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miércoles, 18 de marzo de 2020

Educación como proceso dinámico

Caben dos conceptos de educación:
  • Es una influencia externa configuradora (heteroeducación).
  • Es el proceso que proporciona los medios para la propia educación y el desarrollo interior del individuo (autoeducación).
La educación se presenta como una acción unidireccional que puede ejercerse sobre los demás (heteroeducación) o sobre uno mismo (autoeducación).
La educación es también un efecto. Es todo un proceso de configuración del hombre, ya sea intencional (sistemático) o espontáneo (asistemático). La educación efecto tiene un límite, el moldeamiento de los individuos tiene un límite. El límite es que que el efecto educativo no es lo definitivo, lo inmóvil, sino que son peldaños para que el hombre llegue a formarse. En este proceso dinámico hay una serie de pasos que el hombre sigue a lo largo de su vida. La educación efecto tiene más dominio a nivel social que a nivel individual. Tiene toda persona que seguir unas pautas de comportamiento. Esta educación efecto se cristaliza en la escuela.
La educación, antes que un efecto, es un proceso dinámico. Va tomando distintas fases según las corrientes del momento. La educación, más que una acción o un efecto, es una realidad. La educación como realidad se da en la sociedad y también a nivel individual.
La educación se da porque sí; siempre entraña una intencionalidad educativa. Con la conciencia que tengamos de influir en los demás más o menos, así será la intencionalidad. Según el grado de intencionalidad, existe la educación cósmica y la educación sistemática:
 
Educación cósmica: Influyen en el individuo los demás, influye todo lo que le rodea. Es una educación producto de la experiencia propia de cada uno. Cada persona tiene que vivir su propia experiencia. Es una educación antural, es el resultado del ambiente. No posee pues métodos fijos. Es una educación reflejo del entorno social.
Educación sistemática: Son todas las instituciones educativas sometidas a pautas, entendidas como un trabajo consciente sometido a reglas laborales. Las características son:
  • Es consciente.
  • Tiene una finalidad concreta, intencional.
  • Se desarrolla de forma ritual.
  • Es metódica.
  • Es relacional (relación entre el sujeto y el educador).
  • Es más rentrigida que la cósmica.
  • La educación cósmica es anterior a la sistemática.
La educación es la formación por medio de unas influencias exteriores, conscientes o inconscientes, o por un estímulo que, si bien proviene de algo que no es el individuo mismo, suscita en él una voluntad de desarrollo autónomo a su propia ley.
Esta definición de educación es demasiado general. Hay dos caminos para llegar a una definición de educación:
1 - Llegar a un concepto restringido de la educación como actividad intencional, conlleva cuatro rasgos fundamentales: Requiere un profesor, requiere un educando, requiere una interacción pedagógica y requiere una voluntad de ambos. Nos serviría la siguiente definición: "Influencia sobre el hombre dúctil o inculto con la intención de formarlo".
2 - Enunciando los distintos momentos del proceso educativo general: "Es el conjunto de influencias que se ejercen sobre el ser para configurarlo desde el punto de vista espiritual y biológico".
 
 
Hay tres etapas dentro del proceso educativo:
Etapa de crianza, en el plano plenamente biológico. La finalidad está en asegurar la subsistencia orgánica de la especie.
Etapa de búsqueda de unos hábitos adaptativos para el individuo.
Etapa de instrucción, de transmisión y asimilación de ciertos contenidos del bien cultural. Hay dos momentos de la instrucción que serían la enseñanza y el aprendizaje, que afectan sólo a la capacidad intelectual de quienes participan en el acto instructivo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Fundamentos de la educación

Los pilares fundamentales sobre los que se asienta la educación, como realidad, como sistema y como proceso, podemos determinarlos en estos cuatro aspectos, entre sí relacionados: hombre, sociedad, cultura y comunicación. Vienen a constituir, también, dimensiones fundamentales de la educación, puesto que se implican en ella y en su modo de manifestarse. Así pues, son basamento o fundamento, incluso de carácter causativo, en cuanto la educación se apoya en ellos para constituirse como hecho, como función, como proceso, y, al mismo tiempo, examinados desde la misma educación, en su modo de darse y caracterizarse, aparecen como dimensiones constitutivas de la misma, implicadas en su proceso y en su realidad.

