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viernes, 22 de diciembre de 2017

El pluralismo moral

1. La moral primitiva
En las tribus primitivas existe una identificación entre los proyectos de sus miembros y el de la comunidad misma. Las normas vigentes se legitiman recurriendo a narraciones míticas sobre el origen del mundo y de la humanidad, de las que la tribu extrae enseñanzas y orientaciones para su vida cotidiana. A cada miembro de la tribu le importa más la supervivencia del grupo que la suya propia, porque sin el grupo tampoco él sobrevive. Su valor supremo es, pues, la comunidad, y los que no pertenecen a ella son los enemigos a los que hay que combatir: son holistas. El término holismo viene del griego hólon, que significa "todo". Los holistas dan primacía al todo social frente al individuo.

2. Las grandes civilizaciones
En la época de las grandes civilizaciones, con la aparición de la filosofía griega (siglo VII a.C.) y de la religión cristiana, empieza a cambiar el modo de legitimar las normas morales de convivencia. En general, las comunidades siguen siendo moralmente monistas y también conceden primacía a la colectividad frente al individuo, pero a la hora de legitimar las normas (¿por qué han de estar vigentes éstas y no otras?), no recurren ya a narraciones válidas sólo para un pueblo, sino a narraciones y a razonamientos que pretenden valer para todos los seres humanos. La universalidad ha hecho su aparición en la historia de la moral.

3. La primera Modernidad
Durante la Edad Media y a comienzos de la Moderna las guerras de religión fueron verdaderamente crueles. Aunque en lugares como España la convivencia entre árabes, judíos y cristianos llegó a ser de hecho pacífica, en la mayoría de los casos los distintos grupos religiosos eran incapaces de tolerar que los demás tuvieran una visión distinta del mundo y de la sociedad, y no entendían más solución de las diferencias que la tortura y la muerte. Evidentemente los política y económicamente poderosos canalizaban este fanatismo en provecho propio y utilizaban la coartada de la religión para ampliar su poder. El resultado fue espantoso: expulsión de musulmanes y judíos de Europa, matanzas de herejes, quema de brujas, expolio de los sospechosos.

4. Los comienzos del pluralismo
Sin embargo, hacia los siglos XVI y XVII algunas voces se alzan defendiendo expresamente la tolerancia entre aquellos que tienen distintas cosmovisiones. Los textos de John Locke y Voltaire caminan en este sentido. Lo hacían en realidad desde posiciones religiosas (teístas o deístas), pero iban utilizando cada vez más argumentos aceptables por creyentes y no creyentes: el germen del pluralismo estaba ya sembrado.
El teísmo es una doctrina que afirma la existencia de un Dios personal, inteligente y libre, que ha creado, conserva y gobierna el mundo (siglo XVII y XVIII). El deísmo, por su parte, reconoce un Dios como autor de la naturaleza, pero sin admitir revelación ni culto externo (siglo XVIII).

Ya no es, pues, a los hombres a los que me dirijo, sino a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos.
Tú no nos has dado un corazón para odiarnos, ni manos para degollarnos; haz que nos ayudemos mutuamente a soportar la carga de una vida penosa y pasajera; que las pequeñas diferencias entre los vestidos que cubren nuestros débiles cuerpos, entre todos nuestros lenguajes insuficientes, entre todos nuestros usos ridículos, entre todas nuestras leyes imperfectas, entre todas nuestras opiniones insensatas, entre todas nuestras condiciones, tan desproporcionadas a nuestros ojos y tan iguales ante los tuyos; que todos estos pequeños matices que distinguen los átomos llamados hombres no sean señales de odio y de persecución. ¡Ojalá pudiesen todos los hombres recordar que son hermanos!
Voltaire, Tratado sobre la tolerancia

5. Qué no es el pluralismo
Para aclarar qué es el pluralismo conviene distinguirlo no sólo del relativismo y del subjetivismo moral, sino también de otras dos posibilidades, que son totalmente opuestas entre sí:
  • Monismo moral: Una sociedad es moralmente monista cuando todos sus miembros comparten la misma cosmovisión, bien espontáneamente, bien por imposición del Estado. Por tanto, comparten también las mismas orientaciones morales para la acción que se extraen de ella: el mismo código moral. Cuando existe algún problema moral es desde ese código desde el que hay que encontrar la solución.
  • Politeísmo moral (o politeísmo axiológico, según Max Weber): Consiste en creer que en una sociedad cada individuo o cada grupo tiene su jerarquía de valores y que esas jerarquías son entre sí inconmensurables. Es decir, que cada uno parte de unos principios, los acepta por una suerte de "fe moral", y de ahí extrae sus conclusiones. Como la admisión de los principios es cuestión de fe, no pueden argumentar entre sí, sino que cada uno tiene su jerarquía.
En una sociedad monista parece que todos deben tener los mismos ideales morales; en una politeísta, que no tienen nada en común. El pluralismo se sitúa más allá del monismo y del politeísmo moral.

