La península Ibérica, una vez conquistada por los musulmanes, fue colocada bajo la dirección de un emir, que gobernaba en nombre de los califas de Damasco. Esta etapa, conocida con el nombre de "emirato dependiente", duró casi medio siglo. En ella se sucedieron unos 20 emires, que tuvieron como tarea principal la consolidación de los territorios peninsulares ocupados. Las disputas entre los bandos de la aristocracia árabe y la sublevación de los bereberes, que sólo pudo ser sofocada después de la llegada de socorros militares sirios, anunciaban la inestabilidad política de Al-Andalus.
1. Los Omeyas y la independencia de Al-Andalus
Al producirse a mediados del siglo VIII la revolución abbasida un miembro de la derrotada familia Omeya encontró refugio en la Península, estableciendo en ella un emirato independiente del poder central del Islam, que se hallaba en Bagdad. Se trata de Abd al-Rahman I (756-788), iniciador de la monarquía hispanoárabe de los Omeyas.
El "emirato independiente" perduró hasta bien entrado el siglo X. En líneas generales puede decirse que en este período se consolidó el poder del Islam peninsular. No obstante, las conmociones interiores fueron muy frecuentes, demostrando la dificultad del poder central para imponerse a los poderes locales. Hasta mediados del siglo IX las revueltas más importantes se produjeron en las regiones fronterizas del norte. Tenían un doble carácter, político, de independencia frente a Córdoba, y social, pues sus principales protagonistas, los muladíes, se encontraban en una situación económica precaria. Hay que destacar las sublevaciones de Toledo, de Mérida y del valle del Ebro. En Andalucía la inquietud social hizo su aparición en Córdoba, a principios del siglo IX, en el "motín del arrabal". A mediados del citado siglo estalló en la propia Córdoba un conflicto con los mozárabes. Pero la revuelta más peligrosa fue la de Omar ben Hafsum, que, a fines del siglo IX, se hizo fuerte en la zona malagueña de Bobastro. Omar ben Hafsum dirigía a los muladíes andaluces descontentos, pero su posterior conversión al cristianismo parece que pretendía atraer a sus filas a los mozárabes.
2. El Califato de Córdoba
El emirato de Córdoba se convirtió en califato cuando en el año 929 Abd al-Rahman III (912-961) decidió proclamarse califa. El paso dado era muy importante, pues consagraba la independencia de Al-Andalus en sentido religioso. La proclamación califal de Abd al-Rahman III pretendía esencialmente realzar su figura, pero en cierto modo había sido también un acto defensivo frente a la aparición en el norte de África del califato fatimita. Alb al-Rahman III puso fin a la rebelión de Omar ben Hafsum, mantuvo firmes sus fronteras septentrionales frente a los ataques de los cristianos del norte e intervino con acierto en el norte de África.
Después del breve califato de Al-Hakam II (961-976), notable por las actividades culturales que en él se desarrollaron, Al-Andalus conoció su período de máxima expansión militar. Fue en tiempos de Hisham II (976-1009), durante los cuales la verdadera dirección política y militar estuvo a cargo de Almanzor, "hachib" o primer ministro del califa. Las correrías de Almanzor por tierras cristianas demostraron cumplidamente su fortaleza militar. Pero las contradicciones internas del califato cordobés eran muy agudas, por lo que una vez desaparecido el gran caudillo militar nada pudo evitar su rutina, que se produjo en la primera mitad del siglo XI.
3. La organización política de Al-Andalus
Los Omeyas, especialmente a partir del emir Abd al-Rahman II (822-852), decidieron introducir en Al-Andalus los elementos de gobierno establecidos en Bagdad por los Abbasidas. Con ello pretendían fortalecer sus propias atribuciones, que cada día se parecían más a las de un monarca absoluto, pero también desarrollar la administración central. Los organismos básicos de ésta eran los "diwanes" de la Cancillería y del Tesoro, especie de ministerios. En la corte el papel político fundamental, después de los Omeyas, lo desempeñaba el "hachib". El saneamiento de los ingresos hacendísticos y la fidelidad del ejército, en el que crecía el papel de los mercenarios, fueron piezas claves al servicio de los Omeyas.
Al-Andalus estaba dividido en circunscripciones territoriales o "curas", con un gobernador al frente. Tres grandes distritos, que semejaban a las marcas carolingias, vigilaban la frontera septentrional de Al-Andalus frente a los cristianos. Eran la frontera inferior, la media y la superior, con capitales respectivas en Mérida, Toledo y Zaragoza. Cada uno de estos distritos estaba dirigido por un caid o jefe militar. Posteriormente hubo una reorganización, trasladándose la capital de la frontera media a Medinaceli.
La justicia era administrada por los "cadíes". En cuanto a las instituciones locales no había en el mundo musulmán nada similar a los municipios de época romana. Únicamente existían algunos funcionarios, encargados de vigilar la buena marcha del mercado o de mantener el orden ciudadano.
viernes, 4 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
El contenido de la cultura
Con
la simplificación que le es característica a Linton,
pero también con la claridad pedagógica que no le es menos característica, este
autor agrupa las necesidades humanas en: biológicas, sociales y psíquicas.
Las necesidades biológicas son aquellas que se derivan de las
características físicas del hombre, son comunes a los hombres y a los animales
y de un tipo particularmente urgente. A menos que la cultura proporcione
técnicas adecuadas para resolverlas, ni el individuo ni el grupo podrán
sobrevivir. También son las que están relacionadas con el medio natural y la
forma como se presentan puede estar determinada por éste; el tipo de alimento,
la forma de las habitaciones o la característica de los vestidos variará de una
región a otra.
Las
necesidades sociales de los seres humanos surgen de la vida en grupo. La
primera y más vital de estas necesidades es la de proteger la solidaridad del
grupo, e íntimamente ligada con ésta, la de evitar las tensiones y solucionar
los conflictos. También se incluyen entre este tipo de necesidades la de
preparar a los individuos para ocupar las posiciones sociales que el sistema
social les haya asignado. Aunque en mucha menor medida que las necesidades
naturales, y contrariamente a lo opinado por Linton,
estas necesidades también están influidas por el medio físico, dado que las
formas de organización social son consecuencia de la lucha del hombre contra la
naturaleza.
Por
último, las necesidades psíquicas, exclusivas de la especie humana, son
todas aquellas que ejercen la función de crear algún tipo de satisfacción a la
gente que las comparte. Todos los seres humanos desean reacciones honorables en
otros individuos, esperan cosas inalcanzables o fáciles de alcanzar, y
necesitan de evasiones psicológicas y de procesos de compensación. A la larga,
la satisfacción de estas necesidades es quizá tan importante para el
funcionamiento efectivo de una sociedad como la de cualquiera de los otros dos
tipos de necesidades, aunque son menos inmediatos y urgentes. Sin embargo,
estas necesidades son en sí vagas y generales; las fija el condicionamiento
cultural del individuo y las respuestas que para ella ofrecen las diversas
culturas son casi infinitamente variadas.
Desde el punto de vista de la participación de la cultura, y siguiendo también
a Linton, podemos distinguir los
siguientes elementos o rasgos culturales: universales, especialidades,
alternativas y peculiaridades individuales.