La educación, en efecto, es un hecho humano, social, cultural y comunicativo. Considerada como sistema -o conjunto de elementos entre sí conexionados, con referencia a un objeto o finalidad- y como proceso -secuencia de funciones o actividades ordenadas a una norma, patrón o valor-, que vendrían a ser, respectivamente, el aspecto estructural y el funcional de su manifestación real, la educación ofrece la misma fundamentación y dimensionalidad. Constituye un sistema y un proceso humano, social, cultural y comunicativo.
Empero hay que resaltar la interrelación que tiene lugar entre estos aspectos, basales y dimensionales. Dicha interrelación se da, efectivamente, entre tales aspectos y entre ellos y la educación; o sea, afectan a la educación y son afectados, a su vez, por ella. Podemos decir, resumiendo, que los procesos humanos, sociales, culturales y comunicativos se implican en la educación, determinándola de algún modo y siendo afectados, al mismo tiempo, por la misma, puesto que el hecho educativo se integra en dichos procesos y los condiciona de alguna manera. La educación, como proceso optimizante, ha de ser promotora de optimización evolutiva en el plano humano, en el plano social, en el cultural y en el de la comunicación.
De ahí la importancia que tiene la caracterización de la educación como sistema abierto, es decir, en conexión interactiva con otros sistemas, de los que participa y a los que confiere su propia virtualidad. Y sus fines, inmediatos y mediatos, sus medios -procedimientos, métodos y técnicas de realización-, sus recursos, sus circunstancias instrumentales, acompañantes y accidentales, sus resultados y consecuencias, es decir, todos sus aspectos sistémicos y procesuales, se integran de algún modo en la dinámica de otros sistemas y provienen inicialmente, preformadamente, de los mismos, aunque la educación los mediatice y transforme en virtud de su peculiar función. Se da, pues, un circuito de interdependencia. Se puede decir que sin el musno sociocultural no habría educación; pero acaso se pueda decir también que sin la educación -enraizada en el hecho humano- no habría mundo sociocultural. La misma implicación se da en el devenir del hombre y en el desarrollo de la comunicación humana.
Como resumen de las notas conceptuales, de las características y dimensiones enunciadas, podemos sistetizar los fundamentos constitutivos de la educación en estos tres planos:

 a  - en el subjetivo y entitativo, atendiendo a la educabilidad del hombre, capaz de optimizar su desarrollo personal y de integrarse evolutivamente en la sociocultura (fundamento antropológico);
 b  - en el relacionante y funcional, considerando el aspecto de conducción que la educación implica, en orden a una dirección interior de la conducta y a una posibilitación comunicativa y de guiaje que favorezca la maduración del hombre, su desarrollo adecuado, y, a través de él, de la colectividad humana (fundamento directivo-conductual).
 c  - en el objetivo y mediador, advirtiendo la formalización operativa que el proceso de la educación supone, tendente a la estructuración de la personalidad, realizador de una interacción entre el hombre, la sociedad y la cultura y conformador de unos medios comunicativo-formativos -cognoscitivos, afectivos y de acción-, que determinarán las manifestaciones múltiples del hecho educativo (fundamento formativo y praxiológico).

Así, el fenómeno de la educación, que es un fenómeno humano, al mismo tiempo que un fenómeno social y cultural, se inscribe en la línea de los fenómenos comunicativos, optimizantes y evolutivos, por su carácter informativo y modulador y por su misma naturaleza dinámica.
Otros aspectos de la educación podrían incluirse, matizadamente, en estas caracterizaciones; así, por ejemplo, su dimensión tecnológica, como también su dimensión económica, evidentemente importantes para explicar su manifestación fenoménica colectiva y su desarrollo sociocultural. Su dimensión prospectiva es, asimismo, fundamental para caracterizar los tres planos mencionados de la educación, para advertir su dinamismo y determinar su acción superadora, hacia un futuro más evolucionado y más digno de la persona y de la humanidad.

domingo, 19 de febrero de 2017

Características de la educación

Si consideramos la educación, en su sentido más específico, como actividad humana y como relación, podemos señalar algunas características fundamentales de la misma:

 a  - Capacidad subjetiva, propia del sujeto humano, de desarrollarse psíquicamente, de formarse -adquirir forma o estructura personal-, de realizar y desenvolver su personalidad. Se trata de una posibilidad transformativa, al mismo tiempo adaptativa y proyectiva, que recibe el nombre de educabilidad. Puede entenderse como una condición subjetiva de la educación y como un fundamento de la misma, en el orden humano y personal. La podemos considerar, por tanto, una característica condicionante, en relación con el sujeto que se educa. Se la ha concebido como una plasticidad configurativa, una capacidad activa de estructuración personal.
Por otra parte, en el caso de la heteroeducación, se ha denominado educatividad a la capacidad de influir decisivamente, de contribuir extrínsecamente en el proceso de maduración, de ayudar a la formación por parte del agente o agentes educativos. Concretamente se dice de la posibilidad de influencia efectiva y positiva, disposición "educante" podríamos llamarla, del educador con respecto al educando. En rigor, la educabilidad supone la doble dimensión: capacidad de "educarse" y capacidad de "ser educado", de recibir educación. Y esta condición determina precisamente la educatividad del agente educativo; éste educa en la medida en que el sujeto educando es capaz de "ser educado" y, especialmente, la medida en que es capaz de "educarse", condición primordial de la educación.