6. La "fórmula" del pluralismo 
Que una sociedad sea pluralista no significa que sus miembros no tengan moralmente nada en común. Si así fuera, sería politeísta. Una sociedad es moralmente pluralista cuando en ella conviven personas que tienen distintas concepciones morales de lo que es una vida buena, distintas maneras de concebir el mundo, el hombre y la historia. Y que precisamente conviven porque comparten al menos unos mínimos morales de justicia. 
Sin duda, todos los seres humanos queremos ser felices, y cuando nos representamos en qué consiste la justicia lo hacemos sobre el trasfondo de una idea de felicidad. Sin embargo, como en una sociedad pluralista conviven distintos proyectos de felicidad, un buen número de filósofos convienen en distinguir entre mínimos de justicia y máximos de felicidad. 
  • Los mínimos de justicia son el conjunto de valores que comparten todas las concepciones morales de una sociedad pluralista y que, por lo tanto, sus miembros pueden exigir.
  • Los máximos de felicidad son los que ofertan las distintas concepciones morales.       

viernes, 6 de octubre de 2017

El universalismo moral

Alegoría de la justicia, de Pollaiolo
1. Exigencias de justicia
El relativismo y el subjetivismo moral son en realidad insostenibles, al menos por dos razones:
  • Porque existen unos rasgos morales comunes a todas las culturas, que es lo que los antropólogos han dado en llamar "universales culturales".
  • Sobre todo, porque cualquier persona exige universalidad e intersubjetividad para algunas de sus convicciones morales, concretamente para las convicciones de justicia.
Por ejemplo, si alguien quiere impedirme expresar mi opinión o pretende encarcelarme sin haber hecho yo nada, diré que no tiene derecho a hacerlo, sea cual fuere su cultura o sus gustos. Tampoco estaré de acuerdo en que extorsione a otras personas. Diré en todos estos casos que es injusto. Y es que aquellas convicciones morales que consideramos exigencias de justicia pretendemos que valgan universal e intersubjetivamente; es decir, creemos que podríamos convencer de que son justas a todos los afectados por ellas, si pudiéramos dialogar con ellos en condiciones de racionalidad.
Tales condiciones serían las siguientes: que en el diálogo participaran todos los afectados por esas exigencias, que tuvieran iguales oportunidades de expresar sus intereses y replicar ante las intervenciones de los demás, que todos desearan aclarar en serio si la exigencia es justa, y que al final decidieran teniendo en cuenta no su interés particular, sino el universalizable (el que todos podrían querer).
El universalismo moral consiste en reconocer simplemente que cuando digo "esto es justo" pretendo que vale no sólo para mí, sino también para cualquier persona a la que pudiera mostrar las razones que tengo para defenderlo en una situación racional de diálogo.

2. Invitación a la felicidad
Consideración aparte merecen las formas como imaginamos nuestra felicidad. Cada uno tenemos unas ilusiones al respecto sobre las que pedimos respeto; no que las demás personas tengan los mismos ideales, ni siquiera que se esfuercen por proveernos de los medios para ser felices. Y es que no tiene sentido exigir que todos vivan el mismo ideal de felicidad. Los creadores morales han propuesto ideales-marco de vida buena, han invitado a ellos, y quien acepta la invitación ha de intentar realizarlos según sus peculiaridades.
El universalismo moral no consiste en decir que todos los seres humanos tienen que ser felices de igual modo, porque esto sería hacer un mundo homogéneo. Cada persona tiene sus cualidades, sus aspiraciones y, en consecuencia, su proyecto de vida buena.
En cuestiones morales, pues, es imposible admitir que "todo vale": de hecho no lo admitimos en cuestiones de justicia. Pero tampoco puede decirse que todas las personas deberían hacer las mismas cosas, que todos deberían ser felices de igual modo. Entre la total heterogeneidad del "todo vale" y la homogeneidad del "todos deben hacer lo mismo" se sitúa el pluralismo moral. El pluralismo es fruto de una larga historia y de una costosa conquista.   

domingo, 11 de junio de 2017

Relativismo y subjetivismo moral

1. Diversidad de los contenidos morales
Al tratar de moral topamos de inmediato con un hecho innegable: la diversidad de contenidos morales en el tiempo, en el espacio y entre las generaciones de un mismo lugar.