Los
universales son las ideas, hábitos y reacciones emotivas condicionadas que
son comunes a todos los miembros adultos de la sociedad. El término universal
es explicado por Linton de un modo mucho
más restringido que otros autores, que lo consideran como la constante
aparición de algún tipo de pauta en todas las sociedades, como el tabú del
incesto o la elaboración de los alimentos; tal es la idea de Levi-Strauss cuando precisa que el objeto de la
Antropología es el obtener conclusiones válidas para todas las sociedades
humanas, desde la gran ciudad moderna hasta la pequeña tribu melanesia. Sin
embargo, en este caso Linton sólo lo
refiere al contenido de una cultura determinada. Un elemento clasificado como
universal en una cultura –nos dice- puede faltar totalmente en otra. A esta
categoría pertenecen elementos como el uso de un idioma particular, las formas
de vestido y vivienda, etc., e igualmente las asociaciones y valores que,
aunque en su mayoría no alcanzan un estado consciente, son una parte integral
de la cultura.
Las
especialidades son todos aquellos elementos de la cultura que comparten
los individuos pertenecientes a ciertas categorías socialmente reconocidas,
para la totalidad de la población. Determinadas actividades son asignadas
a los hombres y otras a las mujeres; el reparto de oficios y diversas funciones
entre los miembros de la sociedad tiene también origen en este tipo de elemento
de la cultura. Son, en su mayoría, habilidades manuales y conocimientos
técnicos. En su mayor parte sirven para la utilización y control del medio
ambiente. Y, aunque no toda la sociedad los comparte, sí participan todos de
los beneficios de ellos derivados, y todos los miembros de la sociedad tendrán
una idea bastante clara de cuáles han de ser el producto final o el resultado
final de cada una de las actividades especializadas. Se pueden desconocer las
artes culinarias, pero cualquiera de los miembros de la sociedad en la que
éstas sean usuales sabrá distinguir, sin que tenga que ser cocinero, si una
comida está bien o mal hecha, lo mismo que cualquiera que no sea capaz de
trazar el más mínimo dibujo puede opinar respecto a la pintura llevada a cabo
por un singular artista.
En
tercer lugar, existen en toda cultura un número considerable de características
que comparten ciertos individuos pero que no son comunes a todos los miembros
de la sociedad, que Linton denomina alternativas.
Todas estas alternativas tienen en común lo siguiente: representan diferentes
reacciones frente a las mismas situaciones, o diferentes técnicas para alcanzar
los mismos fines. Las alternativas son más numerosas e importantes en las
sociedades con mayor grado de complejidad y más evolucionadas tecnológicamente.
Como ejemplo tenemos los diferentes hábitos domésticos, la posibilidad de usar
múltiples medios de transporte, las diversas opiniones ideológicas o creencias
religiosas que se pueden presentar dentro del seno de una sociedad.
Fuera
ya de los límites de la cultura, pero íntimamente relacionada con ella y con
importancia sobre todo desde el punto de vista dinámico, aparecen las llamadas
(por el autor al que estamos siguiendo) peculiaridades individuales.
Están integradas por todos aquellos aspectos que aparecen de modo singular en
individuos aislados sin que se repitan con una frecuencia significativa dentro
de su sociedad. Tal sería el caso de todo aquello que posee alguna
característica o capacidad atípica con las imperantes en su sociedad, como las
rarezas consideradas de “extavagancias” que aparecen en algunos individuos, el
particular estilo literario de un escritor, la mayor capacidad física de un atleta,
las tendencias delictivas, los hábitos urbanos de una persona que vive en un
medio rural, la adopción por alguien de nuevas ideas religiosas o políticas,
etc. Las peculiaridades individuales en muchas ocasiones toman la forma y el
sentido de simples transgresiones y pueden ejercer la función, en el caso de
que se transmitan, de originar cambios implantando innovaciones,
descubrimientos o invenciones, o procurando que los otros miembros de la
sociedad emulen actos destacados, como sucede con la continua superación
científica o en la tendencia a batir marcas atléticas.
Ely Chinoy parte de la división inicial
de los componentes de la cultura en tres grandes campos: instituciones, ideas y
materiales. Las instituciones son definidas como las pautas normativas
que delimitan lo que en una sociedad se considera como adecuado. El
concepto sociológico de institución incluirá la totalidad o la mayoría de lo
que bajo este término se considera desde el punto de vista jurídico, como puede
ser una corporación municipal o la admisión o inadmisión del divorcio, pero no
quedará aquí limitado, sino que su parte cuantitativamente más importante
trasciende de estos aspectos y puede incluir hasta el uso de la boina en el
caso del País Vasco.
Las
instituciones pueden ser subdivididas de acuerdo con diversos criterios. Según
uno de ellos se pueden dividir en folkways y mores. Si nos
atenemos a su traducción literal ambas significan en castellano lo mismo:
costumbres. Sin embargo, se ha escogido la palabra inglesa y la latina para
incluir en ellas matices específicos necesarios dentro del análisis
socio-antropológico. Por folkways entendemos los usos populares no
obligatorios, como puede ser el caso de la utilización de la corbata y del pelo
corto entre los hombres de nuestra sociedad, lo mismo que dentro del subgrupo
hippy sería precisamente un folkway el pelo largo o no usar corbata.
Los
mores son aquellas normas fuertemente sancionadas desde el punto de
vista moral; o sea que su obligatoriedad reside en su sanción social. Incluso
dentro de nuestra sociedad, aunque muchos mores no se encuentran dentro de la
legislación positiva su trasgresión es más difícil que la de las leyes, por la
carga coactiva que recibe de toda la sociedad. El no ayudar a los ancianos, o, hasta hace bien poco, la
pérdida de la virginidad por la mujer soltera o el afeminamiento en los
hombres, se suelen tomar, en nuestra sociedad, como más importantes que la
evasión de capitales, el fraude fiscal o la especulación.
Otra alternativa de dividir las instituciones desde otro punto de vista es la
de hacerlo en hábitos y leyes. Los primeros son los usos
establecidos por el tiempo, es decir, aquellas prácticas que han llegado a ser
profundamente aceptadas como forma apropiada de conducta, en tanto que las
leyes son las reglas establecidas por el poder, participando de una imposición
coactiva por los diversos medios de que dispone el estado o las organizaciones
políticas o cuasi políticas dominantes en cada sociedad. La ley puede estar
originada por la costumbre, o sea, que por el uso continuado y aceptado del
hábito se puede convertir, por la promulgación o aceptación del poder político,
en ley. Las leyes son propias de las sociedades más complejas. En las llamadas
sociedades “primitivas” no se da la ley más que de un modo muy diluido; el
autocontrol y la pasión social suelen ejercer la misma función, y
frecuentemente de modo más efectivo.
Hay otro tipo de instituciones que no encajan en las divisiones antes
señaladas, pero que no por ello pierden tal carácter. Entre este tipo de
instituciones recogemos la moda y el estilo, importantes en las
sociedades en cambio y cuya característica principal es la transitoriedad.
Otra de las categorías en que se divide la cultura es en la de las ideas,
tras lo que se abarca un variado y complejo conjunto de fenómenos sociales. A
su vez, las ideas se pueden subdividir en creencias y valores.
Creencias son todas las interpretaciones que los hombres dan
sobre ellos mismos y sobre el mundo social, biológico y físico, en el que
viven, y también sus consideraciones respecto a las relaciones con sus
semejantes, con la sociedad, con la naturaleza y aquellas otras entidades y
fuerzas que suelen descubrir, aceptar o conjurar. Ello abarca la totalidad del
vasto conjunto de conocimientos y opiniones por los cuales los hombres explican
sus observaciones y experiencias.