 b  - Carácter conductivo. La educación es, básicamente, una conducción. Se puede hablar de tránsito, traslado, comunicación, transmisión..., siempre en el sentido de una conducción transformativa, de un guiaje estructurado, configurador de la persona. La misma etimología de la palabra educación nos muestra este carácter basal o, si se quiere, este aspecto conductivo. Entronca el término con dos verbos latinos, entre sí relacionados: educare, que significa "criar, cuidar, alimentar, nutrir, desarrollar, hacer crecer, formar... educar", y educere, que significa "tirar, estirar, tirar hacia fuera, sacar, hacer salir, extraer, llevar... conducir". En los dos casos, educare y educere, interviene la raíz temática indoeuropea duco, que significa "tirar, sacar, traer, llevar, hacer salir... guiar, conducir". Y puede decirse que las dos formas verbales latinas justifican el cuidado y conducción externa, por una parte, y el autoguiaje y transformación y conducción interna, por otra, que la educación significa (heteroeducación y autoeducación). También aquí el "conducirse" (en cierta manera "se conduce"), es condicionante o posibilitador del "ser conducido" o se guiado.
El carácter conductivo de la educación no implica coacción, determinación impuesta, condicionamiento forzado o violento; al contrario, debe permitir la espontaneidad, el libre ejercicio de la voluntad de los educandos, es decir, el uso de su libertad. Porque la libertad es una exigencia personal, una cualidad inalienable de la persona. Básicamente, la educación es conducción libre de la persona que se educa. De ahí que este carácter se vincule a "orientación", "dirección", "guiaje"..., en tanto que se excluye la influencia coactiva, la pérdida de la libertad personal. Más bien la educación, como orientación conductiva o conducción orientativa, debe potenciar la libertad de elección y determinación, promoviendo el ámbito, el medio y el modo de actuación libre de las personas (educación de la libertad y en libertad).


 c  - Vía de perfeccionamiento. Los distintos autores han subrayado, en general, el sentido de perfeccionamiento, de mejoramiento, de desarrollo positivo y adecuado que la educación implica. También puede hablarse de optimización y de evolución en el mismo sentido, o sea, en tanto implican, no una simple acomodación o equilibración, una adaptación cerrada, sino una posibilidad renovadora, un sistema abierto en el que se crean nuevas formas superadoras de conocimiento y de acción. El aspecto de interrelación que la educación tiene, la interacción que se establece con otros sistemas, viene a promover la creatividad y la evolución del propio sistema educativo, personal y socialmente entendido.
Así, la educación es perfección en el sentido de que añade cualidades nuevas que el educando no tenía, que promueven su formación integral, y en el sentido de renovación estructural y funcional como sistema de la persona y de la sociedad. La educación, rectamente entendida y practicada, favorece el cambio social, y contribuye al mejoramiento y a la superación de las formas y funciones de la vida social humana, elevando el nivel cultural y las realizaciones en este sentido. El carácter de perfeccionamiento es opuesto, pues, al estancamiento, al inmovilismo formativo y cultural, así como a las formas cerradas y estáticas que dificultan el libre desarrollo de las personas y de la colectividad. Perfección y evolución se corresponden, y se implican en el proceso educativo como favorecedor del desenvolvimiento humano.

 d  - Función receptiva y activa. La educación ofrece esta doble funcionalidad. Por una parte, implica la recepción o captación adecuada de información, proveniente de fuentes diversas, especialmente de los agentes educativos, y, por otra, la selección y transformación activa de la misma, para integrarla en sentido configurativo, formativo. Viene a constituir, pues, un proceso informativo y codificativo, con todas las características propias de los sistemas informacionales. Con la particularidad de que en la educación los signos y símbolos que intervienen en el proceso -el lenguaje educativo, propiamente dicho-, tienen carácter humano y sociocultural.
Receptividad y actividad se complementan en los procesos humanos; así, en la educación, necesariamente activa, operativa, hay una exigencia captativa o receptiva, previa a toda elaboración y transformación, a toda asimilación de información y codificación activa de la misma para conseguir estructuración, formación. Intervienen en el proceso "memoria" o "memorias", como registros o disponibilidades que permitirán la actualización de los datos, pautas y modos de representación o de acción. Sin memoria -necesaria para poder codificar- no habría aprendizaje, ni experiencia, ni educación.
La doble dimensión funcional de recepción y acción puede darse en la autoeducación, o educación intrínseca, y en la heteroeducación, o educación inicialmente extrínseca. Mejor dicho, se da forzosamente en los dos casos, aunque es de destacar que el verdadero efector de la educación es siempre el educando, quien realiza la acción educadora al transformar en estructura propia y personal la información procedente de la fuente a través del canal informativo-comunicativo.