1.1. En el tiempo: si recurrimos a la historia, nos percatamos de que los sacrificios humanos o la esclavitud han sido aceptados moralmente en determinadas épocas.
1.2. En el espacio: en nuestro momento vemos cómo en el islam, por ejemplo, la situación de la mujer es de subordinación, mientras que en Occidente se considera igualmente autónomos a mujeres y varones.
1.3. Entre distintas generaciones: sin salir de nuestro entorno, los padres consideran inmorales cosas que a los hijos les parecen perfectas.

¿Significa esto que las acciones son moralmente buenas o malas dependiendo de cada cultura, de cada generación determinada, e incluso de cada persona? ¿Significa que en lo moral no podemos hacer ninguna afirmación que pretenda universalidad, porque todas "dependen" de la cultura en que nos encontramos, del grupo al que pertenecemos o del tipo de persona que somos?

Pluralidad de los puntos de vista
Parece que lo que es una buena razón para una persona no necesariamente es una buena razón para otra. Por ejemplo, lo que puede ser una buena medicación para mi resfriado no necesariamente será una buena medicación para el tuyo. Diferentes personas, no ya diferentes culturas, están en "situaciones" diferentes y, por ello, lo que algunas creen hacer de manera racional puede no ser aplicable a otras. De esta manera se presenta el problema del relativismo; la racionalidad de una persona o un grupo puede muy bien representar algo estúpido para otra.
N. Rescher 

2. El relativismo moral
Se llama relativismo moral a la convicción de que la calificación moral de una acción como buena o mala depende de cada cultura o de cada grupo. En el ámbito moral -según el relativista- no hay nada universal.
Si esta afirmación se toma en serio, resulta imposible establecer un diálogo sobre cuestiones morales entre diferentes culturas. Entre dos "interlocutores" que no tienen nada en común no puede haber un diálogo. Y, sin embargo, vemos cómo uno de los rasgos de nuestro tiempo es el diálogo intercultural.

3. El subjetivismo moral
Se llama subjetivismo moral a la afirmación de que en cuestiones morales cada persona opina como quiere, y es imposible argumentar sobre ellas de modo que lleguemos a las mismas conclusiones porque nos convenzan los argumentos aducidos. En el ámbito moral -según el subjetivista- es imposible llegar a convicciones intersubjetivas, si no es por una pura coincidencia coyuntural de intereses.
Si tomamos el subjetivismo en serio, yo no puedo argumentar en realidad -por ejemplo- con alguien que sustente una posición distinta a la mía sobre si la pena de muerte es moralmente aceptable o no, sencillamente porque cada uno tiene su opinión y es "muy suyo". Sólo podemos coincidir en un momento dado en que "conviene" o no implantarla, atendiendo a consideraciones externas a la cosa misma: lo que va a opinar la gente, lo que van a pensar los países vecinos o "razones" semejantes. Pero no podemos argumentar con razones referidas a la cosa misma.


 

sábado, 21 de enero de 2017

Evolución de los ideales de vida

Si paseamos un poco por la historia, observaremos:
  • Que eso que llamamos "ideales de vida" es distinto de lo que denominamos "valores morales", aunque unos y otros no andan demasiado separados.
  • Que los valores, más que ir cambiando, van siendo descubiertos, se van complementando y se enriquece su comprensión.
Los valores morales son el sustento sobre el que se construye el carácter, el modo de afrontar la vida. En cambio, los ideales de vida son la asunción de dichos valores por las personas. Por esta razón, los ideales de vida están circunscritos a las condiciones históricas y sociales, dado que todas las personas nacemos, somos educadas y vivimos dentro de una cultura y en un momento de la historia.
Algunos ideales de vida que aparecen en la historia de nuestra cultura, como el héroe, el caballero o el pícaro resultan en este sentido ejemplificadores y significativos.

1. El héroe
En la antigüedad, el ideal de vida lo encarnaba el héroe. En los poemas de Homero (poeta griego, siglo IX a.C.), aparecen muchos de ellos; nosotros vamos a reparar en uno que aparece en La Ilíada, Héctor. 
Héctor es el caudillo que dirige las tropas troyanas en la guerra contra los griegos; hijo de Príamo y Hécuba, esposo de Andrómaca y padre de un niño, encarna los valores más altos de su sociedad: es fuerte y valeroso, respetuoso hijo, esposo y padre amante, amigo leal, temeroso de los dioses y ciudadano responsable y apreciado por todos los suyos.
Las palabras de su esposa al recibir su cadáver son quizás la mejor síntesis de todo lo dicho:

- ¡Oh, esposo mío! ¡Has muerto cuando aún eras joven, dejándome viuda en el palacio, y con el hijo aún pequeño, que nosotros, desgraciados, engendramos y que mucho temo que no llegue a la pubertad! Porque antes será derribada desde lo más alto esta ciudad, ya que ha perecido el que era su defensor, tú que la salvabas y amparabas a las fieles mujeres y a sus hijos. [...]
Llenaste a tus padres de inagotable duelo y me dejas a mí, a quien aguardan los mayores dolores, porque ni siquiera pudiste, cuando ibas a morir, tenderme tus brazos y darme saludables consejos, que con lágrimas en los ojos pudiera yo recordar noche y día.

