también a Linton, podemos distinguir los siguientes elementos o rasgos culturales: universales, especialidades, alternativas y peculiaridades individuales.

Los universales son las ideas, hábitos y reacciones emotivas condicionadas que son comunes a todos los miembros adultos de la sociedad. El término universal es explicado por Linton de un modo mucho más restringido que otros autores, que lo consideran como la constante aparición de algún tipo de pauta en todas las sociedades, como el tabú del incesto o la elaboración de los alimentos; tal es la idea de Levi-Strauss cuando precisa que el objeto de la Antropología es el obtener conclusiones válidas para todas las sociedades humanas, desde la gran ciudad moderna hasta la pequeña tribu melanesia. Sin embargo, en este caso Linton sólo lo refiere al contenido de una cultura determinada. Un elemento clasificado como universal en una cultura –nos dice- puede faltar totalmente en otra. A esta categoría pertenecen elementos como el uso de un idioma particular, las formas de vestido y vivienda, etc., e igualmente las asociaciones y valores que, aunque en su mayoría no alcanzan un estado consciente, son una parte integral de la cultura.
Las especialidades son todos aquellos elementos de la cultura que comparten los individuos pertenecientes a ciertas categorías socialmente reconocidas, para la totalidad de la población. Determinadas actividades son asignadas a los hombres y otras a las mujeres; el reparto de oficios y diversas funciones entre los miembros de la sociedad tiene también origen en este tipo de elemento de la cultura. Son, en su mayoría, habilidades manuales y conocimientos técnicos. En su mayor parte sirven para la utilización y control del medio ambiente. Y, aunque no toda la sociedad los comparte, sí participan todos de los beneficios de ellos derivados, y todos los miembros de la sociedad tendrán una idea bastante clara de cuáles han de ser el producto final o el resultado final de cada una de las actividades especializadas. Se pueden desconocer las artes culinarias, pero cualquiera de los miembros de la sociedad en la que éstas sean usuales sabrá distinguir, sin que tenga que ser cocinero, si una comida está bien o mal hecha, lo mismo que cualquiera que no sea capaz de trazar el más mínimo dibujo puede opinar respecto a la pintura llevada a cabo por un singular artista.

En tercer lugar, existen en toda cultura un número considerable de características que comparten ciertos individuos pero que no son comunes a todos los miembros de la sociedad, que Linton denomina alternativas. Todas estas alternativas tienen en común lo siguiente: representan diferentes reacciones frente a las mismas situaciones, o diferentes técnicas para alcanzar los mismos fines. Las alternativas son más numerosas e importantes en las sociedades con mayor grado de complejidad y más evolucionadas tecnológicamente. Como ejemplo tenemos los diferentes hábitos domésticos, la posibilidad de usar múltiples medios de transporte, las diversas opiniones ideológicas o creencias religiosas que se pueden presentar dentro del seno de una sociedad.

Fuera ya de los límites de la cultura, pero íntimamente relacionada con ella y con importancia sobre todo desde el punto de vista dinámico, aparecen las llamadas (por el autor al que estamos siguiendo) peculiaridades individuales. Están integradas por todos aquellos aspectos que aparecen de modo singular en individuos aislados sin que se repitan con una frecuencia significativa dentro de su sociedad. Tal sería el caso de todo aquello que posee alguna característica o capacidad atípica con las imperantes en su sociedad, como las rarezas consideradas de “extavagancias” que aparecen en algunos individuos, el particular estilo literario de un escritor, la mayor capacidad física de un atleta, las tendencias delictivas, los hábitos urbanos de una persona que vive en un medio rural, la adopción por alguien de nuevas ideas religiosas o políticas, etc. Las peculiaridades individuales en muchas ocasiones toman la forma y el sentido de simples transgresiones y pueden ejercer la función, en el caso de que se transmitan, de originar cambios implantando innovaciones, descubrimientos o invenciones, o procurando que los otros miembros de la sociedad emulen actos destacados, como sucede con la continua superación científica o en la tendencia a batir marcas atléticas.
Ely Chinoy parte de la división inicial de los componentes de la cultura en tres grandes campos: instituciones, ideas y materiales. Las instituciones son definidas como las pautas normativas que delimitan lo que en una sociedad se considera como adecuado. El concepto sociológico de institución incluirá la totalidad o la mayoría de lo que bajo este término se considera desde el punto de vista jurídico, como puede ser una corporación municipal o la admisión o inadmisión del divorcio, pero no quedará aquí limitado, sino que su parte cuantitativamente más importante trasciende de estos aspectos y puede incluir hasta el uso de la boina en el caso del País Vasco.
Las instituciones pueden ser subdivididas de acuerdo con diversos criterios. Según uno de ellos se pueden dividir en folkways y mores. Si nos atenemos a su traducción literal ambas significan en castellano lo mismo: costumbres. Sin embargo, se ha escogido la palabra inglesa y la latina para incluir en ellas matices específicos necesarios dentro del análisis socio-antropológico. Por folkways entendemos los usos populares no obligatorios, como puede ser el caso de la utilización de la corbata y del pelo corto entre los hombres de nuestra sociedad, lo mismo que dentro del subgrupo hippy sería precisamente un folkway el pelo largo o no usar corbata.
Los mores son aquellas normas fuertemente sancionadas desde el punto de vista moral; o sea que su obligatoriedad reside en su sanción social. Incluso dentro de nuestra sociedad, aunque muchos mores no se encuentran dentro de la legislación positiva su trasgresión es más difícil que la de las leyes, por la carga coactiva que recibe de toda la sociedad. El no ayudar a los ancianos, o, hasta hace bien poco, la pérdida de la virginidad por la mujer soltera o el afeminamiento en los hombres, se suelen tomar, en nuestra sociedad, como más importantes que la evasión de capitales, el fraude fiscal o la especulación.
Otra alternativa de dividir las instituciones desde otro punto de vista es la de hacerlo en hábitos y leyes. Los primeros son los usos establecidos por el tiempo, es decir, aquellas prácticas que han llegado a ser profundamente aceptadas como forma apropiada de conducta, en tanto que las leyes son las reglas establecidas por el poder, participando de una imposición coactiva por los diversos medios de que dispone el estado o las organizaciones políticas o cuasi políticas dominantes en cada sociedad. La ley puede estar originada por la costumbre, o sea, que por el uso continuado y aceptado del hábito se puede convertir, por la promulgación o aceptación del poder político, en ley. Las leyes son propias de las sociedades más complejas. En las llamadas sociedades “primitivas” no se da la ley más que de un modo muy diluido; el autocontrol y la pasión social suelen ejercer la misma función, y frecuentemente de modo más efectivo.
Hay otro tipo de instituciones que no encajan en las divisiones antes señaladas, pero que no por ello pierden tal carácter. Entre este tipo de instituciones recogemos la moda y el estilo, importantes en las sociedades en cambio y cuya característica principal es la transitoriedad.
Otra de las categorías en que se divide la cultura es en la de las ideas, tras lo que se abarca un variado y complejo conjunto de fenómenos sociales. A su vez, las ideas se pueden subdividir en creencias y valores.