Los
valores son el conjunto de patrones que los hombres de toda sociedad
aprenden y comparten –dentro de ciertos límites, por supuesto-. A su vez, los
valores son fuentes sentimentales; ya que de acuerdo con ellos, los hombres
aprobarán o desaprobarán un acto, estarán de acuerdo o en desacuerdo con una
situación, considerarán buena o mala cualquier cosa o aplicarán el concepto de
belleza o fealdad. El sistema de valores imperante en una sociedad influye
sobre su dinámica acelerando o frenando el cambio.
Íntimamente
ligada con las creencias y los valores está la ideología, que es el
conjunto de creencias y conceptos que explican el mundo social, a los
individuos y a los grupos que los sustentan. La ideología se diferencia de las
simples creencias en que supone un cuerpo interrelacionado de estas últimas, y
en que generalmente reviste un carácter cualificadamente trascendente. En la
misma línea también tenemos que distinguir las mentalidades, que son
complejos de opiniones y representaciones colectivas menos deliberadas y
reflexivas que las ideologías. La mentalidad tiene una proyección
primordialmente psicológica, y afecta a la personalidad y actitudes del que la
posee. Tanto la mentalidad como la ideología están compuestas de creencias y
valores que en cada caso estructuran y ordenan el comportamiento de una manera
típica.
El
tercer gran campo de la cultura es el de los materiales. Consisten en
aquellas cosas que los hombres crean y utilizan. El complejo constituido por
los materiales puede ser muy diferente de una sociedad a otra, tanto
cualitativa como cuantitativamente.
En los materiales tenemos que distinguir dos componentes: el físico y el
simbólico. El primero es el que se deriva de su composición, forma y utilidad,
en tanto que el segundo, que sólo existe para algunos materiales, está
integrado por la carga significativa que los hombres le asignan de acuerdo con
sus ideas y, posiblemente en relación con las instituciones vigentes en cada
sociedad. Una cruz puede ser simplemente una pieza de dos palos cruzados, sin
embargo, para el cristianismo cobra un singular relieve como símbolo de la
Cristiandad.
Hasta aquí, la división que de los elementos de la cultura hace Ely Chinoy, pero consideramos que a
instituciones, ideas y valores hay que añadir la tecnología o conjunto de
técnicas existentes en una sociedad. La tecnología comprende la
existencia y usos de materiales pero dentro de determinadas normas y
coordinadamente con otros materiales.
Marcel Mauss define a las técnicas como
actos tradicionales, agrupados en función de un efecto mecánico, físico o
químico, en cuanto que son conocidos como tales actos. El conjunto de las técnicas
forman las industrias y los oficios. Y el conjunto de las técnicas, industrias
y oficios forman el sistema técnico de una sociedad, que es consustancial a la
misma.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Los filósofos presocráticos
Conocemos con el nombre de presocráticos a todos aquellos filósofos anteriores a Sócrates cuya actividad científica se prolongó desde finales del siglo VII a principios del V a.C.
Desde el punto de vista histórico, Sócrates aparece como la figura central en el nacimiento y en la posterior evolución de los problemas filosóficos, en él culminó la primera etapa de la filosofía griega y de él comenzaron a surgir los nuevos planteamientos que dieron cauce a las grandes concepciones del siglo IV a.C. en las obras de Platón y de Aristóteles.
Como características generales comunes a todos los filósofos presocráticos podemos señalas las siguientes.
De acuerdo con las características enunciadas, nada se engendra ni nada se corrompe, ya que el arjé, en tanto en cuanto realidad primera como principio y sustrato de todas las cosas, se encuentra presente en todos los cambios, permanece inmutable a lo largo de todos ellos y regula su actividad.
Desde el punto de vista histórico, Sócrates aparece como la figura central en el nacimiento y en la posterior evolución de los problemas filosóficos, en él culminó la primera etapa de la filosofía griega y de él comenzaron a surgir los nuevos planteamientos que dieron cauce a las grandes concepciones del siglo IV a.C. en las obras de Platón y de Aristóteles.
Como características generales comunes a todos los filósofos presocráticos podemos señalas las siguientes.
- Casi todos ellos provenían de la periferia del mundo helénico, predominantemente de las costas del Asia Menor y de las colonias de Sicilia y la Magna Grecia. El primer filósofo ateniense del que tenemos noticia es Archelaos, discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates, aunque desde el punto de vista de sus aportaciones posee un escaso relieve.
- Sabemos, en la mayor parte de los casos, cuál es su localidad de origen, pero nos resultan imprecisas las fechas de su nacimiento y de su muerte.
- Se ha perdido casi la totalidad de su obra escrita, de tal modo que sus realizaciones y sus opiniones nos han llegado, con grandes lagunas, a través de fuentes indirectas citadas por diversos autores del siglo IV a.C., entre los que destacan Platón, Aristóteles y otros muy posteriores, los doxógrafos: Sexto Empírico, Diógenes Laercio, Simplicio, etc., muchos de los cuales, sobre todo Platón y Aristóteles, tienden a interpretar los pensamientos que nos transmiten desde sus propias posiciones intelectuales; por consiguiente, con frecuencia, resulta muy difícil determinar el auténtico significado de sus textos.
1. Los problemas principales
La mayoría de los filósofos primitivos creyeron que los únicos principios de todas las cosas eran los de índole material, pues aquello de lo que constan todos los entes y es el primer origen de su generación y el término de su corrupción es, según ellos, el elemento y el principio de los entes. Y por eso creen que ni se genera ni se destruye nada, pensando que tal naturaleza se conserva siempre.
Pero cuanto al número y a la especie de tal principio, no todos dicen lo mismo.
Aristóteles, Metafísica
El problema principal planteado por los pensadores presocráticos fue el del arjé. Se trataba de investigar el principio fundamental de la realidad, aquello de lo que todo brota y a lo que todo vuelve. De la nada nada puede surgir, en consecuencia, tiene que existir una realidad primera, arjé, de la cual se deriven todas las demás. En este sentido, los filósofos presocráticos entendieron por arjé:
- Lo primero en el orden del ser, es decir, la primera realidad, aquello de lo que cualquier otra deriva o procede.
- El sustrato o fundamento que se encuentra presente (y permanece invariable) en el curso de todos los cambios, esto es, lo que en último término toda otra realidad es.
- La fuerza rectora o naturaleza (physis) que gobierna y explica (o posee la razón de) cualquier otro género de realidad, sus estructuras, sus cambios, sus propiedades y su actividad.
De acuerdo con las características enunciadas, nada se engendra ni nada se corrompe, ya que el arjé, en tanto en cuanto realidad primera como principio y sustrato de todas las cosas, se encuentra presente en todos los cambios, permanece inmutable a lo largo de todos ellos y regula su actividad.
Junto con este problema, destaca el de las facultades cognoscitivas humanas. En este aspecto, los primeros filósofos griegos propendieron a contraponer el conocimiento sensible a la razón y, en general, opinaron que los sentidos eran fuente de error, que por medio de ellos no podíamos llegar a la verdad, sino que ésta sólo podía alcanzarse en virtud del conocimiento intelectual, gracias a la razón.