2. El caballero andante
Desde el Renacimiento aparece la figura del caballero andante, del que es la expresión más lograda Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes (1547-1616).
Don Quijote es el símbolo del hombre que lucha por su verdad; los valores que orientan su vivir son: la fe en la justicia, en un mundo en el que ésta apenas existe; el ansia de libertad, que considera el mayor bien de las personas; la atención a los necesitados; el valor y el amor, indispensables para afrontar la vida, el primero, y darle sentido, el segundo. Estos valores hacen que la existencia del caballero esté orientada a los más altos ideales y que resulte llamativa frente al burdo sentido común de los demás, retratado en el personaje de Sancho. Así se presenta Don Quijote:

- Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la del oro [...]. Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos [...] Espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí [...] irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.

3. El pícaro
Al caballero andante se le opone un ideal de vida contrario y contemporáneo suyo: el pícaro.
El pícaro procede de clase social pobre y de familia problemática; desde su nacimiento vive en la mezquindad, el engaño, la vileza, la deshonestidad, el miedo, el complejo de inferioridad y la amargura ocasionada por una sociedad que le impide mejorar sus condiciones existenciales; edifica su vida sobre ellos y sobre su habilidad para robar y vivir a costa del prójimo. Nos detenemos en un pasaje de El Buscón, de Quevedo (1580-1645):

Decíame mi padre: - Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánico sino liberal. Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos: - Quien no hurta en el mundo, no vive. [...]
Metílos en paz, diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente, e ir con mis buenos pensamientos adelante. [...] Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de padres tan hábiles y celosos de mi bien.

4. ¿Un ideal de vida hoy?
Hemos visto dos modos de afrontar la vida y uno de sobrevivir en ella, así como los valores que les subyacen.
Muchos de esos valores que sustentan el héroe y el caballero son valiosos también para nosotros, si bien concebidos con las modificaciones que los tiempos y los cambios sociales imponen: el valor, la honestidad, el respeto, la lucha por la justicia, etc.
Otros, como la fuerza en la batalla o el caudillaje, resultan un poco anticuados en una sociedad que ha apostado, siquiera en teoría, por la paz y la participación de todos en los asuntos públicos.
Y, por fin, también han ganado terreno valores que en el pasado casi permanecieron ocultos, como la solidaridad entre las personas, el respeto a las diferencias culturales y sociales o la igualdad de la mujer.
Los "valores" del pícaro no son trasvasables a la actualidad, puesto que, en nuestra sociedad, las condiciones de vida, sin llegar a ser igualmente buenas para todos, son bastante más aceptables que las del Siglo de Oro español. Los "pícaros" de hoy no intentan sobrevivir en una sociedad en la que casi resulta imposible, sino que hacen de la riqueza material su único valor.
La historicidad de los valores y de los ideales de vida es, por tanto, un hecho.
Pero, ¿hay algún modo de vivir privilegiado en nuestro mundo? ¿Podemos hablar, con rigor, de un ideal de vida en la actualidad?          

miércoles, 22 de junio de 2016

Moral, política, derecho y religión

A diferencia de los animales, cuya existencia está determinada por su propia naturaleza, es decir, que tienen su vida hecha, las personas somos seres naturalmente desorientados: nuestra naturaleza condiciona nuestro vivir, pero no lo determina; por eso, necesitamos conducir nuestra vida y, al mismo tiempo, construirla.

1. A vivir se aprende
Moral, política, derecho y religión pueden ser considerados, en sentido amplio, saberes prácticos, en tanto que nos ayudan a orientar y construir nuestra vida. La moral nos edifica en la dimensión personal y de relación con los demás; la política y el derecho lo hacen en el ámbito social y público; la religión, en fin, contribuye a que nos sintamos "uno", con las demás personas y con el mundo, en relación con el absolutamente "otro".
Estamos utilizando la palabra "orientar", que significa dirigir o encaminar algo o alguien hacia un fin. Los saberes prácticos de los que acabamos de hablar son orientadores para nosotros en cuanto nos escaminan a un fin, y de ahí precisamente, del fin hacia el que nos conducen, reciben su especificidad.

