lunes, 25 de marzo de 2013

Clases de cultura


Los dos primeros elementos de la cultura: las instituciones y los valores y creencias, constituyen, con una parte de las técnicas, el primer subgrupo de la primera clasificación, la de la cultura inmaterial, que se completa con la material, integrada por todo lo incluido en los materiales y todo aquello con realidad física, propio de la técnica.
Linton distingue dos tipos de cultura bastante operativos: la cultura manifiesta y la encubierta. La primera comprende todo aquello que es explícito y observable, por lo que todo lo incluido en la anteriormente llamada cultura material lo estará también en la manifiesta, aunque ésta es mucho más amplia que la material.
La cultura encubierta es aquella que sólo puede deducirse de la cultura manifiesta. Está formada, principalmente, por estados psicológicos y emana de los conocimientos, las actividades y los valores de que participan los miembros de una sociedad. Según Linton, los aspectos manifiestos y los encubiertos son igualmente reales e importantes para entender la conducta humana, pero para el investigador representan problemas diferentes. El aspecto manifiesto es concreto y tangible, está sujeto a la observación y registro directo y no ofrece conclusión alguna que no pueda corroborarse con la ayuda de medios mecánicos, como la fotografía o la grabación. Todo posible error en su campo no se deberá más que a una defectuosa observación, pero será fácil corregirlo.
Pero la información sobre la cultura encubierta presenta problemas de un tipo completamente distinto. El problema de descubrir las pautas encubiertas de una cultura, es el mismo que el de averiguar el contenido y la organización de la personalidad de un individuo, por lo que las investigaciones están sujetas a las mismas fuentes de error.
Como no es posible describir todas las formas de conducta que aparecen en la realidad dentro de una sociedad, los científicos sociales tienen que recurrir a describir aquellas que objetivamente son lo que vulgarmente se califica como más típicas. El investigador se ve precisado a presentar una construcción cultural, tanto para dar un cuadro comprensible de una cultura como para manejar los datos culturales. Se tiene que proceder a buscar la moda estadística –los valores que se dan en una serie con mayor frecuencia- dentro del conjunto de las diversas situaciones que se presentan en la cultura real.
Las pautas de conducta pueden también ser entendidas como diversos tipos de respuesta a determinadas conductas, pero esto, más que una definición es una consecuencia, o característica similar a la que ya vimos en la cultura.
Las pautas culturales las podemos dividir en tres tipos: pautas reales; pautas teóricas o pautas culturales construidas; y pautas ideales.
Una pauta cultural real representa una variabilidad limitada de las formas de conducta dentro de la que normalmente quedarán comprendidas las respuestas de los miembros de una sociedad a una situación determinada. Así, los individuos pueden comportarse de diferentes maneras sin salirse de la pauta cultural real.
Las pautas teóricas corresponden a las modas de las variaciones dentro de una norma cultural real. Por ejemplo, en la España urbana el horario de la cena puede variar entre las nueve y media de la noche y las once y media, si queremos apurar un poco más podemos ampliar este margen temporal a media hora por cada uno de los extremos antes fijados. Por lo tanto, las pautas reales con respecto a este aspecto vendrán dadas por las diversas situaciones en que la cena tiene lugar entre las nueve y media noche. Si se encuentra a alguien que tiene como norma hacerlo a las siete de la tarde o a las dos de la madrugada, ello se deberá a sus específicas circunstancias, por lo que no sería más que lo que antes hemos denominado anomalías. Sin embargo, la costumbre más usual es que se cene entre las diez y diez y media, por lo que en ese espacio de tiempo situaremos la pauta teórica con respecto a los hábitos horarios de cenar los españoles.
Por último, nos encontraremos con las pautas ideales. Son éstas puras abstracciones y radican, principalmente, en el acervo de la clase de cultura encubierta anteriormente descrita, como también tendremos que llegar hasta la cultura inmaterial para reconocerlas. Se trata de todo ese conjunto de opiniones que aparecen en todas las sociedades respecto, no a lo que son en sí las cosas, sino a cómo deberían ser.

En este orden de cosas, podemos distinguir diversas clasificaciones de la cultura. Así, se pueden hallar tantos tipos de cultura como clases de sociedades distingamos, y la misma clasificación que hayamos hecho de las diversas sociedades, será aplicable a las culturas. Por lo tanto podremos dividir a las culturas con los mismos criterios que a las sociedades como, por ejemplo, culturas ágrafas, o con escritura, si son poseedoras o no de este medio de comunicación; primitivas o modernas, de acuerdo con lo cercanas que se encuentren a nuestro paradigma de modernidad; animistas, politeístas, monoteístas, si tomamos como baremo clasificatorio a la religión, etc. Sin embargo, el intento de proceder a una clasificación de acuerdo con estos criterios nos puede llevar a un terreno bastante resbaladizo, por hacer entrar en juego una dosis de subjetivismo, difícilmente evitable, que nos lleva a clasificar las sociedades y las culturas de acuerdo con nuestro etnocentrismo y atribuirles un rango de acuerdo con el que esos criterios pueden tener en la sociedad desde la que parten las observaciones del clasificador, como considerar superior lo moderno a lo primitivo, el monoteísmo por encima del politeísmo, etc.

domingo, 24 de marzo de 2013

Los sofistas

De manera análoga a otros movimientos filosóficos griegos, los sofistas también surgieron en la periferia del mundo griego, pero adquirieron su auténtico sentido cuando se establecieron en Atenas.
Inicialmente el término sofista, sophistés, poseyó un valor positivo de amplio alcance, significando sabio, experto o entendido en los asuntos de la vida, de la sociedad o en alguna actividad artística o pragmática (en administración, en retórica, en poesía, en música o en construir toneles y ánforas, etc.).
Pero, a partir de finales del siglo V, dicha palabra adquirió un fuerte tono peyorativo, pasando a tener el significado de sabiondo o falso sabio, embaucador, constructor de sofismas, etc. ¿Por qué surgió este matiz negativo?
A ello contribuyeron varios hechos, entre los que podemos considerar como más relevantes los siguientes:

a) La fuerte reacción antidemocrática surgida en Atenas hacia finales del siglo V a.C., secundada por la aristocracia y por una gran parte del pueblo que, preocupado por las costumbres y por los ritos tradicionales, veían con muy malos ojos el escepticismo religioso (o la tolerancia religiosa).
b) El desarrollo de ciertas ideas y actitudes que incidían notablemente en las creencias de los griegos. En este sentido, los sofistas:
  • Tendieron a defender el relativismo de las normas, de las costumbres y de las creencias.
  • Propugnaron ciertas posturas agnósticas: poniendo en cuestión la eficacia y la realidad de los dioses, e insistiendo en la imposibilidad de resolver racionalmente los enigmas de la religión.
  • Percibían retribuciones económicas por su actividad pedagógica. Los sofistas, puesto que sus enseñanzas versaban sobre el modo de triunfar en la vida, recibían determinadas cantidades de dinero por dichas actividades. Este hecho suponía un relativo escándalo a los ojos de aquella sociedad, pues los griegos, en mayor medida que cualquier otro pueblo, poseían una visión teorética (contemplativa) y "deportiva" de la vida y, en consecuencia, tendían a sobrevalorar el ocio y el esfuerzo desinteresado y a rechazar el negocio, es decir, el trabajo remunerado. Desde estos principios difícilmente podían comprender la licitud de la percepción de emolumentos por la práctica de la enseñanza y, por tanto, les resultaba de dudosa honestidad dicha conducta. A este aspecto negativo, hay que añadir la animadversión despertada en aquellas personas que, deseando adquirir las artes y destrezas que dichas enseñanzas proporcionaban, no podían hacerlo por carencia de recursos materiales.
c) Las agrias políticas que contra ellos vertieron determinados filósofos (por ejemplo, Platón y Aristóteles) y otros escritores griegos.