2. Los pensadores más destacados
En este apartado vamos a exponer las principales corrientes filosóficas que precedieron a Sócrates.
A - Los milesios
Según la tradición histórica occidental, la Filosofía tiene su inicio en Mileto, colonia griega del Asia Menor, y Tales de Mileto pasa por ser el primer filósofo de nombre conocido. Según Tales, el arjé es el agua, puesto que de ella todo procede y a ella todas las cosas vuelven y, asimismo, dicho elemento se encuentra presente en todas las cosas.
Posteriormente, Anaximandro indicó que el principio fundamental de la naturaleza es el ápeiron (lo indeterminado, lo ilimitado, sin distinguir el aire, el agua o cualquier otra cosa), y según Anaxímenes, el aire.
B - Los eléatas
Hacia finales del siglo VI a.C., en Elea, colonia en la Magna Grecia, al sur de la península itálica, floreció una escuela cuyas figuras principales fueron Parménides y Zenón. Según estos filósofos, la realidad es el Ser, lo que es, lo único que plenamente es.
Parménides distinguió dos vías de conocimiento: la vía de la opinión (dóxa) y la vía de la verdad (epistéme); según él, la vía de la opinión significa la actitud cognoscitiva espontánea, el testimonio de los sentidos, es la vía que siguen los "vulgares mortales" y conduce a la ilusión, a las apariencias, al error. Parménides sitúa en esta vía las teorías cosmológicas de los milesios. En cambio, la vía de la verdad se corresponde con la auténtica vía de investigación y, por ella, se llega al verdadero conocimiento, ésta consiste en una deducción racional perfecta, mediante la cual se pone de relieve que el Ser es y es imposible que no sea y el No-Ser no es y ni siquiera puede ser pensado.
De este modo, intentó poner de relieve la coincidencia del pensar con el Ser (con la realidad). Los sentidos carecen de capacidad para suministrarnos la verdad y a ésta sólo podemos acceder mediante el ejercicio de la actividad lógico-racional que pone de manifiesto que la realidad, el Ser, siempre es. Entre el Ser y el No-Ser (la nada) no puede darse un término medio, en consecuencia, no puede haber diferencias dentro del Ser, pues sólo la nada es distinta al Ser; pero la nada nada es (es decir, no es) y, por tanto, no puede diferenciar. Se pone en evidencia, pues, que el Ser es uno, inengendrado, imperecedero, perfecto, inmóvil e indivisible, todo semejante a una esfera perfecta cuyos puntos son perfectamente equidistantes del centro: es Ser es siempre acabado y completo, esto es, perfecto.
C - Heráclito de Éfeso
Heráclito de Éfeso, coetáneo de Parménides, es conocido por ser el filósofo del movimiento, del devenir; según él, todo se encuentra perpetuamente en cambio (panta rei): "nadie puede bañarse dos veces en el mismo río"; las cosas se mudan en sus contrarios sin detenerse jamás; el mundo, la realidad, es semejante a un fuego que continuamente se enciende y se apaga de acuerdo con determinada medida, la cual viene dada por el Lógos.
De este modo, mediante el Lógos, Heráclito parece introducir un orden, una medida, una realidad estable que sirve de norma (o de orden y armonía) a la continua variación de la realidad, pues todo sucede de acuerdo con el Lógos. El Lógos constituye, así la ley del cambio.
D - Los pluralistas
Parménides y Heráclito influyeron de un modo notable en la orientación que los filósofos posteriores dieron a sus teorías. De Parménides quedó asentado su principio según el cual de la nada nada puede surgir (del No-Ser no puede surgir el Ser), por consiguiente, si algo existe ha debido existir siempre algo. Por otra parte, Heráclito había puesto de relieve la realidad del cambio y de la mutación: todo corre.
Podemos afirmar que, en cierta medida, los filósofos pluralistas, Anaxágoras, Empédocles y Demócrito intentaron conjugar ambas posiciones. Estos pensadores, por una parte, admitían la existencia de unas realidades primarias, inmutables, inengendradas e imperecederas, es decir, unas realidades que poseerían las cualidades del ser de Parménides, salvo la unicidad; mas, por otra, mediante la combinación y el intercambio de estas realidades originarias se explicaría el movimiento, la variación y el surgir de las diferentes cosas y objetos o, expresado de otra manera, de acuerdo con Heráclito, toda la realidad se encontraría en perpetua variación y cambio; pero en este movimiento existirían determinadas realidades que no sufrirían alteraciones, que permanecerían inmutables, siempre idénticas a sí mismas, y todas las modificaciones consistirían en el entremezclarse y combinarse de ellas de múltiples modos.
A estas realidades primarias, inmutables, inengendradas e imperecederas Anaxágoras las denominó homeomerías (partes semejantes). Según este autor, las homeomerías existirían desde siempre, serían cualitativamente diferentes unas de otras, constituirían las semillas de todas las cosas y, en consecuencia, combinándose de infinidad de modos darían lugar a todas las variedades de la realidad.
Empédocles, por su parte, se refirió a los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra, como principios inengendrados y permanentes que difieren cualitativamente entre sí, y mediante cuya combinación se originaría la pluralidad de los seres. Mientras que Demócrito explicó la formación de la realidad recurriendo a los átomos (sin corte), que constituirían las partículas elementales, cuantitativamente distintas unas de otras, que, moviéndose en el vacío y combinándose entre sí, irían formando los diferentes objetos.
E - Los pitagóricos
Los pitagóricos constituyeron una amplia escuela fundada por Pitágoras de Samos hacia mediados del siglo VI a.C. que, establecida preferentemente sobre diversas zonas de la Magna Grecia, duró hasta el siglo IV. Sus preocupaciones principales se referían a los números (las Matemáticas), la Astronomía y la Música, que según ellos guardaban una intrínseca relación entre sí.
Los números, en esta concepción, constituirían el principio (arjé) y el fundamento o suprema realidad de las cosas. En este sentido, toda la realidad sería proporción y armonía, y dicha proporción y armonía se pondría de relieve tanto en el orden del cosmos como en el movimiento y en la distancia de los cuerpos celestes entre sí o en las relaciones de las distintas notas que constituyen la escala musical.
En este apartado vamos a exponer las principales corrientes filosóficas que precedieron a Sócrates.
A - Los milesios
Según la tradición histórica occidental, la Filosofía tiene su inicio en Mileto, colonia griega del Asia Menor, y Tales de Mileto pasa por ser el primer filósofo de nombre conocido. Según Tales, el arjé es el agua, puesto que de ella todo procede y a ella todas las cosas vuelven y, asimismo, dicho elemento se encuentra presente en todas las cosas.
Posteriormente, Anaximandro indicó que el principio fundamental de la naturaleza es el ápeiron (lo indeterminado, lo ilimitado, sin distinguir el aire, el agua o cualquier otra cosa), y según Anaxímenes, el aire.
B - Los eléatas
Hacia finales del siglo VI a.C., en Elea, colonia en la Magna Grecia, al sur de la península itálica, floreció una escuela cuyas figuras principales fueron Parménides y Zenón. Según estos filósofos, la realidad es el Ser, lo que es, lo único que plenamente es.