2. La moral y su meta
La moral, que, como hemos dicho, nos ayuda a construirnos por dentro y en la relación con los demás, lo hace con vistas a que alcancemos nuestra autorrealización; para conseguirlo, nos propone ideales de vida buena, consejos y experiencias vividas. A partir de todos ellos, nosotros mismos vamos elaborando pautas para conducir nuestra vida; tales pautas van más allá de las leyes que rigen en nuestra nación y pueden o no coincidir con ellas.
¿Qué quiere decir esto? Pues, sencillamente:
  • Que las leyes afectan a los miembros de un estado determinado, mientras que las pautas morales orientan a todas las personas.
  • Que, de acuerdo con nuestras pautas, a veces consideramos un deber algo que no aparece mandado en ninguna ley.
  • Que, otras veces, consideramos contrario al deber lo que ordena una ley.
3. ¿Qué pretendemos con la política y el derecho?
Las normas jurídicas y las decisiones políticas se orientan a conseguir el bien común de una determinada comunidad política y, como ésta está formada por personas, tiene una vertiente individuao y una social, pues el bien común contiene el bien de los individuos, aunque lo trasciende; por eso, ha de subordinarse éste a aquél.
La elaboración de las leyes y el hacer de los políticos deben estar presididos, si quieren alcanzar su fin, por un concepto que es común a ellos y a la moral: la justicia.

Congreso de los Diputados, Madrid
4. ¿Cómo nos orienta la religión?
La moral, la política y el derecho nos ayudan, mediante pautas y leyes, a construir y conducir nuestra vida hacia la autorrealización y el bien común.
¿Satisfacen, pues, todas nuestras expectativas y anhelos?
La historia de la humanidad y nuestra propia existencia vital nos exigen responder negativamente. El deseo de inmortalidad y la búsqueda de un sentido último que supere todo dolor y toda limitación son dos constantes en la historia humana, tanto individual como colectiva. A ellos ha dado respuesta, también como una constante, la experiencia religiosa.
¿Cómo lo ha hecho? Desde luego no con normas, ni con leyes; la auténtica respuesta religiosa consiste en la invitación a la felicidad y al consuelo; nuestras torpezas y mezquindades, la enfermedad, el sufrimiento, las necesidades materiales, los desastres naturales y las consecuencias de la injusticia nos impiden ser felices y demandan la acogida amorosa, la ayuda y la compasión.
En las religiones hay algunos contenidos normativos, pero no son ellos los que las caracterizan, ni mucho menos los que las definen: las "normas" o "leyes" religiosas constituyen, en el mejor de los casos, el nivel inicial de la religiosidad; ellas no son, desde luego, las que nos procuran la buscada respuesta de sentido ni la plenificante experiencia de la compasión y del amor.
Cuando "la legalidad" de las religiones ha sido superada, el ser humano concibe y acepta a los demás y al mundo como una totalidad única, dotada de sentido y abierta a la liberación, a la superación de todas las confusiones y limitaciones; entonces es un ser esperanzado.   

domingo, 31 de mayo de 2015

Saber vivir moralmente

1. Valores humanizadores: ser persona
Para hablar de talla humana tenemos que destacar aquellos valores sin los que no podemos representarnos que una persona pueda ser "humanamente" feliz. La historia nos ha ayudado a descubrir lo que deshumaniza: la esclavitud, la explotación, el servilismo, la mentira, la hipocresía, la insolidaridad. Y, por contra, lo que humaniza: la libertad, la autonomía, la veracidad, la solidaridad. De quien vive en contra de estos valores podemos decir que no está "alto de moral", sino desmoralizado, sin ánimo, sin energía. Quien se lanza a la aventura de encarnarlos es el que apuesta por estar "en su quicio y eficacia vital".
Ahora bien, cada uno de nosotros tendrá su peculiar modo de vivir estos valores y otros que para él serán especialmente atractivos.

2. Autorrealización personal: Sé el que eres

¿Quién soy yo propiamente? Mi respuesta es ésta: desde el instante en que tomé conciencia de mí, soy aquel en que libremente me he convertido y lo soy porque he sido yo quien me he convertido en él.
J. G. Fichte

Cada ser humano es único e irrepetible, y por eso cada uno ha de averiguar cuál ha de ser su peculiar modo de vivir bien, que es lo que se llama autorrealización. En la tarea de averiguarlo pueden ayudarle personas que le conocen y expertos, y también puede aprender de ejemplos que le resulten convincentes. Pero al final cada uno tiene que descubrir qué es lo que realmente quiere y prepararse para conseguirlo. Para cada uno vale el imperativo: sé el que únicamente tú puedes ser.