 e  - Orientación a patrones o valores. No es difícil advertir que todo proceso de guiaje, así como todo proceso comunicativo-informativo, unidos a la regulación y a la optimización, presuponen patrones o valores, que pueden entenderse como normas u objetivos a los que ordenar la acción informativa y directiva. Dichos patrones pueden ser meramente instrumentales, propios para regular la efectividad de la acción, o bien ideales, a manera de arquetipos, normas o modelos a los que se tiende como finalidad propia de la acción educadora. Más que meramente objetivos o meramente subjetivos, más que simplemente estructurales o funcionales, pueden considerarse como "relacionantes", es decir, una relación entre la estructura (sistema, entidad), la función (operación, realización) y el medio en que el sistema funcional actúa. Forman parte de la dinámica del sistema operante -en este caso el sistema educativo, personal y colectivamente entendido-, pudiendo admitírseles implícita o explícitamente, es decir, en el hombre, en forma preconsciente o consciente; aunque en la educación, en sentido estricto y riguroso, los valores como fines y objetivos deben tender a ser plenamente conscientes, admitidos racional y voluntariamente e, incluso, sometidos a crítica suficiente acerca de su validez, importancia y grado de viabilidad y aprovechamiento. También puede aceptarse que en el proceso evolutivo de la educación debe haber superposición e introducción de nuevos valores, libremente asumidos, conservando patrones vitales y culturales básicos y desechando patrones circunstanciales, acomodaticios o poco válidos con respecto al conocimiento y a la conducta.
Algunos autores establecen tablas de valores, más o menos discutibles, basados en las necesidades del hombre, en el repertorio de sus disposiciones o en criterios empíricos que recogen las pautas e invariantes que son más conmúnmente aceptadas en cada cultura. Así se admiten, por ejemplo, valores vitales, útiles, intelectuales, éticos, sociales, estéticos, religiosos, afectivos... Se discute su tipo de realidad, su carácter de fines o bienes, su bipolaridad, la tendencia hacia ellos o su "preferencialidad" y estimación, su incardinación humana o sociocultural, su posible trascendencia, etc. Pero no vamos a entrar ahora en la problemática de los valores ideales, que aborda la axiología (filosofía y teoría de los valores) y, en nuestro campo, la filosofía y la teoría de la educación, así como la antropología pedagógica. Únicamente destacaremos que dichos valores presuponen -en cada caso y en cada tabla y en su jerarquización- una idelogía, una concepción del hombre, del mundo y de la vida, y que inciden tanto en el campo sociocultural como en el antropológico y ético. Pero la pedagogía no puede dejar de considerar debidamente la problemática que plantean -aunque se apoye, en lo que cabe, en otros estudios para hacerlo-, por implicarse en las cuestiones de finalidad educativa y de regulación normativa y orientadora. Detrás de toda concepción y de toda manifestación pedagógica y educativa hay, ciertamente, un trasfondo cultural, una concepción del mundo y del hombre, una ideología más o menos explícita. La pedagogía, al hacerse consciente de ello, debe partir fundamentalmente de una antropología filosófica, científica y cultural; debe examinar críticamente el problema de los fines y valores de la educación, de las pautas y patrones que rigen el proceso educativo, anunciando su alcance vital y humano, su entronque social y cultural, y fundamentando crítica y racionalmente -en un plano de evolución constante- su importancia formativa.