Parménides distinguió dos vías de conocimiento: la vía de la opinión (dóxa) y la vía de la verdad (epistéme); según él, la vía de la opinión significa la actitud cognoscitiva espontánea, el testimonio de los sentidos, es la vía que siguen los "vulgares mortales" y conduce a la ilusión, a las apariencias, al error. Parménides sitúa en esta vía las teorías cosmológicas de los milesios. En cambio, la vía de la verdad se corresponde con la auténtica vía de investigación y, por ella, se llega al verdadero conocimiento, ésta consiste en una deducción racional perfecta, mediante la cual se pone de relieve que el Ser es y es imposible que no sea y el No-Ser no es y ni siquiera puede ser pensado.
De este modo, intentó poner de relieve la coincidencia del pensar con el Ser (con la realidad). Los sentidos carecen de capacidad para suministrarnos la verdad y a ésta sólo podemos acceder mediante el ejercicio de la actividad lógico-racional que pone de manifiesto que la realidad, el Ser, siempre es. Entre el Ser y el No-Ser (la nada) no puede darse un término medio, en consecuencia, no puede haber diferencias dentro del Ser, pues sólo la nada es distinta al Ser; pero la nada nada es (es decir, no es) y, por tanto, no puede diferenciar. Se pone en evidencia, pues, que el Ser es uno, inengendrado, imperecedero, perfecto, inmóvil e indivisible, todo semejante a una esfera perfecta cuyos puntos son perfectamente equidistantes del centro: es Ser es siempre acabado y completo, esto es, perfecto.
![]() |
| Heráclito (535-484 a.C., aprox) |
Heráclito de Éfeso, coetáneo de Parménides, es conocido por ser el filósofo del movimiento, del devenir; según él, todo se encuentra perpetuamente en cambio (panta rei): "nadie puede bañarse dos veces en el mismo río"; las cosas se mudan en sus contrarios sin detenerse jamás; el mundo, la realidad, es semejante a un fuego que continuamente se enciende y se apaga de acuerdo con determinada medida, la cual viene dada por el Lógos.
De este modo, mediante el Lógos, Heráclito parece introducir un orden, una medida, una realidad estable que sirve de norma (o de orden y armonía) a la continua variación de la realidad, pues todo sucede de acuerdo con el Lógos. El Lógos constituye, así la ley del cambio.
D - Los pluralistas
Parménides y Heráclito influyeron de un modo notable en la orientación que los filósofos posteriores dieron a sus teorías. De Parménides quedó asentado su principio según el cual de la nada nada puede surgir (del No-Ser no puede surgir el Ser), por consiguiente, si algo existe ha debido existir siempre algo. Por otra parte, Heráclito había puesto de relieve la realidad del cambio y de la mutación: todo corre.
Podemos afirmar que, en cierta medida, los filósofos pluralistas, Anaxágoras, Empédocles y Demócrito intentaron conjugar ambas posiciones. Estos pensadores, por una parte, admitían la existencia de unas realidades primarias, inmutables, inengendradas e imperecederas, es decir, unas realidades que poseerían las cualidades del ser de Parménides, salvo la unicidad; mas, por otra, mediante la combinación y el intercambio de estas realidades originarias se explicaría el movimiento, la variación y el surgir de las diferentes cosas y objetos o, expresado de otra manera, de acuerdo con Heráclito, toda la realidad se encontraría en perpetua variación y cambio; pero en este movimiento existirían determinadas realidades que no sufrirían alteraciones, que permanecerían inmutables, siempre idénticas a sí mismas, y todas las modificaciones consistirían en el entremezclarse y combinarse de ellas de múltiples modos.
A estas realidades primarias, inmutables, inengendradas e imperecederas Anaxágoras las denominó homeomerías (partes semejantes). Según este autor, las homeomerías existirían desde siempre, serían cualitativamente diferentes unas de otras, constituirían las semillas de todas las cosas y, en consecuencia, combinándose de infinidad de modos darían lugar a todas las variedades de la realidad.
Empédocles, por su parte, se refirió a los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra, como principios inengendrados y permanentes que difieren cualitativamente entre sí, y mediante cuya combinación se originaría la pluralidad de los seres. Mientras que Demócrito explicó la formación de la realidad recurriendo a los átomos (sin corte), que constituirían las partículas elementales, cuantitativamente distintas unas de otras, que, moviéndose en el vacío y combinándose entre sí, irían formando los diferentes objetos.
E - Los pitagóricos
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| Pitágoras (580-495 a.C.) |
Los números, en esta concepción, constituirían el principio (arjé) y el fundamento o suprema realidad de las cosas. En este sentido, toda la realidad sería proporción y armonía, y dicha proporción y armonía se pondría de relieve tanto en el orden del cosmos como en el movimiento y en la distancia de los cuerpos celestes entre sí o en las relaciones de las distintas notas que constituyen la escala musical.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Historia de Grecia: Situación geográfica
Los griegos dieron a su país el nombre de Hélade, denominación derivada de Helen, padre de todos los héroes. El actual nombre de Grecia tiene un origen mucho más tardío: fueron los romanos quienes llamaron "griegos" a la primera tribu que encontraron en el sur de Italia y, por extensión, también a todos los helenos.
Grecia se extiende, en la parte oriental de la cuenca mediterránea, al sur de la Península Balcánica y por las islas del mar Egeo. Debido a esta situación geográfica, ha sido un importante puente cultural entre Europa y Asia.
En el mapa de Grecia que tenemos más abajo podemos apreciar claramente su estratégica localización entre la costa occidental de Asia, el norte de África y Europa. Concretamente, fue en la isla de Creta donde, en un primer momento, coincidieron las diferentes culturas del Mediterráneo oriental y desde la que saltaron a la Europa continental.
La historia de Grecia estuvo condicionada por su accidentado relieve geográfico, que obstaculizaba la circulación y la comunicación.
Los insuficientes recursos del suelo impulsaron a los griegos a desarrollar una intensa actividad marítima. El mar fue desde el principio su nexo de unión y su medio de vida. A través de él colonizaron las tierras próximas, fundamentalmente la costa jonia, el sur de Italia y la isla de Sicilia.
Grecia se extiende, en la parte oriental de la cuenca mediterránea, al sur de la Península Balcánica y por las islas del mar Egeo. Debido a esta situación geográfica, ha sido un importante puente cultural entre Europa y Asia.
En el mapa de Grecia que tenemos más abajo podemos apreciar claramente su estratégica localización entre la costa occidental de Asia, el norte de África y Europa. Concretamente, fue en la isla de Creta donde, en un primer momento, coincidieron las diferentes culturas del Mediterráneo oriental y desde la que saltaron a la Europa continental.
La historia de Grecia estuvo condicionada por su accidentado relieve geográfico, que obstaculizaba la circulación y la comunicación.
Los insuficientes recursos del suelo impulsaron a los griegos a desarrollar una intensa actividad marítima. El mar fue desde el principio su nexo de unión y su medio de vida. A través de él colonizaron las tierras próximas, fundamentalmente la costa jonia, el sur de Italia y la isla de Sicilia.
sábado, 22 de diciembre de 2012
El modelado climático
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| Parque Natural de Arribes del Duero El río Duero se ha encajado profundamente en estas penillanuras labradas y moduladas en materiales cristalinos. |
Los modelados que accidentan los relieves estructurales son, en la mayoría de los casos, heredados. La erosión es un proceso discontinuo en el que los períodos de crisis (rexistasia) son separados por largos descansos morfogenéticos (biostasia). Los modelados climáticos peninsulares son en gran parte producto de crisis terciarias o cuaternarias. Tan sólo en la alta montaña y en el sureste árido se elaboran formas actuales.