1. Las ideas principales
Los sofistas no formaron escuela, sino que constituyeron un grupo relativamente numeroso de "humanistas" griegos con ciertos rasgos comunes, entre los que cabe destacar los siguientes:

a) Escepticismo y relativismo: Los sofistas insistían en que sólo podemos conocer aspectos o fenómenos  de las cosas (fenomenismo), pues no existe una verdad objetiva y universal (escepticismo), ni nada es en sí verdadero ni falso (relativismo). Estos principios, según ellos, se justifican tanto desde los objetos como desde los sujetos, así, por una parte, de las múltiples realidades existentes en el mundo sólo una mínima parte se encuentra próxima a nosotros y de éstas únicamente se nos ofrecen algunos aspectos; por otra, todos nuestros conocimientos dependen de las sensaciones; pero el estado de las facultades sensitivas varía de acuerdo con las circunstancias, la situación y los propios sentimientos afectivos de cada persona. Así pues, cada individuo posee una opinión particular de acuerdo con los aspectos de la realidad que se le brindan, la situación en que se encuentra y las experiencias por él vividas. En este sentido, señalaba Protágoras, el sofista más importante, que "el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son". Esta posición les llevaba a afirmar la relatividad de las valoraciones cognoscitivas, éticas y estéticas y, en consecuencia, aseguraban que los mismos objetos (y al mismo tiempo) son y no son, la misma cosa puede ser buena y mala, bella y fea, y, en último término, la realidad, la verdad y la belleza dependen del gusto de cada persona, "si se mandara a todos los hombres reunir en un montón las cosas que cada uno de ellos crea feas y, después, viceversa, tomar del montón de éstas las que cada uno estime bellas, no se dejaría ni una, sino que entre todos las tomarían todas, porque no todos creen en las mismas cosas".

b) Preocupación por los asuntos humanos y por la educación: La afirmación de que "el hombre es la medida de todas las cosas" supone situar a los seres humanos (a cada ser humano) como centro o referencia de todas las cuestiones filosóficas. Desde esta posición, los sofistas se desentendieron, casi totalmente, de los temas cosmológicos y teológicos, y se inclinaron hacia los asuntos prácticos, esto es, hacia las cuestiones morales y políticas: las costumbres y las creencias, la justicia y el Estado, las instituciones y las clases sociales, etc.

En ese sentido, se llevó a cabo una tarea desmitificadora y, de acuerdo con su postura escéptica y relativista, se puso en duda la existencia de los dioses. Con anterioridad, el eléata Jenófanes, oponiéndose al politeísmo oficial, había cuestionado el antropomorfismo de los dioses: "los etíopes representan a sus dioses chatos y negros, y los tracios dicen que tienen los ojos azules y los cabellos rojos. Pero si los bueyes, los caballos y los leones tuvieran manos y pudieses dibujar... los caballos dibujarían figuras de dioses semejantes a los caballos y los bueyes a los bueyes". Y Anaxágoras había hablado de una divinidad o nous único, que presidía y regulaba el proceso cósmico. Los sofistas, por su parte, se inclinaron hacia el agnosticismo; Protágoras, por ejemplo, aseguraba que "nada podemos saber de los dioses, ni si existen o no existen, pues son muchas las razones que impiden que lo sepamos; por ejemplo, la dificultad del problema y la brevedad de la vida humana".
En consecuencia, reaccionando contra el carácter teológico, aristocrático y elitista de la enseñanza tradicional, se produjo una tendencia a la secularización y a la democratización de la cultura. La participación del démos (del pueblo) en las tareas políticas y judiciales implicaba la conveniencia de un nuevo tipo de educación más acorde con la particular organización de la nueva forma de gobierno, pues debido a la importancia concedida a las asambleas públicas dentro de la administración ateniense, los ciudadanos no debían limitarse al cumplimiento de las leyes, sino que habían de ser capaces, también, de participar en su elaboración. Los nuevos ideales pedagógicos, por consiguiente, se orientaron hacia una educación humanista: igualdad de los seres humanos, conciencia de sus limitaciones y de sus debilidades y preparación para la vida pública.
Ahora bien, si como vimos en el punto anterior, tanto las capacidades cognoscitivas como los valores éticos, estéticos, jurídicos, etc., fuesen relativos, si no existiese modo de distinguir los objetos verdaderos de los falsos, las cosas bellas de las feas, las conductas justas de las injustas, lo bueno de lo malo, ¿qué sentido puede poseer la educación?
Las respuestas de los sofistas se inclinaban hacia el utilitarismo: hacer ver qué objetos, qué instituciones, qué costumbres y qué comportamientos resultan preferibles (más útiles) y, de este modo, la función del sabio (del orador, del político) habría de consistir en hacer parecer como justos los objetos, las instituciones, etc., beneficiosos para la ciudad.
Pero las preguntas continúan: ¿qué objetos, instituciones, etc., son provechosos para la ciudad? No existen criterios universales, no es posible formular una respuesta categórica; útiles a la ciudad son todos aquellos objetos, instituciones, comportamientos, etc., que el conjunto o la mayoría de los ciudadanos juzgan convenientes para ella. Los criterios "humanos" adquieren preeminencia y, de esta manera, se pone de relieve el carácter formal de la educación, destinada a proporcionar al educando no contenidos, sino actitudes (habilidades) y procedimientos para defender (o para hacer triunfar) su voluntad y sus intereses, y para "convertir en fuertes las razones débiles", en último término, se trataba de sacar las consecuencias adecuadas del principio de Protágoras: "el hombre es la medida de todas las cosas...":

c) Valoración de la retórica y de la dialéctica: Los sofistas instruían a sus discípulos de modo especial en las aptitudes retóricas y dialécticas. El hecho de que en Atenas la dirección de los asuntos de gobierno descasara de modo decisivo en las asambleas públicas y de que en éstas pudieran intervenir todos los ciudadanos, favorecía el desarrollo de la oratoria y del debate y, en consecuencia, la exaltación de la palabra.
En este aspecto, los sofistas supusieron también una profunda renovación frente a las posturas tradicionales. En la tradición, se concebía la palabra como lógos, como elemento mediante el cual se expresaba el Ser, la realidad, la legalidad de lo que es y de lo que debe ser. Ahora bien, los sofistas propendían a declarar autónoma la realidad con relación al conocimiento y a éste respecto del lenguaje; así, Gorgias estableció las tres afirmaciones siguientes: "nada existe", "si algo existe es incognoscible por el hombre" y "si es cognoscible es inexplicable e incomunicable", por tanto, la palabra posee una realidad autónoma e independiente y puede ser empleada en múltiples sentidos: la palabra es un monstruo con mil poderes, "puede hacer desaparecer el temor y quitar los dolores, infundir alegría e inspirar piedad... pues, dirigiéndose al alma, la persuade, la constriñe y la convence a tener fe en la palabra y a consentir en los hechos".