3. Normas y deberes: persona en sociedad
Las normas son imprescindibles para convivir. Nos permiten anticipar la conducta de los demás, presuponer cómo va a actuar y, sobre esa base, ordenar nuestra conducta de acuerdo con unos valores u otros. Hay normas de distinto tipo: morales, jurídicas, religiosas, sociales. Pero, cuando queremos distinguirlas entre sí, nos percatamos de que las diferencias no proceden tanto del contenido, que en ocasiones es el mismo, como de su forma; en concreto, de los siguientes cinco elementos formales:
  • quién es el que promulga el mandato y exige, por tanto, su cumplimiento (de dónde procede la coacción que acompaña a cualquier mandato);
  • quiénes son los destinatarios;
  • ante quién debe responder el que lo infringe;
  • qué tipo de sanción recibe quien inflinge el mandato;
  • de quién se puede esperar obediencia.

       

miércoles, 7 de enero de 2015

Nuestros referentes

1. ¿Hacia dónde nos orientamos?
¿Por qué podemos desear modificar nuestras actitudes o adquirir alguna virtud? Porque queremos hacer buenas elecciones, elecciones inteligentes. Pero para hacerlas necesitamos referentes por los que orientarnos: los valores e ideales de vida, que en muchas ocasiones se concretarán en normas.

2. Los valores
Las personas orientamos nuestra vida por valores. Los valores no son ningún tipo de seres, sino cualidades de las cosas, por las que nos resultan atractivas (la belleza, la elegancia), o bien cualidades que podemos incorporar personal y socialmente (una persona solidaria, una institución justa). Los valores positivos nos atraen, mientras que los negativos nos repelen; y aquellos que nos parecen superiores a otros nos llevan a preferir las realidades en que se manifiestan frente a otras.
Para conocer nuestra identidad personal y la de las demás personas o la de una sociedad, es fundamental saber qué valores son los preferidos, porque ellos configuran nuestro modo de ser. Pero para averiguarlo no hay que recurrir a una encuesta, en la que la persona contesta lo que le parece que se debe contestar según los usos sociales, sino a las acciones concretas: en nuestras elecciones diarias es donde se descubre qué es lo que verdaderamente preferimos, porque los valores tienen un componente emotivo (mueven el sentimiento), intelectual (son razonables) y experiencial (más se les comprende cuanto más se incorporan en la propia vida).
Ahora bien, no todos los valores son directamente morales, sino que hay también valores estéticos (belleza, elegancia, armonía), económicos (calidad, eficacia, eficiencia), vitales (salud, vitalidad, energía) y religiosos (sagrado, divino).

 Los valores morales 
No resulta fácil en ocasiones distinguir unos valores de otros, y parece que una vida feliz es la que conjuga los más posibles. Sin embargo, resulta importante indicar los rasgos de los valores específicamente morales:
  • Son valores que podemos incorporar, con mayor o menor esfuerzo, en la vida personal o social, a diferencia de otros valores que no están en nuestras manos. No todas las personas pueden ser bellas, sanas o eficientes, por mucho que se lo propongan, y eso no significa que no puedan ser personas en el más pleno sentido de la palabra, es decir, moralmente buenas. Los valores morales, como la libertad, la solidaridad, la honradez, la lealtad o la tolerancia activa, sí que están en nuestras manos.
  • Los valores morales sólo pueden ser cualidades de las personas, de sus acciones o de sus formas de relación, no de los animales ni de las plantas. Esto significa que sólo seres capaces de elegir (libres), y responsables, por tanto, de sus acciones, pueden ser honrados, leales o buenos.
  • Son valores que creemos que debería apreciar cualquier persona que desee realmente serlo.
3. Ideales de vida buena
Los valores de todo tipo componen ideales de vida buena. Todas las sociedades han soñado estos ideales, de la misma manera que han imaginado cánones de belleza. Aristóteles consideraba que quien se dedica a la investigación es quien lleva una vida feliz, mientras que otras escuelas griegas entendieron que el hombre verdaderamente sabio y feliz es el que sabe distinguir los placeres y dolores a lo largo de su vida de tal modo que obtiene el máximo de placer posible (hedonistas), o el que se mantiene imperturbable ante el placer y el dolor (estoicos), o el que vive según la naturaleza despreciando las convenciones sociales (cínicos).

DIÓGENES EL CÍNICO
Diógenes (400 a.C.) fue el más famoso de los cínicos. De él se cuenta que vivía en una tinaja, cerca del ágora, y que paseaba por Atenas de día buscando un hombre con un candil, porque decía que había mucha gente, pero ninguna persona.
Un día, el rey Alejandro le ofreció lo que quisiera y Diógenes contestó:
"Quiero que te apartes y no me tapes el sol".

