sábado, 14 de julio de 2012

Cultura, arte y religión en la España romana

La presencia de Roma en Hispania trajo como consecuencia la introducción de su cultura, sus creencias y prácticas religiosas y sus concepciones artísticas. El proceso unificador desarrollado por Roma en la cuenca del Mediterráneo, y que afectó también a las manifestaciones del espíritu, hizo de Hispania una pieza más del conjunto. Esta inserción de la península Ibérica en el contexto del Imperio Romano fue precisamente uno de los factores que facilitó la difusión en tierras hispanas del cristianismo.


1. La cultura hispanorromana
Hispania se incorporó plenamente a la cultura romana, especialmente aquellas regiones que, como la Bética y la Tarraconense, habían mantenido amplio contacto con los pueblos colonizadores. El latín se impuso como lengua de la administración pero también como vehículo de culturas. Las escuelas de Retórica transmitían a las minorías dirigentes de Hispania las formas de expresión vigentes en Roma. Numerosos hombres públicos que destacaron en Roma eran originarios de Hispania (incluso algunos de los más importantes emperadores, como Trajano).


Séneca
Pronto estuvieron los hispanos en condiciones de contribuir al florecimiento de la cultura romana. Esta aportación fue particularmente destacada en el siglo I d.C., el siglo por excelencia de la cultura hispano-latina. Quizá el intelectual hispano más destacado fue cordobés Lucio Anneo Séneca, autor de una obra filosófica de carácter estoico preocupada ante todo por los problemas de la moral, y que ejerció en el futuro una enorme influencia. En el campo de la literatura hay que recordar a Quintiliano, maestro de retórica, a Marcial, autor de unos epigramas llenos de ingeniosidad y cinismo, y al historiador Lucano, el cual en su obra Farsalia ha dejado constancia de su realismo. En el terreno del pensamiento científico es imprescindible citar al agrónomo Columela, y al geógrafo Pomponio Mela.


2. El arte hispanorromano
El espíritu constructor de los romanos se plasmó en tierras hispanas en la erección de innumerables obras, muchas de las cuales se conservan aún en nuestros días. Son construcciones urbanas, destinadas a la satisfacción por los habitantes de las ciudades de sus necesidades materiales (de ahí los acueductos, puentes, etc.), o espirituales (teatros, templos, arcos conmemorativos, etc.). He aquí algunas de las muestras del rico legado arquitectónico dejado por Roma en Hispania:

Templo de Diana en Évora, Portugal

  • Templos (Évora, en Portugal, Vich, "Diana", de Mérida)
  • Teatros (Mérida, Sagunto, Clunia)
  • Anfiteatros (Mérida, Itálica)
  • Acueductos (Segovia, "Los Milagros" de Mérida)
  • Puentes (Alcántara)
  • Arcos conmemorativos (Bará, Medinaceli)
  • Sepulcros (la llamada "Torre de los Escipiones", en Tarragona)
  • Murallas (Lugo)
Por lo que respecta a la escultura se han conservado diversas estatuas de divinidades y algunas de emperadores. Muy importantes son los mosaicos, que recogen escenas diversas, como las hazañas de Hércules en el de Liria (Valencia) o el sacrificio de Ifigenia, en un mosaico de Ampurias.

3. El cristianismo en España
La unificación impulsada en Hispania por Roma afectó también a la vida religiosa. Las creencias de los pueblos indígenas, aunque no fueron totalmente arrinconadas, se debilitaron profundamente ante la irrupción de la religión romana. No obstante lo que en realidad le interesaba a Roma era la difusión del culto imperial.
La gran novedad de la España romana, desde el punto de vista religioso, fue la introducción del cristianismo. Sin embargo se conoce bastante mal todo lo relacionado con la penetración de la nueva religión. La noticia de la llegada a Hispania del apóstol Santiago es fruto de una tradición bastante tardía. En cambio es probable la predicación en tierras hispanas de Pablo, que se situaría entre los años 64 y 66 d.C. Pero las referencias a la presencia en España de los siete varones apostólicos responden simplemente a una piadosa tradición.
La difusión de la doctrina cristiana en la península Ibérica debió de realizarse con lentitud, pues tropezó con dos importantes obstáculos: por una parte la pervivencia de costumbres paganas, especialmente entre los rústicos; por otra, la hostilidad de Roma. Desde el siglo III d.C. las persecuciones afectaron a los cristianos de Hispania, muchos de los cuales fueron condenados. Mas a pesar de todo, el cristianismo arraigó en Hispania. A principios del siglo IV, cuando el edicto de Milán permitió a la iglesia cristiana salir a la superficie, ya existía en Hispania una densa red de parroquias y diócesis, pues en el Concilio de Iliberis (Elvira, Granada), celebrado por entonces, se dieron cita 20 obispos.
El cristianismo, asentado sólidamente en Hispania en el siglo IV d.C., ganó en complejidad pero también en problemas. Pronto surgieron interpretaciones heréticas, por ejemplo la de Prisciliano, notable por su ascetismo riguroso. El poeta Prudencia es un ejemplo espléndido de lo primero. Del arte paleocristiano merecen cita los abundantes sarcófagos (así el de San Félix en Gerona o el de Santa Engracia en Zaragoza).

Sarcófago de Santa Engracia
Basílica de Santa Engracia, Zaragoza