Desde la perspectiva política, la utilidad de la palabra se pone de manifiesto en la defensa de los propios puntos de vista, pretendiendo "hacer que las razones débiles parezcan fuertes o las fuertes débiles (o que la causa peor parezca la mejor) de acuerdo con nuestros intereses", se trata, en definitiva, de utilizar la palabra como mero medio de bandearse en los asuntos públicos. La dialéctica y la retórica, pues, lejos de ser concebidas como ciencias o artes destinadas a mostrar la verdad, eran consideradas como medios de persuasión y sugestión orientadas a la defensa de intereses particulares y subjetivos.

d) Contraposición physis y nómos: La postura escéptica y relativista de los sofistas se refleja también en su crítica a las instituciones: la pólis, el derecho, etc. En la tradición griega se consideraba como natural (physis) aquello que poseía en sí mismo la razón de su propia existencia, lo que no había sido creado por la voluntad de los seres humanos, las entidades que existían por sí mismas de una manera lógica y de acuerdo con determinados principios naturales y, en ese sentido, la pólis, el derecho, la justicia, al igual que la razón y la lógica (o los animales y las plantas) eran (y surgían) por physis.
Los sofistas, en cambio, sostenían que todas las instituciones y normas morales, jurídicas y políticas son fruto del acuerdo y la convención (nómos), esto es, que dependen de la voluntad de los individuos humanos. Ellos son quienes establecen la pólis y la obligación de cumplir las leyes. Lo justo y lo injusto consiste, por tanto, en mera opinión o convención (nómos). De este modo, defendían que una cosa es la naturaleza (physis) y otra distinta las instituciones, las leyes y los valores (nómos).
En el desarrollo de estas ideas se dieron dos corrientes de signo contrapuesto, a saber: la primera, en la que destacaron Hippias y Antifón entre otros, propugnaba que la naturaleza es un principio de igualdad y fraternidad humana; mientras que, por el contrario, las convenciones (nómos) son la fuente de la desigualdad entre los seres humanos: por naturaleza todos los hombres son iguales, lo mismo el de oscuro origen que el de claro linaje, lo mismo el esclavo que el libre; por convención (nómos), en cambio, es diferente el griego del bárbaro, el libre del esclavo. Sin embargo, otros filósofos, como Calicles, Trasímaco, Critias... concibieron la naturaleza a nivel zoológico, como ley del más fuerte, y, prescindiendo del carácter racional de la naturaleza humana, mantuvieron que por physis los seres humanos son diferentes y son las convenciones (nómos) las que, oponiéndose a la ley natural (physis), tienden a defender la injusta igualdad, pues "la naturaleza misma demuestra que lo justo es que el más fuerte exceda al más débil y el más poderoso al impotente".

Protágoras de Abdera
(480 - 410 a.C.)
2. Los sofistas principales
Casi todos los tratadistas preocupados por la filosofía griega coinciden en señalar como sofista más destacado a Protágoras de Abdera (480-410), que vivió en Atenas, fue amigo de Pericles y que al final de su vida se vio obligado a huir de esta ciudad, muriendo cuando viajaba hacia Sicilia.
Es posible afirmar que Protágoras se ocupó de cuestiones relativas al conocimiento y a la sociedad. Como hemos visto, partió de una concepción epistemológica de carácter fenomenista que le condujo al escepticismo y al relativismo: "el hombre es la medida de todas las cosas", negación del principio de contradicción o identidad de lo verdadero y lo falso. A la luz de estas posiciones procuró obtener las consecuencias pertinentes en el plano práctico, esto es, a nivel ético, social y político: convención y relatividad de los valores, de las organizaciones sociales y de la justicia o el derecho...
Gorgias de Sicilia (que llegó a Atenas hacia el año 425 a.C.) radicalizó aún más, si cabe, el escepticismo de Protágoras. En su obra principal, titulada Sobre el no Ser o sobre la Naturaleza, reaccionó contra los filósofos eléatas y su pretensión de encontrar la verdad por la vía de la razón, asentó las tres proposiciones siguientes: "nada existe", "si algo existiera no sería cognoscible" y "si fuera cognoscible sería incomunicable"; lo cual supuso sucesivamente: a) la negación de la posibilidad de admitir la existencia de una realidad en sí; b) la separación del Ser (de la realidad) y del conocer; c) el apartamiento del conocimiento y del lenguaje. Estas ideas equivalen a afirmar que el mundo por sí mismo no posee ningún sentido y que, por consiguiente, la interpretación de la realidad depende de los deseos o de la libre disposición de los seres humanos.
Protágoras, Gorgias e Hippias de Elis son los sofistas más importantes de la primera generación. Posteriormente, con los sofistas de la segunda generación, Antifonte, Trasímaco, Calicles, Critias... las doctrinas tendieron a desentenderse de su fundamentación epistemológica y se centraron de manera casi directa en las cuestiones prácticas, produciéndose a veces, posiciones contradictorias entre las opiniones de unos y otros.

lunes, 11 de marzo de 2013

Traslación de la Tierra: las estaciones del año


1. El movimiento de traslación
En su movimiento alrededor del Sol, denominado de traslación, la Tierra dibuja una órbita elíptica y emplea en recorrerla un año: 365 días, 6 horas y 9 minutos.
Como los años tienen 365 días, las seis horas que sobran se acumulan y cada cuatro años (6x4=24) se añade un día al mes de febrero. Estos años de 366 días reciben el nombre de bisiestos.
Los seres humanos nos movemos por el espacio, alrededor del Sol, a una velocidad media de 107.000 hms/hora, aunque no percibimos este movimiento debido a la fuerza de la gravedad de la Tierra, que nos atrae hacia el suelo.

La rotación de la Tierra
El eje de rotación de la Tierra no es perpendicular al plano de la órbita, sino inclinado. Esta inclinación es la responsable de la sucesión de las estaciones del año.
Si el eje de la Tierra fuera perpendicular al plano de la órbita, los polos no recibirían luz solar en ninguna época del año, mientras que la insolación sería extrema y constante en el Ecuador.


Al encontrarse inclinado el eje de la Tierra, los dos polos quedan expuestos, alternativamente, a la radiación solar, y el lugar con más insolación va cambiando también, a lo largo del año, desde el Trópico de Cáncer al Trópico de Capricornio.
Así pues, durante su recorrido alrededor del Sol, la Tierra queda expuesta de distinta manera a la incidencia de los rayos solares:

  • El verano y el invierno se producen porque hay mucha diferencia entre la cantidad de rayos de Sol que llegan al hemisferio Norte y al hemisferio Sur. Mientras en un hemisferio es verano, en el otro es invierno.
  • La primavera y el otoño tienen lugar cuando la incidencia de los rayos solares es la misma tanto en el hemisferio Norte como en el hemisferio Sur.
2. Las estaciones en los polos
El invierno se prolonga durante casi seis meses y se caracteriza por la oscuridad (la noche polar), ya que los rayos solares no iluminan las zonas polares.
En cambio, durante los seis meses de verano la luz es permanente, es decir, el Sol jamás deja de iluminar la zona polar durante la estación veraniega.