Con el tiempo, los ideales se fueron multiplicando: el guerrero y el monje medievales, el noble culto y versado en el manejo de la espada, el burgués pendiente de su fábrica, el trabajador revolucionario. Como vemos, son modelos muy ligados a una época concreta y a un determinado contexto social, que pierden vigencia con los cambios sociales. Aunque es verdad que estos ideales son importantes en la vida moral, ¿no podemos hablar de un modelo para cualquier persona? ¿Cuándo podemos hablar de "talla humana"? Para responder a estas preguntas hay que distinguir dos niveles: el de los valores que debería incorporar cualquier persona, y el modo de articularlos que es propio de cada una.

jueves, 17 de julio de 2014

Nuestras pertenencias

Igual que una buena preparación física permite superar una prueba deportiva,
una buena preparación moral es indispensable para vivir con altura humana.
1. Libertad
El primero de nuestros "haberes" es la libertad. Las personas no nacemos ya hechas, acabadas, sino por hacer, como el material de un escultor. Ante cualquier decisión imaginamos un mundo de posibilidades, tanto mayor cuando más profundo conocimiento de la realidad tengamos y cuanto más creativos seamos. Precisamente porque no estamos ya determinados a dar una respuesta única, ni a elegir una de esas posibilidades, podemos decir que somos libres.
La libertad de los seres humanos consiste, en principio, en que no estamos determinados a dar una respuesta única a los problemas que se nos presentan, sino abiertos a crear inteligentemente un mundo de posibilidades y a elegir de entre ellas la que consideramos mejor. Seremos más libres cuanto mejor conozcamos el mundo que nos rodea y más dispuestos estemos a idear posibilidades y a elegir sin presiones la que consideremos preferible.


2. Talante y carácter

Talante y carácter son, pues, los dos polos de la vida ética, premoral el uno, auténticamente moral el otro.
José Luis López Aranguren, Ética

El talante (páthos) es el modo de enfrentarse por naturaleza con la realidad (primera naturaleza). El carácter (éthos) es el modo de enfrentarse por hábito (segunda naturaleza).

 Talante 
Nuestra libertad no es incondicionada, sino que está condicionada por el talante con el que nacemos y por la situación social en que nos encontramos. El talante de una persona es su sentimiento fundamental de la existencia, el tono vital con el que se enfrenta por naturaleza a la realidad. Una persona no es un conjunto inconexo de sentimientos y de inteligencia, sino que en cada uno de nosotros hay una unidad emocional e inteligente última, que no hemos elegido, sino que nos viene dada por naturaleza: es el talante.

 Carácter 
Precisamente por ser libres podemos ir forjándonos un carácter (éthos), que es lo que los antiguos llamaban "segunda naturaleza": las personas nacemos con un talante o primera naturaleza y podemos ir creándonos una segunda naturaleza o carácter por repetición de actos. Como quien forja una escultura (carácter) a partir de un material dado (talante). En esta forja -decía ya Aristóteles- consiste la vida moral: en adquirir las virtudes y actitudes que van componiendo el carácter.

3. Virtudes
Cuando algo nos interesa, necesitamos ejercitarnos, no sólo para conseguirlo, sino para adquirir hábitos en ese sentido, que nos ahorren esfuerzo en el futuro. Un niño ha de esforzarse mucho para andar, pero, una vez que ha adquirido el hábito, lo hace casi automáticamente. Igual sucede con la mayoría de nuestros movimientos diarios, que nos costaron mucho aprender, pero ahora ya estamos habituados a realizarlos y casi no nos damos cuenta.
La vida moral tiene una meta -ser persona en plenitud- y para lograrla es preciso ir adquiriendo los hábitos correspondientes. A los hábitos que encamina al bien los llamaron los clásicos "virtudes", a los que alejan de él, "vicios".


Mediante el ejercicio, las personas, como los músicos
o los bailarines, se convierten en virtuosos.
En Grecia, la virtud -areté- se entendía como excelencia del carácter. En cada ámbito -deporte, sabiduría- era virtuoso el que destacaba entre los demás por ejercerlo especialmente bien. Como decimos ahora de quien es un "virtuoso" de cualquier instrumento musical. En cambio, en la Edad Media, el término latino virtus va cobrando el significado "fuerza", que es hoy el usual: la fuerza del alma para hacer el bien.
Se entiende, entonces, que virtud es una predisposición a obrar bien, adquirida mediante ejercicio.