El modelado cuaternario es el que mejor se ha conservado, ya que con posterioridad los retoques han sido mínimos. No obstante existen herencias anteriores que afectan a los macizos antiguos. Son las penillanuras o superficies de erosión productos de largas fases de biostasia separadas por crisis morfogenéticas más cortas. Existen vestigios de una superficie de erosión de finales del Primario y otra intramiocena apenas retocada posteriormente. El modelado se resuelve en llanuras imperfectas con relieves residuales sobre las cuales se han encajado los valles cuaternarios.
El Cuaternario es el que ha legado un modelado más vivo. La Península, al igual que Europa, fue afectada por cuatro glaciaciones o períodos fríos, separadas por períodos interglaciares más cálidos. No se conocen bien las características de estos períodos ni tampoco, con exactitud, las áreas peninsulares que fueron aceptadas. Se estima que las glaciaciones afectaron a los macizos pirenaicos (hasta los 1.800 m), a las montañas cantábricas (hasta 1.500 m), a los Montes de León (casquete de hielo), sierras del Sistema Central (hasta 2.000 m) y Sierra Nevada en la Penibética (hasta 2.400 m). Durante estos períodos fríos, los pisos montano y basal de las montañas (por debajo de los límites de nieves perpetuas señalados), y las llanuras a elevada altitud (más de 600 m), conocieron condiciones climáticas periglaciares. Naturalmente no toda la Península se vio afectada por este esquema: las llanuras litorales y prelitorales levantina y andaluza, y el valle del Guadalquivir, estuvieron bajo condiciones más cálidas y húmedas.
En los períodos interglaciares las nieves permanentes desaparecieron prácticamente (sólo los altos picos) y las condiciones periglaciares estuvieron presentes en la alta y media montaña. El área periglaciar de los períodos fríos se vio afectada por condiciones más cálidas y húmedas, y el dominio pluvial se transformó en un dominio árido.
El resultado de estos cambios climáticos ha sido un modelado distinto para cada situación y crisis climática.
viernes, 14 de diciembre de 2012
El arte de la momificación
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| Anubis, dios de los muertos y los funerales, atendiendo a un difunto |
Tras el juicio, el difunto entraba en el reino de Osiris. Sin embargo, el espíritu necesitaba el cuerpo para seguir existiendo en la otra vida. La momificación tenía precisamente la finalidad de conservar al muerto con la misma apariencia que este tuvo en vida: al cadáver se le extraía el cerebro y los órganos internos, que se depositaban en los vasos canopos. Con objeto de que se conservasen eternamente, el cuerpo era sumergido en determinadas sustancias y envuelto luego con vendas.
Este trabajo era realizado por los embalsamadores en las Casas de la Muerte. El oficio de estas personas era considerado de la más baja categoría; su contacto constante con la muerte, el olor, difícil de disimular, con el que quedaban impregnados, así como las marcas producidas por el manejo de líquidos corrosivos, provocaban el rechazo del resto de la población.
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| Vasos canopos |
Como el cadáver debía permanecer intacto, las tumbas se construían en lugares cuya sequedad contribuyese a mantenerlo en un estado ideal de conservación. Los difuntos eran enterrados, además, con sus riquezas y bienes, que, en el caso de los faraones, incluían también a sus sirvientes.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Los musulmanes en España
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| Bote de marfil, conservado en Pamplona |
Aunque el número de los que llegaron a tierras hispanas era muy reducido si lo comparamos con la población hispanovisigoda, consiguieron establecer su dominio político sobre la casi totalidad del territorio peninsular. El período de máximo florecimiento del Islam en España se extiende hasta principios del siglo XI. A partir de esa fecha asistimos a un progresivo retroceso de los musulmanes peninsulares, proceso paralelo al avance incontenible de los cristianos del norte.
1. El establecimiento de los musulmanes en la Península
La conquista de la Península Ibérica fue en realidad una fase más de la expansión musulmana por la cuenca del Mediterráneo desde mediados del siglo VII. Los motivos concretos de la invasión musulmana están envueltos en la leyenda, pero parece confirmado que jugó un papel clave el conde Julián, gobernador de Ceuta, quien animó a los islamitas a cruzar el estrecho de Gibraltar para ayudar a una de las facciones en pugna por el poder en la España visigoda, la de los hijos del rey Vitiza. Un cuerpo de ejército, al mando de Tariq, desembarcó en la zona de Gibraltar y arrolló al ejército visigodo que le salió al paso en Guadalete, dando muerte al rey Rodrigo (711).Los musulmanes, en lugar de retirarse con el botín logrado, iniciaron una serie de compañas, con el propósito de conquistar la Península Ibérica. Utilizando las calzadas romanas, Tariq y Muza efectuaron rápidas incursiones que les llevaron a la Meseta norte y al Valle del Ebro, estableciendo en los puntos claves guarniciones para asegurar el control del territorio. La resistencia que encontraron fue, en general, muy escasa. En muchos casos la aristocracia hispanovisigoda, con el fin de salvar sus bienes, prefirió pactar con los invasores (un ejemplo bien conocido es el de Teodomiro, señor de Murcia). La debilidad de la monarquía visigoda, consumida por luchas internas, y la tolerancia de los musulmanes hacia los habitantes de la Península, facilitaron la conquista. Prácticamente toda la Península, con la única excepción de las montañas septentrionales, cayó en poder del Islam. El territorio fue conocido con el nombre de Al-Andalus, estableciendo su capital en Córdoba.
2. La población de Al-Andalus: complejidad étnica y religiosa
La población de Al-Andalus está integrada en principio por dos grupos bien diferenciados, los que habitaban en la Península antes de la invasión y los conquistadores musulmanes. Estos últimos fueron, según todos los indicios, muy pocos. Algunos autores afirman que no pasaron de 60.000 los islamitas que, en diferentes oleadas, llegaron a la Península durante la primera mitad del siglo VIII. Otras investigaciones más recientes tienden a considerar que el número de musulmanes asentados en tierras hispanas fue más elevado y que su organización social peculiar, de tipo tribal, tuvo mucho más influencia de lo que se sospechaba. En cualquier caso lo importante es destacar cómo en Al-Andalus se impuso la lengua, la religión y la cultura de los conquistadores, que eran en definitiva una minoría.
La población de Al-Andalus era de una gran heterogeneidad desde el punto de vista religioso, pues había musulmanes, cristianos y judíos. Los musulmanes eran el grupo dominante, pero dentro de ellos había una gran diversidad étnica. Los auténticos dirigentes eran los árabes, aristocracia militar asentada en los núcleos urbanos. Por otro lado estaban los bereberes utilizados como tropas auxiliares y establecidos en zonas más pobres, preferentemente montañosas. Frente a los árabes, los bereberes se consideraban sometidos, lo que explica su malestar y su predisposición a la revuelta. No obstante, el grupo más numeroso de los musulmanes de Al-Andalus estuvo integrado a la largo por los hispanovisigodos que habían aceptado la religión de los vencedores. Son los muladíes. Algunos eran miembros de familias nobles, por lo que con el tiempo procuraron identificarse con la aristocracia árabe. Pero la mayoría de los muladíes eran modestos cultivadores del campo. También hay que incluir en el grupo de los musulmanes, aunque su situación personal fuera muy degradada, a los esclavos, cuyo número fue creciendo paulatinamente. Los había negros de origen sudanés. Otros procedían de diversos puntos de Europa y se les llamaba eslavos, aunque no fueran todos estrictamente originarios de ese pueblo.