3. Solsticios y equinoccios

Solsticio de verano
  • El 21 de junio, el hemisferio Norte tiene más horas de día que de noche. Se acumula calor. El Polo Norte tiene luz durante las 24 horas. En el Trópico de Cáncer los rayos solares eran perpendiculares, es decir, con máxima intensidad. Se inicia el verano.
  • El hemisferio Sur tiene más horas de noche que de día. Se pierde calor. El Polo Sur tiene 24 horas de noche. Se inicia el invierno.
Solsticio de invierno
  • El 21 de diciembre, el hemisferio Norte tiene más horas de noche que de día. Se pierde calor. El Polo Norte tiene 24 horas de noche. Se inicia el invierno.
  • El hemisferio Sur tiene más horas de día que de noche. Se acumula calor. El Polo Sur tiene luz las 24 horas. El Trópico de Capricornio recibe perpendiculares los rayos solares, por tanto, con máxima intensidad. Se inicial el verano.
Equinoccios
  • El 21 de marzo y el 23 de septiembre son los únicos días del año en que la luz y la oscuridad tienen igual duración en todo el planeta (12 horas). Los rayos solares llegan perpendiculares al Ecuador.
  • El 21 de marzo se inicia la primavera en el hemisferio Norte y el otoño en el hemisferio Sur. El 23 de septiembre comienza el otoño en el hemisferio Norte y la primavera en el hemisferio Sur.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Factores geográficos del clima peninsular I

La Península Ibérica, en el Occidente mediterráneo, puede ser considerada como un pequeño continente por la riqueza y variedad de condiciones naturales que presenta. Si compleja es la estructura morfológica, las condiciones climáticas la dotan de una fuerte personalidad. En ella, además del dominio mediterráneo con innumerables matices, existe un dominio biogeográfico atlántico que la acerca al mundo natural de Europa Occidental. Las líneas maestras de las condiciones climáticas pueden ser explicadas por las masas y centros de acción propios de esas latitudes, pero los variados y ricos matices se explican por la influencia del relieve y por estar bañada por mares de características distintas.

1. Factores geográficos que explican el clima peninsular
El clima peninsular se explica fundamentalmente por la situación de la Península en latitud y el encontrarse bañada por dos mares tan distintos. Al desarrollarse entre los 36º y los 43º 47', la Península se ve afectada por las mismas masas de aire y discontinuidades que Europa Occidental. Así recibe la influencia de las masas de aire polar marino y tropical marino, y se encuentra en los límites de expansión de las masas polar continental, árticas y tropicales continentales. El hecho de encontrarse situada entre dos mares de características distintas tiene también importancia: a fines de otoño el Mediterráneo es un mar con mayor temperatura que el Atlántico; las dos masas situadas en cada uno de ellos se ponen en contacto a través de Aquitania y forman un frente que afecta a Cataluña. Por otra parte, en otoño e invierno se forma en Liguria una depresión barométrica de origen térmico que atrae a las borrascas móviles del Frente Polar que penetran con dirección sudoeste-noreste, dejando al sureste peninsular al abrigo de las precipitaciones.
La disposición de las unidades del relieve tiene también una influencia notable. Las cadenas no impiden el paso de masas y frentes, pero sí actúan de pantallas condensadoras dejando un área de sombra a sotavento. Por otra parte, la elevada altitud del Macizo Central Ibérico refuerza las situaciones anticiclónicas del invierno y crea en superficie una depresión barométrica de escasa influencia (tormentas), en el verano.

2. Los centros de acción que afectan a la Península
Los que introducen tipos de tiempo más frecuentes son:

a) El anticiclón de las Azores: Denominado así por encontrarse localizado sobre estas islas en el Atlántico. Es una masa tropical marina compleja, subsidente y estable, a elevada temperatura. Se desplaza según las estaciones, desde los 35º-36º en invierno hasta los 40º-43º en verano. Afecta en verano a toda o casi toda la Península e introduce un tiempo estable, despejado y de altas temperaturas (no las más altas), entre 20º y 35º, según las regiones. En el otoño se retira hacia el sur intermitentemente y prolonga con tiempos soleados los días de estío. En invierno se encuentra al sur de la Península y raras veces la afecta. En primavera anticipa las elevadas temperaturas veraniegas, sobre todo en mayo.


b) Los anticiclones polares oceánicos: Se forman en el Atlántico como consecuencia de acumulaciones de aire polar marítimo a los 40º-50º de latitud, o bien son efecto de descargas polares que acompañan a las familias de borrascas del Frente Polar. Afectan a la Península sobre todo en invierno, cuando el Frente circula a la latitud de ésta, y son más fugaces en otoño y primavera, alternando con el paso de corrientes perturbadas. Son masas frías e inestables. Introducen tiempos estables y fríos, unas veces con cielos despejados y otras con cielos plomizos con cúmulos; también son los responsables de las densas y persistentes nieblas advectivas invernales. En invierno introducen heladas, pero no las más bajas temperaturas de la estación. En primavera representan las heladas tardías de abril y mayo; y en otoño los primeros fríos otoñales.

c) El anticiclón escandinavo: Tiene su origen en Escandinavia y el norte de Rusia. Es una masa muy fría y seca a muy alta presión. La vía de penetración es el norte. Cuando llega a la Península sus características originarias están atenuadas. Por tanto, sus efectos además de menos frecuentes son menos rigurosos que en Europa Occidental. Generalmente, cuando penetra en la Península, no traspasa Sierra Morena, y cuando llega a Andalucía y Levante (efectos desastrosos) dura poco tiempo y deja libre la Costa del Sol. Introduce un tiempo despejado y muy frío (-15º en Castilla; -4º en el Levante) con nieblas de irradiación nocturna; otras veces es el responsable de nevadas en montañas y en el área levantina (al entrar en contacto con masas húmedas y más cálidas). Son las olas de frío muy frecuentes en enero y primera quincena de febrero.

d) El anticiclón del Atlántico norte: Tiene su origen en la zona de Islandia. Es una masa polar marina, fría y estable, aunque con cierta humedad. Su vía de penetración es el noroeste. Afecta a la Península sobre todo en diciembre y enero. Es una masa menos fría que la masa polar continental del anticiclón escandinavo, pero más que la masa de aire polar marino de los anticiclones oceánicos. Generalmente llega tan sólo hasta el Sistema Central aunque en contadas ocasiones afecta a Andalucía y Levante. Introduce precipitaciones níveas generalizadas, al formar un frente con masas cálidas más meridionales.

e) Las masas saharianas: Es aire tropical continental, muy cálido y seco. Proceden del Sáhara y afectan en verano al norte de África, el sur de la Península y, si son muy potentes, hasta Castilla-León y el valle del Ebro. Introducen las olas de calor, máximas temperaturas estivales.

sábado, 23 de febrero de 2013

La vida en la sociedad griega

Las polis tenían un centro urbanizado en el que se distinguía la acrópolis (espacio religioso, elevado y fortificado, donde se concentraba la población en caso de peligro) y el ágora (plaza pública y centro de la vida política).
Las aldeas y territorios cercanos también formaban parte de la polis.
Los habitantes de estas ciudades no eran todos iguales. Las diferencias más notables se establecían entre:
  • Los ciudadanos: Tenían derecho a votar, participaban en la vida política y pagaban impuestos. En Atenas este grupo lo formaban la aristocracia, que era dueña de tierras y rebaños; los mercaderes, poderosos gracias al comercio con las colonias; y los artesanos.
  • Los no ciudadanos: No poseían estos derechos. En Atenas se denominaban metecos (extranjeros). Tenían que pagar impuestos especiales y podían asistir al gimnasio público, servir en el ejército y comprar bienes y esclavos, pero no tierras ni casas. La mayoría de ellos eran artesanos o comerciantes. En Esparta se denominaban periecos y eran trabajadores libres que estaban obligados a realizar prestación militar.
Fuera de este orden social se situaban los esclavos. Eran personas que pertenecían a otras. Desempeñaban un papel fundamental en la economía griega, ya que constituían la principal fuerza de trabajo. En Esparta se denominaban ilotas.
Se podía llegar a la situación de esclavitud debido a las deudas, por haber sido hecho prisionero de guerra, capturado en acciones de piratería o raptado.
Asimismo, el padre de familia tenía derecho a vender a sus hijos, y el campesino sin trabajo podía venderse a sí mismo. La venta se hacía mediante subasta.
Tanto los ciudadanos como los no ciudadanos libres podían formar parte del ejército. Los soldados se llamaban hoplitas. Iban fuertemente armados y protegidos con casco y coraza.
Esparta llegó a tener el ejército más poderoso de Grecia. La educación de los ciudadanos consistía en el adiestramiento militar. Hasta los sesenta años dedicaban su vida a la guerra y a labores del Estado, siempre bajo una férrea disciplina.