 f  - Intencionalidad. Muchos autores han admitido en la educación su carácter intencional. Para dichos tratadistas, sin intención de educar no habría educación. No cabría aceptar una educación ciega, en el sentido de inconsciente, inintencionada, involuntaria, no pretendida. Generalmente se hace referencia en este caso al educador, el agente educativo. Pero cabe hablar también de intención en el educando, en el sujeto de la educación. Se trataría de deslindar entre influencia intencional humana, supuestamente perfeccionadora, e influencia no intencional, humana o no humana, excluida como acción educadora. Los tratadistas indicados no aciertan a ver cómo una acción no intencional, no deliberada, sin perseguir una finalidad concreta y formativa, puede realmente perfeccionar, configurar la personalidad. La intencionalidad sería una nota constitutiva de la educación. Y se integraría en el proyecto de vida de las personas.
En nuestra época, se ha planteado la posibilidad de la educación no intencional. Mejor dicho, se ha puesto en duda el carácter constitutivo de la intencionalidad en la educación, vendría a ser, en todo caso, una característica consecutiva o accidental. Varios autores no la enuncian ya como condición o característica. Para precisar la terminología, se podría distinguir entre "intencionalidad", en el sentido fenomenológico, que expresa la referencia objetiva de todo conocimiento, así como el carácter referencial o significativo de la información, e "intencionalidad", en el sentido de intención deliberada, pretendida, voluntaria. En el primer sentido, la educación, que, entre otras caracterizaciones, constituye un proceso informativo, está dotada de intencionalidad, por su referencia objetiva, por su posibilidad de realización de un modelo o patrón determinado. Pero, en cuanto a la intención o propósito consciente y deliberado, la cuestión es más dudosa. Se habla de educación cósmica, ambiental, difusa, no formal o no establecida en formas reconocidas. La expresión "educación informal" puede comprender, posiblemente, diversas formas de educación inconsciente o casi-inconsciente, involuntaria o casi-involuntaria y, especialmente, educación no institucionalizada. Dicha educación, principalmente ligada a los procesos de socialización y de culturización, se fundaría en las diversas formas de comunicación y, con ellas, en las distintas formas de estimulación y de influencia que pueden intervenir en el desarrollo de las capacidades humanas. Así, la formación que se adquiere en la vida familiar, en los contactos sociales y profesionales, en la vida de relación, a través del contexto en que vivimos y del ambiente comunicativo que nos rodea. Cabe destacar, en este orden, a los medios populares de comunicación -los mass-media-, cuyo influjo configurativo y, en definitiva, formativo, hay que tomar en consideración.
No es de extrañar, pues, que el carácter de intencionalidad educativa se examine hoy de un modo distinto por parte de algunos tratadistas y estudiosos de la pedagogía. Se aceptan formas de educación intencionales y no intencionales. Puede distinguirse entre educación, en un sentido amplio o muy lato, y educación en sentido estricto y restringido, hasta cierto punto convencional. La primera comprendería las influencias ambientales, en su carácter positivo-configurativo, los procesos de socialización y de culturización y, con ello, las posibilidades estructuradoras de las formas y medios de comunicación informativa, junto con los modos tradicionales y renovados de enseñanza e instrucción. Podría tener carácter intencional o no intencional, según el grado de conciencia y de voluntariedad que adquiriera por parte del educando y, en su caso, por parte del agente educativo (advertencia del papel formativo e intención con esta finalidad). La segunda se referiría únicamente a la relación educativa propiamente dicha, en su forma voluntaria intrínseca o extrínseca, a los modos formalizados de formación y de enseñanza, a las manifestaciones institucionalizadas de instrucción, aprendizaje, capacitación, etc. Tendría, claro está, por su misma naturaleza, carácter intencional.
Se plantean, sin duda, graves dificultades conceptuales, axiológicas, ideológicas, que habría que dilucidar. Pero se tiende a ampliar el ámbito de la educación y, especialmente, sus fuentes de entrada. Así, aquellas formas y modos de influencia y de relación que antes eran considerados únicamente "factores" de educación, habrían adquirido carácter de educación -o de constituyentes de la misma-, al reconocer su papel estructurador, configurativo y, en definitiva, formador del hombre y de la persona. La intencionalidad ya no sería constitutiva de la educación más que en el sentido estricto de la misma, que supone la conciencia y la deliberada intención de educar o de educarse. Una vez advertida y pretendida la dimensión educativa, o sea, cuando se tiene conciencia de su realidad y el propósito o proyecto de realizarla, la forma educativa va sistematizándose y llega a adquirir incluso carácter institucional. Deberá evitar entonces su anquilosamiento, su estatismo, la pérdida de plasticidad y de dinamismo, necesarios para que la educación cumpla su función vital y perfectiva.
En relación con la intencionalidad y también con la axiología (o tratado de los valores) se plantea el problema de los fines de la educación. Puede hablarse de fines implícitos y explícitos y, también, de fines inmediatos, mediatos y remotos. Si se admite que la educación es un proceso de formación de la personalidad, puede aceptarse que dicha formación, su objeto propio, es asimismo su objetivo, su fin. A este fin primordial se subordinarán los demás fines, como los de un proyecto educativo múltiple, una programación educativa, a corto o a largo plazo, los de especificación de los medios, o sea, los de una metodología y una tecnología educacionales, los objetivos instructivos, los que se incardinan en la consecución de metas sociales, profesionales, institucionales, etc., ligadas a la educación. Así, resumiendo, podríamos considerar en la educación los siguientes fines: intrínsecos (formación, estructuración de la personalidad...); de mediación (relativos a los medios, a los cauces y a las técnicas educacionales, así como al proceso instructivo como medio formativo); y extrínsecos o de relación (que se refieren a los ámbitos en los que la educación se desarrolla o con los que se relaciona). La distinción entre fines "implícitos" y "explícitos" podría correlacionarse con la anterior cuestión de educación no expresamente intencional y no formalizada y de educación claramente intencional y formalizada. 

 g  - Continuidad. La educación no se refiere únicamente a la etapa infantil, o a la de la adolescencia o a la juvenil, aunque estas etapas sean muy importantes en el proceso formativo-educativo. Se refiere a todas las etapas de la vida del hombre y de la mujer. Por su mismo carácter de proceso estructurador de la persona tiene un sentido de continuidad, de prosecución, de curso secuencial que puede tener diversas manifestaciones formativas, unidas a la trayectoria vital de la persona y a su inserción en la sociedad y en la cultura.
Podemos hablar de "educación permanente", no como una imposición o un añadido a ciertas etapas de la vida humana, eminentemente formativas, sino como constituyente de un mismo proceso siempre optimizante y siempre positivamente evolutivo. De este modo entendemos que la educación es, en efecto, permanente, continua, por su misma naturaleza dinámica, por su mismo carácter evolutivo y abierto. Pero su continuidad, característica de su sentido activo y procesual, no quiere decir precisamente repetividad, uniformidad o continuismo insistente de sus formas, métodos y contenidos; más bien indica seguimiento adecuado, apropiado, que trata de acomodarse a las necesidades e intereses y posibilidades subjetivas y objetivas de cada etapa o momento, de manera que sea efectiva y útil a la vida individual y comunitaria.