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| Mezquita de Córdoba |
viernes, 23 de noviembre de 2012
Civilización y cultura
El
baremo para incluir o no a una sociedad dentro de las fronteras de la
civilización ha sido generalmente la posesión de un determinado nivel
tecnológico, similar al imperante en las naciones más “desarrolladas”, pero al
ser este criterio bastante impreciso se ha usado otro, cuya utilización de este
modo no le da más precisión, sino todo lo contrario, que era el de considerar a
los pueblos civilizados como poseedores de una cultura, en tanto que los
incivilizados estaban carentes de ella. Este criterio es totalmente
inexacto e inválido desde nuestra perspectiva.
No existen pueblos en estado natural; el “estado de naturaleza” es una errónea
construcción intelectual nacida en el seno de las disquisiciones filosóficas y
desprovista de toda base empírica, y por tanto, científica. Puede haber pueblos
más o menos atrasados, o, mirado desde otro ángulo, más o menos evolucionados,
pero todos gozan de una experiencia histórica y ninguno se encuentra en ese
ficticio nivel cero.
Por otro lado, otro de los signos que se atribuyen como característicos del
momento presente es la uniformización a través del consumo.
Un historiador, Henri Berr, considera que cada pueblo tiene su
civilización, con lo que confunden a la civilización con la cultura, de la que
sí se puede decir que pertenece a todas y cada una de las diversas sociedades.
Incluso una personalidad como Braudel, que se ha preocupado tanto de las
relaciones entre la Historia y las Ciencias Sociales, introduce una notable
confusión al llegar a decir que es utópico aislar a la cultura de su base que
es la civilización; cuando lo exacto y lo correcto es lo contrario, el que la
cultura venga a ser una especie de infraestructura o de materia prima sobre la
que las civilizaciones se basan y, ulteriormente, se desarrollan.
Nuestra opinión es que la civilización participa de las siguientes
características:
1ª)
Pertenece a un estadio superior y tecnológico de la cultura. La civilización es
la superación de etapas anteriores y supone con
respecto a ellas una sensible evolución.
2ª)
Tiene trascendencia exterior. No se queda constreñida a los límites de
actuación de un determinado grupo.
3ª)
Está formada por rasgos de diversas culturas. Es cierto que no hay cultura
estática, ni tampoco sin influencias externas. Hasta los pueblos más aislados
han recibido de algún modo, y en algún momento de su historia, el préstamo de
otras sociedades, pero en el caso de las civilizaciones el legado de otras
culturas es cuantitativa y cualitativamente tan apreciable que cobra
especificidad y significación determinante.
4ª)
En la sociedad industrial y moderna, cada vez la cultura se acerca más a la
civilización. En el momento presente los avances de la tecnología, y principalmente la
revolución de los transportes y los medios de comunicación de masas,
conjuntamente a los condicionantes político-económicos de los sistemas
políticos imperantes, hacen que la llamada “civilización occidental” irradie su
influencia sobre todo el Mundo, poniendo a prueba a las otras civilizaciones,
como es el caso de la oriental, o a los restos de otras civilizaciones ya
periclitadas.
Por otro lado, otro de los signos que se atribuyen como característicos del
momento presente es la uniformización a través del consumo.
En cualquier caso, todos estos factores inciden en que se vaya fraguando la
futura coincidencia de las diversas culturas con la civilización. Margaret Mead concibe este proceso como la
formación de una “cultura mundial” definiéndola como: las pautas de la
tecnología, el lenguaje, la costumbre y los valores que prevalecen entre los
pueblos del mundo y la tendencia de estas pautas para devenir más o menos
semejantes.
Identificación de cultura y civilización, cultura mundial, nueva cultura,
cultura del hombre nuevo, o como le quiera llamar, sólo será posible en el
momento en que se superen las contradicciones actuales y principalmente la
explotación del hombre por el hombre; en un mundo en que la técnica esté al
servicio de los hombres y éstos estén exentos de toda coacción y violencia
externa; en la sociedad en la que los individuos puedan realizarse plenamente.
Hasta esos momentos la identificación de los conceptos cuya diferenciación
venimos estudiando no será posible.
sábado, 17 de noviembre de 2012
La filosofía griega: consideraciones preliminares
Las primeras civilizaciones complejas del Próximo Oriente surgieron a comienzos del período Neolítico, aproximadamente hace 5.000 años y, sucediéndose unas a otras, pervivieron hasta mediados del primer milenio a.C., dando lugar a diferentes formaciones estatales de carácter teocrático. En estas organizaciones, una casta minoritaria de gobernantes y sacerdotes controlaba el poder, defendía el carácter religioso de toda verdad y de toda autoridad, y predicaba la obediencia y el sometimiento de los súbditos a los dictados y criterios del dios o de los dioses y de sus representantes terrenos.
De este modo, la cultura de los pueblos antiguos de Asiria, Mesopotamia, Judea, Egipto, etc., se caracterizó por el predominio de la mentalidad mítico-irracional que esencialmente consistía en la exaltación de la dimensión divina o religiosa del cosmos, de los seres humanos y de las instituciones políticas y sociales, en la defensa absoluta de las creencias y de los ritos tradicionales, y en la obediencia ciega a la autoridad.
Las primeras civilizaciones helénicas, influidas por la mentalidad de los pueblos vecinos, también fueron proclives a desarrollar una cultura mítica, aristocrática y guerrera y, en este aspecto, las hazañas y los mitos narrados por Hesíodo y Homero son más o menos análogos, casi comunes, a los existentes en el conjunto de los pueblos del Próximo Oriente; pero, paulatinamente, hacia finales del siglo VII y principios del VI a.C., comenzó a aparecer en las costas griegas del Asia Menor una manifestación cultural de características contrapuestas; a saber, la Filosofía. Frente a las diferentes civilizaciones y concepciones de la antigüedad, la cultura griega presentó determinados rasgos que la hicieron profundamente distinta: su inflexión racional, su valoración del lógos y el desarrollo del pensamiento crítico y de la actividad científica. Estas manifestaciones significaron pues el paso del mito al lógos.
1. Comparación entre las características del mito y las del lógos
El lógos presenta una serie de connotaciones y propiedades profundamente antagónicas al mito. El mito apela a la fe, a la aceptación irracional de ciertas verdades, tiende a la exaltación de la imaginación y los sentimientos, a poner de relieve el valor de ciertos ritos y determinadas normas de conducta y a predicar la obediencia ciega a la autoridad; el lógos, en cambio, insiste en el valor cognoscitivo del entendimiento y de la razón humana, intenta demostrar las verdades que afirma y procura defender la investigación, la reflexión y el diálogo con el fin de descubrir la naturaleza de las cosas y describir las leyes naturales.