La mujer en Grecia
La mujer griega no desempeñaba ningún papel político. En las familias ricas, la mujer se pasaba la vida encerrada en las habitaciones que le estaban reservadas. No se atrevía a salir como no fuera acompañada y en ocasiones excepcionales. La mujer no escogía a su esposo; su padre se encargaba de ello.

sábado, 16 de febrero de 2013

Economía y sociedad en la España musulmana

La conquista de la Península por los musulmanes supuso su incorporación al sistema económico característico del mundo islámico. En contraste con los núcleos cristianos del norte de la Península, en los que predominaban el ruralismo y la autarquía, Al-Andalus poseía ciudades prósperas, una artesanía floreciente y una actividad comercial de gran importancia.

1. El mundo rural
En general, el mundo rural sufrió escasas transformaciones con relación a la época visigoda. Los cultivos principales eran los cereales y el olivo. La vid sufrió un ligero retroceso, debido a la prohibición coránica de beber vino. Los musulmanes introdujeron en la Península algunos cultivos nuevos, como el arroz, los agrios, la caña de azúcar, el algodón y el azafrán. Se prestaba también mucha atención al esparto y al lino. Los musulmanes aportaron algunas mejoras técnicas, especialmente en todo lo relativo al almacenamiento y transporte del agua. La ganadería conoció un cierto impulso, ante todo la lanar, debido al empuje de los bereberes.
Las estructuras agrarias apenas cambiaron. Persistieron grandes latifundios, propiedad de los nobles godos que habían pactado con los invasores o de la aristocracia árabe. La mano de obra era suministrada básicamente por colonos, que cultivaban la tierra en la mayoría de las ocasiones mediante un contrato de aparcería.

Cordobanes, artesanía en cuero presente en nuestros días 
2. Las ciudades y la artesanía
La ciudad era el centro de la vida musulmana. En tierras hispanas los musulmanes se encontraron con una fabulosa herencia urbanística especialmente notable en la Bética. Por su parte, ellos crearon nuevas ciudades, como Almería. Algunos núcleos fundados por razones militares se convirtieron más tarde en el germen de importantes ciudades, como Madrid, Calatayud, Tudela, etc. La ciudad musulmana era de plano caótico y tenía calles angostas y tortuosas. Sus elementos fundamentales eran la zona central, en donde se hallaba la mezquita mayor y el "zoco" o mercado principal, y los arrabales. La ciudad más importante fue Córdoba, que se supone llegó a tener unos 100.000 habitantes. Otras ciudades famosas de Al-Andalus fueron Toledo, con cerca de 40.000 habitantes, Almería, Málaga, Granada, Valencia, Mallorca, Zaragoza, Sevilla, etc.
En las ciudades había numerosos talleres artesanales. El desarrollo de la artesanía exigía previamente la existencia de materias primas. En la España musulmana se reanimó la extracción de minerales y adquirió un gran auge la producción maderera. Los objetos que salían de los talleres de Al-Andalus eran de una enorme variedad. Eran famosos los tejidos de seda, especialmente los "tiraz", brocados fabricados en Córdoba. Igualmente destacaron los musulmanes por el trabajo de las pieles y de los cueros (recordemos los cueros labrados o "cordobanes").
La fabricación de objetos de cerámica, marfil, cobre, etc., fue muy importante, como lo denota la enorme variedad de productos (arquetas, botes, jarros, etc.) que se han conservado hasta nuestros días. Notable fue también la industria del vidrio y la del papel, que en el siglo X contaba con un importante centro productor en Játiva. No hay que olvidar la fabricación de navíos, que se efectuaba en las atarazanas (Sevilla, Tortosa...). Sobre la organización del trabajo es necesario destacar que los artesanos estaban agrupados en corporaciones de oficios.
Desde el punto de vista social la ciudad musulmana ofrecía un panorama muy variado. A la cabeza se encontraba la aristocracia (jassa). Eran las familias árabes que poseían grandes propiedades en el campo y proporcionaban los altos funcionarios. Un grupo intermedio estaba constituido por los mercaderes adinerados, los pequeños funcionarios, los profesionales, etc. En el otro extremo del abanico social estaba el pueblo (amma), integrado por la inmensa mayoría de los habitantes de las ciudades. Eran los artesanos y jornaleros. Vivían en condiciones precarias, por lo que a veces explotaban (por ejemplo en el motín del arrabal, en Córdoba, año 818).

3. El comercio
En Al-Andalus el comercio fue muy activo, tanto entre unas regiones y otras de su territorio como con el exterior. El comercio estaba facilitado por la abundante circulación monetaria (el dinar de oro y el dirhem de plata). En los zocos de las ciudades se efectuaba diariamente un intensa transacción de productos. El comercio interurbano se realizaba a través de las calzadas romanas. Pero Al-Andalus mantenía también estrechas relaciones comerciales con el mundo exterior, tanto con los otros países musulmanes como con la Europa cristiana. El puerto principal de este comercio internacional fue Pechina, al que sucedió en el siglo X, Almería. Al-Andalus importaba de Europa pieles, metales, armas y particularmente esclavos, del norte de África oro sudanés y esclavos, del Próximo Oriente especias y objetos de lujo. Por su parte, Al-Andalus exportaba aceite de oliva, tejidos y en general la inmensa gama de sus productos manufacturados. Las principales zonas receptoras de los productos de Al-Andalus eran el norte de África y los núcleos cristianos de la Península.