 h  - Gradación. La continuidad en la educación nos lleva a considerar la "gradación" de la misma, o sea, su progresión gradual. Si, en principio, es un aprendizaje que se manifiesta como una modificación de conducta y una adquisición de experiencia, que puede basarse en u orientarse hacia patrones racionales y socioculturales -lo que la distingue del mero aprendizaje mecánico o, simplemente, empírico-, en su desarrollo va adquiriendo formas muy evolucionadas y complejas.
Viene a constituirse en una optimización adaptativa, proyectiva e introyectiva, fundamentada en la regulación personal, en la prospección y expresividad creativa y en la conciencia y la autodeterminación. Tiene una dimensión vital, que se apoya en su base regulativa y activa, una dimensión prospectiva -la educación se constituye siempre de cara al futuro, trata de preparar para un futuro, es un proyecto de futuro- y una dimensión autoconductiva o de autonomía conductual, que trata de reforzar la conciencia propia y promover el ejercicio libre de nuestras acciones. Junto con estos caracteres y dimensiones, cabe asignar a la educación una función integradora -formación del conocimiento, la afectividad y las tendencias activas, especialmente la voluntad, con objeto de configurar integradamente la personalidad propia-, una función ética, relativa a la conducta, a la formación de actitudes, de la orientación racional, del sentido de responsabilidad, y, finalmente, una función crítica, que incluye una valoración o justipreciación, con las oportunas correcciones, de los propios fines, medios y actividades. 
Siempre cabe una mayor plenitud en la educación, como un constante y más perfeccionado "aprender a ser". Una progresión continuada hacia lo más valioso y estimable. El papel crítico y corrector debe aplicarse no sólo a la educación personal, sino a la educación como fenómeno social y como institución, en donde cabe, naturalmente, como una exigencia evolutiva, como acción prospectiva indispensable, buscar nuevas y superiores formas de acción educativa, de perfeccionamiento humano, individual y colectivo. Así, la educación exige gradación ascendente, progreso. Pero no precisamente "progreso indefinido" en una misma dirección -por ejemplo, progreso tecnológico o material- sino en el de beneficio humano, que exige complementar la cultura material con la espiritual (lo técnico y lo racional), acogiendo formas de sensibilidad y afectividad, de sociabilidad y de valor creativo.

domingo, 8 de enero de 2017

El concepto de educación

Al pretender acercarnos al concepto de educación, surge ante nosotros una serie de dificultades. Lo primero que observamos es que se nos presente como término multívoco, al que podemos atribuirle varias significaciones. Indicaremos las principales.

1. La educación como hecho, como realidad
Llamamos educación a un hecho humano y social que se manifiesta como transmisión comunicativa de unas personas a otras, proporcionándoles ideas, sabores, habilidades, normas y pautas de conocimiento y de conducta. Evidentemente, es un hecho, una realidad este modo de actuar, esta manifestación humana y social. A esto se une la localización de dicha actuación en escuelas o centros educativos y de enseñanza, lo que nos permite designar como educación a la actividad, labor o tarea que se desarrolla en dichos centros. Mas como ello está vinculado a la organización y funcionamiento (científico-técnico, administrativo, económico...) de tales centros y a su relación y ordenamiento exterior con la sociedad y con sus organismos públicos correspondientes (Ministerio de Educación, Dirección General de Enseñanza, Consejo de Educación, Supervisión o Inspección educativa, etc.), concluimos que la educación abarca todo el entramado social y político que se refiere a la actividad de enseñanza y a su organización y desenvolvimiento.
Incluso lo que llamamos realidad educativa se extiende no sólo al hecho-actividad de la instrucción-enseñanza, de los centros educativos, de su organización interna y externa y de su ordenación pública, sino también a su situación y desarrollo en las diversas localidades, poblaciones, países y áreas diversas donde se manifiesta. Y, también, al conjunto de dicha manifestación. Así, podemos hablar de "la educación en los diversos países" y de "la educación en el mundo". Podemos hacerlo en forma sincrónica -o situacional-, refiriéndonos a "la educación en la actualidad"; o en forma diacrónica -o temporal-, con respecto a "la educación a través del tiempo" o a "las etapas de la educación".
Y puesto que el hecho educativo, referido a la instrucción-aprendizaje, a la enseñanza, a las escuelas, centros y organismos correspondientes, difiere en su sistematización y ordenamiento, según los procedimientos o métodos empleados, los contenidos transmitidos, los medios disponibles, las formas organizativas y los modos de dependencia y de control, nos referimos a los "sistemas educativos" como conjuntos de normas, formas y prácticas educativas, estableciendo semejanzas y diferencias, correspondencias, correlaciones... y, también, apreciando tendencias, corrientes y evoluciones de dichos sistemas o de sus aspectos más representativos.

2. La educación como actividad y como proceso 
Examinada en sí misma, atendiendo a su posibilidad humana y a su consistencia dinámica, la educación nos aparece como actividad entitativa y operativa en un dobe aspecto.

 a  - Como influencia y como ayuda exterior que trata de desarrollar y de perfeccionar las disposiciones y aptitudes del individuo humano hacia fines u objetivos adecuados a su naturaleza y, al mismo tiempo, hacia pautas o valores socioculturaes o trascendentes.
 b  - Como formación y configuración intrínseca de la persona, tratando de realizarse, concienciarse y autodeterminarse de acuerdo con patrones considerados racionalmente óptimos.