Creencias son todas las interpretaciones que los hombres dan sobre ellos mismos y sobre el mundo social, biológico y físico, en el que viven, y también sus consideraciones respecto a las relaciones con sus semejantes, con la sociedad, con la naturaleza y aquellas otras entidades y fuerzas que suelen descubrir, aceptar o conjurar. Ello abarca la totalidad del vasto conjunto de conocimientos y opiniones por los cuales los hombres explican sus observaciones y experiencias.
Los valores son el conjunto de patrones que los hombres de toda sociedad aprenden y comparten –dentro de ciertos límites, por supuesto-. A su vez, los valores son fuentes sentimentales; ya que de acuerdo con ellos, los hombres aprobarán o desaprobarán un acto, estarán de acuerdo o en desacuerdo con una situación, considerarán buena o mala cualquier cosa o aplicarán el concepto de belleza o fealdad. El sistema de valores imperante en una sociedad influye sobre su dinámica acelerando o frenando el cambio.
Íntimamente ligada con las creencias y los valores está la ideología, que es el conjunto de creencias y conceptos que explican el mundo social, a los individuos y a los grupos que los sustentan. La ideología se diferencia de las simples creencias en que supone un cuerpo interrelacionado de estas últimas, y en que generalmente reviste un carácter cualificadamente trascendente. En la misma línea también tenemos que distinguir las mentalidades, que son complejos de opiniones y representaciones colectivas menos deliberadas y reflexivas que las ideologías. La mentalidad tiene una proyección primordialmente psicológica, y afecta a la personalidad y actitudes del que la posee. Tanto la mentalidad como la ideología están compuestas de creencias y valores que en cada caso estructuran y ordenan el comportamiento de una manera típica.

El tercer gran campo de la cultura es el de los materiales. Consisten en aquellas cosas que los hombres crean y utilizan. El complejo constituido por los materiales puede ser muy diferente de una sociedad a otra, tanto cualitativa como cuantitativamente.
En los materiales tenemos que distinguir dos componentes: el físico y el simbólico. El primero es el que se deriva de su composición, forma y utilidad, en tanto que el segundo, que sólo existe para algunos materiales, está integrado por la carga significativa que los hombres le asignan de acuerdo con sus ideas y, posiblemente en relación con las instituciones vigentes en cada sociedad. Una cruz puede ser simplemente una pieza de dos palos cruzados, sin embargo, para el cristianismo cobra un singular relieve como símbolo de la Cristiandad.
Hasta aquí, la división que de los elementos de la cultura hace Ely Chinoy, pero consideramos que a instituciones, ideas y valores hay que añadir la tecnología o conjunto de técnicas existentes en una sociedad. La tecnología comprende la existencia y usos de materiales pero dentro de determinadas normas y coordinadamente con otros materiales.
Marcel Mauss define a las técnicas como actos tradicionales, agrupados en función de un efecto mecánico, físico o químico, en cuanto que son conocidos como tales actos. El conjunto de las técnicas forman las industrias y los oficios. Y el conjunto de las técnicas, industrias y oficios forman el sistema técnico de una sociedad, que es consustancial a la misma.