domingo, 3 de febrero de 2013

Características de la cultura


La primera característica que se presenta al estudiar la cultura es la de su índole social. Toda sociedad tiene su cultura y la existencia de ésta es una emanación de aquella. La cultura es supraindividual en un doble sentido. Por una parte, no es una característica patrimonial de un individuo aislado, sino de un grupo de ellos; y por otra, su vigencia y persistencia trasciende en el tiempo a los individuos y, con las posibles y consiguientes variaciones, tiende a perdurarse.
Por lo tanto, de esta primera característica de supraindividualidad se derivan otras dos. Primero, la cultura es aprendida, definida como herencia social; es un efecto del proceso de socialización del que ya hablaremos. Y en segundo lugar, es también compartida; se produce una coparticipación con el resto de los integrantes del grupo social al que se pertenece. En las sociedades más complejas y con fuerte estratificación, la coparticipación de la cultura se da de un modo fragmentado, pues no se participa en igual medida de todos los elementos que integran la cultura; son diversas las instituciones y valores que afectan a los poderosos y a las capas inferiores de la pirámide social; los materiales son diferentes por categorías sociales, etc…, sin embargo, los diversos subgrupos sí coparticipan estrechamente de los componentes característicos de su cultura o de su subcultura.
Como corolario derivado de la supraindividualidad tenemos la característica de la universalidad. Todos los grupos humanos y todas las épocas conocidas han tenido una cultura.
Este concepto de universalidad no debe ser confundido con el de la presencia de los universales en todas las culturas, aspecto este que ha sido objeto de mucha atención en el campo de la Antropología. Por universales se entienden determinadas instituciones que se repiten en todas las sociedades presentes, o se tienen noticias de su existencia en todas las culturas conocidas, aunque ya hayan desaparecido. Son consecuencia de la existencia de las necesidades básicas mencionadas por Malinowski, y también, de modo más parcial, de las que este mismo autor consideraba derivadas. Así en todas las sociedades hay cierto tipo de organización familiar, aparecen ciertas prohibiciones, se da un plan difusamente organizado para luchar contra la naturaleza, aparecen creencias, hay roles diferenciados, etc. Sin embargo, hay que hacer notar que aún cuando determinadas instituciones aparecen en todas las sociedades, la forma reviste caracteres que pueden ser muy diferentes. En todas las sociedades están institucionalizadas las relaciones sexuales permanentes, y sus consecuencias, pero entre la familia monógama y la poliándrica hay un abismo. El tabú del incesto es también un universal de la cultura, pero en determinadas sociedades, aunque existe, se admiten excepciones –familias reales de los faraones egipcios y de los incas peruanos- en tanto que en otros pueblos la regla no admite la mínima excepción. Pero, además, no en todas las sociedades este tabú afecta a las mismas personas, pues puede ser la prohibición más o menos amplia, y en unos casos determinadas personas son consideradas parientes y en otros no.

La cultura participa de una doble y contradictoria característica. Es a la vez estable y cambiante. Participa de una cierta dosis de permanencia y otra de cambio.
Lo que sucede es que esta doble característica de ser estable y cambiante, si bien se da en todas las sociedades, no se manifiesta con el mismo valor en sus dos componentes. En unas sociedades primará la estabilidad y en otras el cambio.
Otra característica, que viene implícita en la mayoría de las definiciones y en los aspectos aquí tratados, es la de que llena la vida de los miembros del grupo; es una manera integral de vivir, y no sólo un cuadro superficial de costumbres. La cultura comprenderá hasta los detalles más mínimos, como la posición durante el sueño, o las maneras de sentarse a la mesa.
Los miembros de la sociedad a la que pertenecen no son conscientes de su existencia. La cultura se da como natural; como algo consustancial a la existencia del individuo, y las motivaciones de la conducta no se cuestionan jamás.
Es frecuente que los miembros de una sociedad presenten determinadas reacciones ante fenómenos sociales producidos en otro contexto cultural.

Íntimamente ligada con esta característica de la cultura está la aparición del etnocentrismo, que podemos definir como “la opinión socialmente generalizada y aceptada por la cual se considera que los valores, cualidades físicas, sociales o culturales, o el simple modo de vida de nuestro grupo social, son superiores o preferibles a todo lo demás”. El racismo es una manifestación del etnocentrismo, pero no es la única ni la más importante, ni tampoco la más usual. Este fenómeno del “nosotros” y de negación de los “otros” no sólo aparece en las sociedades con mayor poder político-económico, o con un patrimonio tecnológico más elevado, sino que se ha manifestado en todos los pueblos incluyendo los más atrasados.
Una variación del etnocentrismo es el sociocentrismo, que es la visión de todos los fenómenos exteriores a través de las pautas y conocimientos propios del grupo observador.
Esta influencia de la cultura sobre la conducta de los hombres está reconocida incluso dentro del propio marxismo, aun cuando muchos autores que participan de esta ideología hayan olvidado este efecto y exageren el papel de la economía hasta dotarla de totalidad exclusiva en cualquier situación. Por supuesto que es innegable que la base que determina la historia es lo que Marx denomina infraestructura; o sea, el modo de producción imperante en cada momento histórico, que estará condicionado, o al menos influido, por las características del habitat. Pero ello no obsta para que reconozcamos que entre la infraestructura y la supraestructura exista una relación de interacción, aunque ésta se ejerza en dependencia del movimiento de la misma infraestructura que domina toda la historia.
Friedrich Engels (1820-1895)
El propio Engels reconoce esto de modo explícito:
“Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra historia pero la hacemos, en primer lugar, con arreglo a premisas en condiciones muy concretas. Entre ellas son las económicas las que deciden en última instancia. Pero también desempeñan su papel, aunque no son decisivas, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las cabezas de los hombres”.
Pero, por otro lado, la cultura no sólo se vincula al pasado mediante el peso de la tradición por los condicionamientos de las producciones sociales que heredamos y sobre las que construimos nuestro presente, sino que también se proyecta al futuro mediante las modificaciones de la conducta aprendida.
Podemos describir la cultura, también, como el esquema de actuación de un grupo social.
La cultura viene a ser, pues, la existencia de un código implícito que regula de modo inconsciente la actuación de los miembros de un grupo.
Los funcionalistas, cuya matriz ha partido de los antropólogos, ponen como característica de la cultura su funcionalidad. Malinowski, máximo representante de esta corriente, toma a cada cultura como una unidad de partes inseparables, en que cada una cumple una función en orden a la estabilidad del sistema. Todo aquello que encontramos en una cultura tiene que cumplir necesariamente, según esta escuela, una función, hasta el punto de que las llamadas supervivencias –restos “fósiles” de culturas pertenecientes a épocas pasadas- no son tales, sino que, por el contrario, tienen una vigencia, “cumplen una función”. De lo contrario hubieran desaparecido.
Las pautas de conducta que forman la cultura deben de estar ajustadas unas con otras en forma tal que eviten conflictos.
Una sociedad no puede durar, ni funcionar con efectividad en un momento dado, si la cultura que le está asociada no llena algunos requisitos. Esta cultura debe de contar con técnicas para incorporar individuos al sistema de valores de la sociedad, y prepararlos para que ocupen determinados lugares en su estructura. También ha de tener técnicas para recompensar la conducta socialmente deseable y anular la que no lo es. Todo esto se realiza de un modo automático e inconsciente sin que los integrantes de la cultura se percaten de la existencia de la mayoría de normas y sanciones que la sociedad les impone y a los que ellos se someten.
Por lo tanto, toda desviación de la conducta culturalmente admitida en una sociedad supone una acción punitiva y toda persona que, expresa o tácitamente, no se somete a las reglas sociales, será clasificada como un transgresor. La figura de los tipos del transgresor varían de acuerdo con la intensidad de la norma incumplida, con la situación y hasta con el momento histórico. El transgresor puede ser clasificado como un hereje, un delincuente, un loco, o simplemente como un excéntrico.
Una característica de la cultura, muchas veces olvidada, es que no sólo influye sobre aspectos puramente sociales, sino que también ejerce una influencia sobre aspectos físicos.
La cultura influye en la aparición de características que podemos calificar como pura y simplemente físicas. La minoría japonesa residente en Estados Unidos tiene una talla superior a la de sus hermanos de raza que permanecen en el archipiélago nipón. Esto es consecuencia del diferente tipo de vida y principalmente de la alimentación.
También puede calificarse como una característica, o consecuencia de la cultura, el hecho de que la mayoría de la gente nazca, viva y muera como miembro de una misma cultura. Sin embargo, en la actualidad sólo podemos decir que esto sucede para la generalidad de las personas, pero no para la totalidad, ya que el cambio es una dimensión de la sociedad industrial y las culturas de la hora presente incluyen los mecanismos para la adopción de nuevas situaciones.
A cada cultura corresponde un tipo básico de personalidad.
Linton, la gran figura de la escuela de Cultura y Personalidad, considera que la personalidad es fundamentalmente una configuración de respuestas que el individuo ha creado como resultado de su experiencia. Pero una buena para de las experiencias serán comunes al resto de la sociedad, y todos sus miembros estarán dotados de respuestas adecuadas para que sea posible la comunicación. Por lo tanto, la cultura influye de un modo bastante determinante en la formación de la personalidad, aunque siempre dentro de un haz de influencias en el que entran también el medio ambiente y los rasgos de tipo físico de cada individuo.