En los dos aspectos, extrínseco (transmisión o de influencia) e intínseco (personizador o de autoformación, se realiza un proceso, curso o secuencia de acciones -función u operación en el tiempo, realización dinámica secuencial- que permiten caracterizar a la educación como proceso en las dos direcciones señaladas:

 a)  Proceso interactivo de influencia madurativa en virtud de un agente transmisor (educador), de un sujeto receptor (educando) y de un medio posibilitador del desarrollo (mediación; medios educativos); se trata de un proceso de heteroeducación.
 b)  Proceso intraactivo de estructuración o configuración, de formación propia, de concienciación y autoguiaje, de personización y personalización, en virtud de unas fuentes informativas y conformativas, de unos patrones o valores de conocimiento y de acción y de una capacidad subjetiva transformadora de los datos o impulsos y estructuradora de la personalidad, en un medio intrínseco de desarrollo. Se trata, entonces, del proceso denominado de autoeducación.

También en los dos casos puede hablarse de proceso de formación -término que a veces se emplea, en sentido restringido, como relativo a la educación intelectual o bien a la educación moral o de conducta-, de proceso de comunicación educativa, especialmente en el primer aspecto, y de proceso de conducción, por tratarse de un guiaje, una dirección, en cierto modo una orientación conductiva. 


3. La educación como efecto o resultado
Tanto en el sentido de actividad como en el de proceso dinámico, íntimamente unidos, se hace referencia a la educación como función, operación y, en definitiva, "acción" encaminada s un desarrollo o perfeccionamiento. Mas es de advertir que puede considerarse también a la educación como resultado o efecto de dicha acción.
Se dice de una persona que está educada o que tiene educación cuando posee un grado de formación suficiente para entender y juzgar, para autogobernarse de modo eficiente y personal, cuando, por su preparación y experiencia, tiene conocimientos bien adquiridos y consistentes y, al mismo tiempo, fuerza de voluntad necesaria y precisa para actuar racionalmente y responder de su actuación. Ello sería el resultado de la acción formativa y educativa, sea en el sentido de heteroformación o en el, más básico y personal, de autoformación. Implicaría haber conseguido conocimientos útiles, formación intelectual adecuada y, también, un grado de afectividad consciente y bien orientada, junto con una capacidad de autodominio, de ejercicio racional y voluntario de su libertad. En el ámbito social se considera "educada" o "bien educada" a la persona que por su trato y por su conducta demuestra saber comportarse, saber estar o saber decidirse, incluso saber relacionarse, sin menoscabo de su originalidad y diferenciación respecto a los demás. También se dice con respecto a poseer conocimientos, grado suficiente de cultura y disposición para enfrentarse a los problemas y situaciones. Viene a entenderse, pues, en este sentido, a la educación como efecto de una acción formativa, como resultado de una preparación o aprendizaje, como producto de una experiencia adquirida. 
En el campo social y cultural se advierte asimismo esta dimensión de la educación como efecto o resultado. Las formas objetivas y las instituciones que la educación ofrece, los productos culturales que derivan de su acción y desenvolvimiento, los sistemas y los métodos y técnicas que promueve o que establece, los cambios de mentalidad, de concienciación o de conducta colectiva que puede favorecer, contribuyendo a la movilidad social y al desarrollo de los pueblos, pueden considerarse sus efectos directos o indirectos. En este sentido, enlazaríamos con lo que antes indicábamos de la realidad educativa, es decir, la manifestación espacial y temporal de la educación. Porque esta realidad de la educación presenta las dos dimensiones o caracteres ya señalados: por un lado, la actividad y el proceso de la educación; por otro, el efecto o resultado de la misma, que abarca formas y manifestaciones, instituciones, sistemas, etc. De un modo genérico, resumiríamos dicha realidad como el conjunto de las formas, funciones y procesos que la educación ofrece en su desenvolvimiento dinámico. De ahí podríamos concluir que los efectos educativos o la educación como efecto, que los resultados educativos no pueden considerarse absolutos o últimos, es decir, como una consecución definitiva, como un logro final inmodificable, sino como partícipes de un proceso cambiante y de superación.