El lenguaje del mito propende a ser un instrumento de dominación que se dirige exclusivamente al conjunto de las personas que participan en determinadas creencias y excluye al resto; por su parte, el lenguaje del lógos constituye un medio de comunicación, destinado a todos los seres humanos. El mito se encuentra siempre completo, invariable, definitivamente constituido en sus misterios y en sus ritos; el lógos, por el contrario, en tanto en cuanto supone un esfuerzo racional hacia la investigación de la verdad, no puede encontrarse nunca acabado. El lógos, la Filosofía, la Ciencia, no pueden ser sino búsqueda constante, como decía Aristóteles, zetouméne epistéme (ciencia que se busca).
2. Causas que favorecieron el surgimiento del lógos
El advenimiento del lógos occidental tuvo lugar en la periferia del mundo helénico, en las costas griegas del Asia Menor (Mileto, Éfeso) y en la Magna Grecia (Elea, Crotona) y guarda una profunda relación con una serie de cambios sociales y políticos ocurridos en aquella época, a saber:
De este modo, la cultura de los pueblos antiguos de Asiria, Mesopotamia, Judea, Egipto, etc., se caracterizó por el predominio de la mentalidad mítico-irracional que esencialmente consistía en la exaltación de la dimensión divina o religiosa del cosmos, de los seres humanos y de las instituciones políticas y sociales, en la defensa absoluta de las creencias y de los ritos tradicionales, y en la obediencia ciega a la autoridad.
Las primeras civilizaciones helénicas, influidas por la mentalidad de los pueblos vecinos, también fueron proclives a desarrollar una cultura mítica, aristocrática y guerrera y, en este aspecto, las hazañas y los mitos narrados por Hesíodo y Homero son más o menos análogos, casi comunes, a los existentes en el conjunto de los pueblos del Próximo Oriente; pero, paulatinamente, hacia finales del siglo VII y principios del VI a.C., comenzó a aparecer en las costas griegas del Asia Menor una manifestación cultural de características contrapuestas; a saber, la Filosofía. Frente a las diferentes civilizaciones y concepciones de la antigüedad, la cultura griega presentó determinados rasgos que la hicieron profundamente distinta: su inflexión racional, su valoración del lógos y el desarrollo del pensamiento crítico y de la actividad científica. Estas manifestaciones significaron pues el paso del mito al lógos.
1. Comparación entre las características del mito y las del lógos
El lógos presenta una serie de connotaciones y propiedades profundamente antagónicas al mito. El mito apela a la fe, a la aceptación irracional de ciertas verdades, tiende a la exaltación de la imaginación y los sentimientos, a poner de relieve el valor de ciertos ritos y determinadas normas de conducta y a predicar la obediencia ciega a la autoridad; el lógos, en cambio, insiste en el valor cognoscitivo del entendimiento y de la razón humana, intenta demostrar las verdades que afirma y procura defender la investigación, la reflexión y el diálogo con el fin de descubrir la naturaleza de las cosas y describir las leyes naturales.
El lenguaje del mito propende a ser un instrumento de dominación que se dirige exclusivamente al conjunto de las personas que participan en determinadas creencias y excluye al resto; por su parte, el lenguaje del lógos constituye un medio de comunicación, destinado a todos los seres humanos. El mito se encuentra siempre completo, invariable, definitivamente constituido en sus misterios y en sus ritos; el lógos, por el contrario, en tanto en cuanto supone un esfuerzo racional hacia la investigación de la verdad, no puede encontrarse nunca acabado. El lógos, la Filosofía, la Ciencia, no pueden ser sino búsqueda constante, como decía Aristóteles, zetouméne epistéme (ciencia que se busca).
2. Causas que favorecieron el surgimiento del lógos
El advenimiento del lógos occidental tuvo lugar en la periferia del mundo helénico, en las costas griegas del Asia Menor (Mileto, Éfeso) y en la Magna Grecia (Elea, Crotona) y guarda una profunda relación con una serie de cambios sociales y políticos ocurridos en aquella época, a saber:
- El desarrollo de la actividad comercial: La fundación de diversas colonias comerciales a lo largo de las costas mediterráneas favoreció el desarrollo de la actividad comercial, la cual puso a los griegos en contacto con pueblos, costumbres, usos y creencias heterogéneas y diferentes a las suyas, ante las que resultaba conveniente desarrollar nuevas formas de relación que permitieran el entendimiento y la comprensión entre personas de tradiciones distintas y, de este modo, se tendía a superar la idiosincracia y los particularismos de cada cultura y a recurrir a elementos o cualidades objetivos y comunes a todos los seres humanos, por ejemplo, al intelecto y a la razón.
- El surgimiento de nuevas clases sociales: La antigua aristocracia, noble y guerrera, defensora de las tradiciones, fue paulatinamente desplazada por la nueva clase económica, comercial y artesana, cuyas actividades e intereses eran completamente diferentes; consecuentemente, la cultura tradicional y mítica, que defendía viejos privilegios, comenzó a ser sustituida por principios y leyes de carácter racional y positivo, de acuerdo con las nuevas situaciones.
- El desarrollo de nuevas formas políticas: Las condiciones geográficas de la Hélade, por una parte un litoral enormemente recortado, con numerosos golfos, cabos e islas, y por otra, en las tierras interiores, profundos valles aislados por cadenas montañosas, contribuyeron a la incomunicación y a la separación entre sus diferentes comarcas, y de este modo se favoreció la desaparición de la idea de imperio, surgiendo en su lugar una nueva concepción política, la polis, la ciudad-Estado, en donde las relaciones entre las personas se establecieron por vínculos de proximidad geográfica y de juego político; en consecuencia, el poder carismático y totalitario de los reyes comenzó a ser sustituido por la autoridad racional de los nuevos gobernantes y los antiguos súbditos se convirtieron en ciudadanos.
Así pues, el desarrollo de la navegación y la fundación de colonias comerciales propició el interés por el conocimiento y la contemplación de la naturaleza, mientras que las relaciones con otros pueblos y las nuevas organizaciones políticas originaron otras modalidades de autoridad; de esta manera tuvo lugar el nacimiento, por una parte, de la ciencia física, y por otra, de la reflexión política y ética.
3. La perspectiva científico-técnica
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| Tales de Mileto (640-545 a.C.) Legislador, matemático y astrónomo, considerado padre de la Filosofía |
Las características lógicas del espíritu helénico se pusieron también de relieve en la dimensión científico-técnica de su cultura. Los griegos asumieron numerosos conceptos y elementos técnicos-científicos de los pueblos vecinos; por ejemplo, de Egipto y de Mesopotamia les llegaron multitud de conocimientos matemáticos y astronómicos (se dice que Tales de Mileto aprendió geometría en Egipto, y que Pitágoras había viajado por Egipto y Babilonia), la medicina egipcia gozó de gran renombre en Atenas y el historiador Herodoto relató que los griegos aprendieron de los caldeos el uso del cuadrante, del gnómon y la división del día.
Ahora bien, mientras que en los pueblos mencionados, por un lado, propendieron a otorgar a dichos contenidos un carácter predominantemente esotérico y misterioso y, por otro, se limitaron bien a realizar cálculos empíricos bien al uso útil y pragmático de dichos elementos, los griegos, con otra mentalidad, tendieron a dar un paso más, y procuraron sistematizar los contenidos matemáticos, astronómicos, músicos, anatómicos o médicos, etc., de un modo lógico y científico, es decir, intentaron ordenarlos metódicamente de acuerdo con principios racionales de carácter universal. Los griegos, también en este aspecto, fueron los primeros que tendieron a mantener gran cantidad de hallazgos técnicos en el ámbito del lógos.
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