domingo, 27 de enero de 2013

El origen de la democracia ateniense

Al comienzo del siglo V a.C. tuvieron lugar las Guerras Médicas, en las que los griegos, dirigidos por Atenas y con la colaboración de Esparta, se enfrentaron al Imperio Persa. Las guerras comenzaron cuando las colonias griegas del Asia Menor, apoyadas por los atenienses, se sublevaron contra los persas. Una vez restablecido el orden en estas ciudades, el rey medo-persa Darío envió un poderoso ejército contra Grecia, que fue derrotado en la batalla de Maratón, cerca de Atenas.
Unos años más tarde, Jerjes, hijo de Darío, organizó una nueva y más poderosa expedición, compuesta por más de 300.000 hombres, que tras derrotar a los espartanos en el paso de las Termópilas, tomaron e incendiaron Atenas. Sin embargo, los atenienses, con la ayuda de los espartanos, lograron rechazar a los invasores, derrotándolos sucesivamente en las batallas de Salamina y Platea (año 479). Aún tuvo lugar un tercer conflicto armado, pero en esta ocasión lo iniciaron los atenienses, llevando a cabo una expedición contra el territorio persa. La rivalidad entre ambos pueblos terminó hacia mediados del siglo (año 449) con la paz de Calias.
Pericles (495-429 a.C.), político ateniense,
subió al poder en el 462. Favoreció la
navegación, el comercio y las
actividades científicas y artísticas.
El éxito obtenido por Atenas en las Guerras Médicas influyó de modo importante en el surgimiento de nuevas formas sociales y políticas en dicha polis. Desde el siglo anterior, primero Solón y después Clístenes, habían elaborado determinadas leyes tendentes a favorecer la situación del pueblos (demos). Esta inclinación se vio incrementada a consecuencia de las Guerras Médicas: la nobleza ateniense, incapaz de soportar sólo con sus fuerzas el ataque del numeroso ejército persa, se vio obligada a solicitar la intervención de las clases populares y, de este modo, éstas, una vez pasado el peligro, reclamaron unos derechos y una legislación análogos para todos los ciudadanos, y poco después, con la subida al poder de Pericles, tuvo lugar el establecimiento de la Democracia, ya predispuesta por Efialtes en 462 a.C.
La Democracia (demos, pueblo; crátos, poder) favoreció la participación en los asuntos públicos de un mayor número de ciudadanos y otorgó una creciente importancia a las asambleas (las discusiones y debates políticos y jurídicos), lo cual conllevó el nacimiento de una nueva cultura, orientada a las cuestiones prácticas del gobierno de la ciudad y de la administración de la justicia, que dio origen, de este modo, al desarrollo de tendencias y teorías contrapuestas entre sí, en medio de las cuales cobró un notable significado la habilidad dialéctica como medio de intervenir en las diversas instituciones.
Esta situación, pues, propició la aparición de ciertos pensadores especializados principalmente en la enseñanza de la retórica y de la dialéctica que, paulatinamente, fueron adquiriendo una destacada importancia en la evolución del pensamiento griego: los sofistas.

domingo, 20 de enero de 2013

La civilización griega

1. El medio natural
La Grecia antigua estaba formada por las penínsulas Balcánica y del Peloponeso, así como por numerosas islas. A estos territorios, bañados por las aguas de los mares Jónico y Egeo, se unieron más tarde las costas del Asia Menor.
Ocupaba una situación privilegiada entre Asia (Mesopotamia), África (Egipto) y el resto de Europa.

En esta zona montañosa se asentaban pequeños núcleos de población rodeados de huertas, campos de cultivo y bosques.
La cercanía al mar y el relieve accidentado (las montañas dificultan las comunicaciones) fueron quizás la causa de la independencia de las ciudades griegas y de su necesidad de buscar en otros lugares del Mediterráneo los productos que escaseaban en su territorio.
Por este motivo, la cultura griega se extendió por el Mediterráneo y alcanzó tanta importancia que podemos considerarla el origen de la civilización occidental.

2. Historia de Grecia


2.1. Edad de los Metales
La civilización griega, en su conjunto, recibe el nombre de Hélade, palabra derivada de heleno, término que los griegos se daban a sí mismos.
Los orígenes de la civilización griega se remontan a la Prehistoria. Durante la Edad de los Metales, en esta región se dieron grandes civilizaciones:

Edad del Bronce


Mujeres de azul, fresco del palacio de Cnosos,
perteneciente a la civilización cretense o minoica.
3000-1450 a.C. - Civilización cretense o minoica: Localizada en la isla de Creta, tuvo su apogeo durante el mandato del rey Minos, en la ciudad de Cnosos. Los cretenses conocían la escritura, y su arte se plasmó en grandes palacios, verdaderos centros religiosos, económicos y políticos. Comerciaban por todo el Mediterráneo y exportaban cerámica, tejidos, objetos de bronce y orfebrería.

La leyenda del minotauro
Según la leyenda, el rey Minos pidió a Poseidón (dios del mar) un toro blanco que después debía sacrificar. Pero Minos no lo sacrificó, y el dios se vengó haciendo que su mujer concibiera al minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre. El rey ocultó al minotauro en un laberinto ideado por el arquitecto Dédalo e impuso a la ciudad de Atenas un tributo de siete muchachos y siete muchachas para que fueran devorados por el monstruo. El príncipe ateniense Teseo se negó a entregar más jóvenes en sacrificio y, arriesgando su vida, entró en el laberinto y mató al monstruo. Teseo consiguió encontrar la salida porque, mientras lo recorría, desenrolló un ovillo de lana que le había dado Ariadna, hija de Minos.



1900-1200 a.C. - Civilización micénica: Situada en la península del Peloponeso y con centro en Micenas, vivía de la ganadería, la agricultura y el comercio de metales preciosos. Una guerra civil, la invasión de los dorios y posiblemente una serie de desastres naturales (terremotos) provocaron la destrucción de sus ciudades, que quedaron reducidas a aldeas.

Edad del Hierro

1200-800 a.C. - Época oscura: Fue llamada así por la escasa información que se tiene sobre ella y por la pobreza de su arte. Los dorios del norte de Grecia sometieron a los pueblos que habitaban en la península, y comenzó a crearse una cultura homogénea. Las aldeas empezaron a agruparse en ciudades autosuficientes política y económicamente: las polis, pequeñas ciudades-estado con gobierno y territorio propios.
A partir de la formación de las polis, la historia de Grecia se divide en tres grandes períodos: las épocas arcaica, clásica y helenística.