4. La educación como relación
Entre las varias determinaciones de la educación es importante señalar su carácter de "relación", orden de una cosa a otra que en ella se expresa, enlace transmisivo que la educación realiza.
Puede advertirse y estudiarse esta determinación considerando que la educación se ofrece como un sistema y un proceso comunicativo-informativo, con los elementos básicos que los integran, en el plano estructural y en el funcional: emisor, receptor y canal comunicativo-informativo, en un medio adecuado de desenvolvimiento. También lo advertimos al considerar el sistema de enseñanza, el de la instrucción y aprendizaje, que pueden integrarse en la educación, en sentido genérico, aunque no se identifiquen específicamente con la misma. Distinguimos, entonces, al educador o agente educativo -que puede ser múltiple-, al educando o sujeto de la educación y a los medios o técnicas que sirven para la realización educativa o instructiva, también aquí en un medio adecuado de desenvolvimiento. Y lo advertimos, por último, al considerar que la educación puede entenderse como un sistema y un proceso de regulación y optimización, en el que, a través de un curso informativo y comunicativo, se trata progresivamente de reducir la diferencia entre el valor real de la acción realizada y el valor ideal, patrón o propósito que la educación trataba de realizar, procurando acercase a dicho ideal, norma o patrón de conocimiento o de conducta. Debemos completar, no obstante, esta explicación advirtiendo que la educación no es una mera adecuación o una simple adaptación, inscrita en un circuito cerrado de retroacciones y regulaciones, sino que, sin dejar de ser regulativa, es un sistema abierto y proyectivo, renovador, capaz de evolucionar -partiendo de nuevos patrones de actuación- y de promover la creatividad y la libertad.
Pero lo antedicho nos basta para subrayar el carácter de interelación, de interacción, que la educación encarna. Podemos determinarlo en tres aspectos fundamentales: 

 a -  En la heteroeducación o educación como influencia, como ayuda o como auxilio para favorecer la maduración, el desarrollo adecuado, el perfeccionamiento del sujeto humano y, a través de él, de la sociedad.
 b -  En la autoeducación o educación ad intra, propia o personal del sujeto educando, verdadero efector de la educación, en cuyo caso la relación o interacción se realiza entre "lo que educa", o sea, la fuente informativo-formativa, y "el que se educa", a través de los distintos canales o medios de transformación, de índole cognoscitiva, afectiva y tendencial (cauces educativos). Podríamos indicar, en este primordial sentido, que "educar es educarse".
 c -  En la relación entre individuo y sociedad y entre individuo y cultura: la educación es, además de un proceso personal e interpersonal, un proceso humano y sociocultural, es decir, un proceso en el que el hombre y la sociedad, el hombre y la cultura interactúan, correlacionándose y determinándose mutuamente. La educación deviene, así, un hecho humano y personal y, también, un hecho social y un hecho cultural. Tiene unas bases biológicas y antropológicas -que el hombre encarna-, sociales, culturales y comunicativas; mas en su realización dinámica, o sea, como sistema funcional, la educación se ofrece como relación interdependiente, confluencia activa, intercambio generativo, transformador.

En sentido sociologista ha podido añadirse que la escuela, la enseñanza y, en definitiva, la educación se limita a reproducir el sistema social establecido. Esto, es cierto, en parte en virtud del aspecto adaptativo que la educación tiene; pero la interacción en un sistema abierto, como la educación es, promueve la modificación de las pautas estereotipadas y contribuye al cambio social y cultural. El carácter proyectivo y evolutivo de la educación, en virtud de su mismo dinamismo optimizante, constituye un factor de evolución sociocultural, que, a su vez, revierte en nuevas formas educativas. No se trata, pues, sólo de una acción de lo social sobre la educación, sino también de una acción de lo humano y educativo sobre lo social, en una interrelación dinámica y abierta, promotora o generadora de evolución humana, social y cultural.

5. La educación como tecnología
Entre las varias acepciones y caracterizaciones de la educación, conviene tener presente la que viene a determinarla primordialmente como una tecnología. En este sentido se la caracteriza básicamente como una mediación y, en su formalización concreta, como el conjunto de métodos y técnicas que intervienen en el proceso educativo e instructivo. Así, la selección de las fuentes, la intervención de la entrada en el proceso, la estructuración de contenidos culturales, científicos, técnicos, artísticos..., la elaboración y codificación de la información, la presentación de modelos y de normas de conducta y, en definitiva, los medios de instrucción, de ejemplaridad y de disciplina, junto con la indicación cognitiva de las respuestas y de su utilización social y cultural, vendrían a entenderse como mediación en general, extrínseca e intrínseca. El tratamiento adecuado de estos medios, o considerados así, como procedimientos o técnicas que pueden conducir a la optimización formativa o instructiva, constituiría la clave del proceso educativo.
En esta dirección vendrían a implicarse educación y enseñanza, instrucción, aprendizaje..., en tanto que procesos de mediación, con posibilidad de tratamiento científico y hasta con ciertas posibilidades de cuantificación de las distintas variables intervenientes. La didáctica, referida a la enseñanza, y la pedagogía, referida a la educación, estarían en un mismo plano, por no hablar ya de una identificación completa, puesto que el objeto de tratamiento sería común -metodológico y tecnológico-, diferenciándose, en todo caso, por la convencional amplitud que puede concederse a todo el proceso formativo de la personalidad, correspondiente a la educación.
Sin embargo, a esta orientación, implícita o explícita en algunas concepciones, puede objetársele que -en su concreción extrema- parte de una confusión entre lo subjetivo y lo objetivo, entre el fin y el medio, entre elementos del proceso y el proceso mismo. Por muy importante que sean los medios en la educación, no son la educación como tal. Aunque, ciertamente, puede aceptarse la educación como tecnología en un sentido muy genérico, tal como se acepta como actividad mediadora y como relación en el mismo sentido. Su relación con el aprendizaje puede mostrar esta posibilidad mediadora.