4. Actitudes
En muchas ocasiones, la psicología tiende a sustituir la expresión "hábitos" por "actitudes". Las actitudes son aquellas predisposiciones, aprendidas y relativamente fijas, que orientan la conducta que previsiblemente se manifestará ante una situación u objeto determinados. Por ejemplo, decimos de alguien que tiene una actitud autoritaria o bien dialogante, solidaria o insolidaria.
Las actitudes, como las virtudes, son expresión del ser más profundo de las personas, compuesto a la vez por sentimientos, inteligencia y razón. No somos exclusivamente sentimentales ni exclusivamente racionales. Por eso, virtudes y actitudes contienen componentes cognitivos (convicciones y creencias), afectivos (sentimientos favorables o desfavorables en relación a la situación o el objeto) y comportamentales (tendencia a responder en un determinado sentido a un aspecto de la realidad). Son difíciles de modificar, pero es posible hacerlo: cuando una actitud ha sido modificada intencionadamente es muy semejante a la virtud.
Virtudes y actitudes son clave en la vida moral, porque las personas solemos actuar según las predisposiciones que hemos adquirido.

viernes, 16 de mayo de 2014

Moral y ética

ALTOS DE MORAL
José Ortega y Gasset (1883-1955)

Entonces se advierte que la moral no es una performance suplementaria y lujosa que el hombre añade a su ser para obtener un premio, sino que es el ser mismo del hombre cuando está en su propio quicio y vital eficacia. Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad, y por ello no vive su vida, y por ello no crea, ni fecunda, ni hinche su destino.
Ortega y Gasset

1. Moral vivida y moral pensada
Los términos moral y ética se utilizan indistintamente en la vida cotidiana porque tienen una etimología muy similar. Tanto el vocablo griego éthos como el latino mos vienen a significar carácter, costumbre, lugar desde el que los seres humanos proyectan su vida. Sin embargo, resulta útil establecer una distinción entre moral y ética, semejante a la que José Luis López Aranguren introduce entre moral vivida y moral pensada: la moral es algo que las personas y las sociedades vivimos en la vida cotidiana; la ética o moral pensada es la reflexión que los filósofos han hecho y hacen sobre la moral.
La moral es, pues, cosa de la vida y, por eso, se expresa en el lenguaje de la vida cotidiana; la ética es reflexión filosófica sobre la moral (filosofía moral) y utiliza, por tanto, métodos y lenguajes filosóficos. Así como las distintas concepciones morales llevan "apellidos" de la vida diaria (moral cristiana, budista, musulmana), las diversas éticas llevan apellidos filosóficos (ética aristotélica, utilitarista, kantiana, dialógica).
A la ética, como filosofía moral, le preocupa aclarar en qué consiste esa dimensión de las personas y las sociedades a la que llamamos "moral", por qué tenemos que ser morales y en qué medida la respuesta que demos a esta pregunta tiene que influir de nuevo en nuestra vida. Trata, pues, de esclarecer ante todo tres cuestiones: 1) qué es lo moral; 2) cómo se fundamenta; 3) cómo se aplica a la vida lo descubierto mediante la reflexión filosófica.
Dependiendo de las respuestas a estas preguntas se han ido articulando a lo largo de la historia distintas teorías éticas.

Filosofía
Es un saber que tiene como objetivo reflexionar acerca de todo, de la realidad completa, de los problemas universales, aún sabiendo de antemano que muchas veces no encontraremos soluciones.

Etimología:
Amor a la sabiduría
(philo - sofos)

2. ¿Qué es ser moral?
No existe la moral, como existen la Geografía o la Química, sino una dimensión de las personas y de las sociedades a la que llamamos moral. "Ser moral" es un quehacer, una tarea: ir adquiriendo unas costumbres, forjarse un carácter desde el que idear la propia vida; pero ir forjándose un buen carácter.
Igual que el deportista se propone adquirir una forma tan buena que en cualquier momento pueda estar preparado para disputar una competición, ser moral es estar entrenado para responder con altura humana a cualquier reto que se nos presente. Podemos decir entonces que una buena persona ha conseguido, como decía José Ortega y Gasset, estar alta de moral y no desmoralizada.
Sin embargo, conviene no confundir lo que aquí queremos decir con "alto de moral" o "animado" y el sentido biológico o psicológico que pueden tener estar expresiones. Una persona perversa puede estar psicológicamente muy animada y, sin embargo, decimos de ella que es inmoral. Con esto queremos decir que, aunque vitalmente pueda tener una gran fortaleza, no da la talla de una persona en el pleno sentido de la palabra. ¿En qué consiste esa talla y cómo sabemos cuál es?
Para responder a esta pregunta trataremos de contestar otra previamente, inevitable también en el mundo del deporte: con qué materia prima contamos cada uno de nosotros para forjarnos un buen carácter (cuál es nuestro haber) y cómo hacerlo.