2.2. Época arcaica: las colonizaciones
Durante esta época (siglos VIII a VI a.C.) las polis estuvieron gobernadas por jefes locales o reyes. Éstos fueron perdiendo fuerza en favor de la aristocracia, nobles y terratenientes, que comenzó a ocupar los cargos públicos. En ocasiones, la aristocracia oprimía en exceso a los grupos sociales más débiles, y un tirano asumía el poder por medio de un golpe de Estado. Los tiranos anulaban los derechos y libertades de los ciudadanos, pero llevaron a cabo reformas políticas y económicas que favorecían a los comerciantes, a los campesinos y a los artesanos.
Debido al crecimiento de la población, a la falta de tierras de cultivo para todos y a la necesidad de expansión del comercio y la artesanía, comenzaron a fundarse colonias en torno al mar Mediterráneo y se acuñó la primera moneda. Entró, así, en decadencia el mercado basado en el trueque y se inició un nuevo tipo de economía en la que se utilizaba la moneda.

La colonización del Mediterráneo llegó hasta las costas de Andalucía, donde los griegos establecieron enclaves comerciales como Mainake (cerca de la actual Málaga). Asimismo, mantuvieron contactos comerciales con Tartessos, donde compraban sobre todo metales.


Caballo de Troya
Homero escribió la Ilíada en la época arcaica. Los acontecimientos que inspiraron la obra pudieron haber tenido lugar siglos antes de que los recrease Homero.
Cuenta la leyenda que con ocasión de un viaje que hizo a Esparta, Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, raptó a la princesa Helena.
El ofendido Menelao, esposo de Helena y heredero del trono de Esparta, emprendió una guerra contra Troya con ayuda de otros monarcas. El conflicto se extendió a lo largo de una década, durante la cual la ciudad estuvo asediada.
Los griegos vencieron a los troyanos introduciendo un caballo de madera que escondía parte de su ejército.

2.3. Época clásica: democracia y oligarquía
La Grecia clásica (siglos V y parte del IV a.C.) estaba formada por multitud de pequeñas ciudades-estado o polis. Entre ellas destacaron dos: Atenas y Esparta, con concepciones políticas totalmente contrapuestas.

Atenas
Pericles (siglo V a.C.)
Los graves desórdenes que se produjeron en Atenas debido a la dureza con que la aristocracia trataba a los grupos humildes hicieron necesarias una serie de reformas. Éstas fueron llevadas a cabo por Solón, un legislador que suprimió el poder de los magistrados (arcontes, esto es, aristócratas que sucedieron a los últimos reyes en el gobierno de muchas de las ciudades griegas) y se lo dio a la Asamblea Popular (Ecclesia).
Tras un largo proceso se instauró en Atenas la democracia: el poder pasó a manos de los ciudadanos, que votaban las leyes, elegían a los gobernantes y decidían sobre la guerra y la paz. Los magistrados ejecutaban sus decisiones, y el Consejo (Boulé) preparaba los asuntos que se iban a tratar.
Más tarde, en el siglo V a.C., Pericles, jefe del pueblo y del ejército, gozó del apoyo y la admiración de los atenienses, a los que gobernó durante 30 años. Embelleció la ciudad, que albergó, a partir de entonces, a muchos intelectuales y artistas.
Bajo el mandato de Pericles, Atenas vivió una época de máximo esplendor en la que se hizo dueña del mar Egeo, y desarrolló un importante comercio con numerosas colonias repartidas por el Mediterráneo.

Esparta
Su sistema político era la oligarquía, forma de gobierno en la que el poder lo ejerce un grupo de personas: la ciudad estaba gobernada por dos reyes, con funciones religiosas y civiles; 28 ancianos (Gerusía) que presentaban proyectos a la Asamblea, y 5 representantes (éforos) de la Asamblea Popular, formada por todos los ciudadanos espartanos, que eran los únicos que tenían derechos políticos.

En esta época también tuvieron lugar una serie de enfrentamientos.
En las guerras médicas, nombre procedente del territorio persa Media, los griegos se enfrentaron a los persas por el dominio de las costas del Asia Menor. Atenas organizó la Liga de Delos, en la que participaron varias polis, y armó una poderosa flota que venció a los persas, quienes tuvieron que renunciar al control del mar Egeo.
Desde la llanura de Maratón (Ática), el soldado griego Filípides corrió 42 kms. y 175 m. hasta Atenas para anunciar la primera y aplastante victoria griega sobre los persas en las guerras médicas. Falleció al llegar, agotado por el esfuerzo. Para conmemorar esta hazaña, se incluyó la maratón en los modernos Juegos Olímpicos.
Posteriormente, las guerras del Peloponeso enfrentaron a las polis griegas entre sí. Atenas exigió administrar el tesoro de la Liga de Delos y obligó a permanecer en ella al resto de las polis. Surgieron, así, tensiones entre las polis: unas apoyaron a Esparta, y otras a Atenas.
Venció Esparta, que impuso en Atenas una rígida tiranía e hizo destruir las fortificaciones del puerto y las murallas que rodeaban la ciudad.
Tras las guerras, las polis quedaron muy debilitadas y los griegos sufrieron una invasión que puso fin a esta época.


Retrato en mármol de Alejandro Magno,
 procedente de Alejandría, Egipto (Siglo II o I a.C.).
Actualmente en el Museo Británico de Londres.
2.4. Época helenística
Esta etapa (siglos IV a III a.C.) comenzó con la conquista de Grecia por el rey Filipo de Macedonia, quien, con un ejército muy bien organizado, fue reduciendo progresivamente a las polis griegas.
Tras su muerte en el 336 a.C, su hijo Alejandro Magno le sucedió en el trono y continuó la expansión iniciada por él, consiguiendo la mayor extensión territorial del mundo antiguo antes de los romanos: dominó a los griegos, sometió Siria, Egipto y Mesopotamia, venció a los persas y llegó hasta la India.
A medida que avanzaba, y en su afán de crear un imperio mundial, Alejandro fundó numerosas ciudades, construyó carreteras y canales de riego, y extendió el griego como lengua universal y la cultura helenística. La helenización de Oriente dio lugar a una nueva cultura en la que se mezclaban elementos del mundo griego y aportaciones de las civilizaciones orientales.



A la muerte de Alejandro en Babilonia en el 323 a.C., víctima del paludismo, su vasto imperio se repartió entre sus generales, que se disputaron el poder; de este modo, se formaron tres grandes reinos con sus respectivas dinastías:

  • Macedonia y Grecia
  • Asia Menor, Siria, Mesopotamia y el antiguo Imperio persa.
  • Egipto
Entre los siglos II y I a.C., todos estos reinos fueron convertidos en provincias de un nuevo imperio universal: el Imperio romano.

Mapa de la ciudad de Alejandría (Egipto)
Alejandría: centro cultural y económico del Mundo Antiguo
Alejandría fue fundada por Alejandro Magno, del que recibió su nombre. Importante puerto en el delta del Nilo (Egipto), se convirtió en la capital del arte y de la ciencia y en centro del comercio entre Europa, Arabia y la India.
Su famosa biblioteca fue la más grande del Mundo Antiguo. Estaba dividida en cuatro secciones: Literatura, Matemáticas, Medicina y Astronomía. Disponía también de aulas para impartir lecciones, así como de instrumentos astronómicos y jardines que reunían gran cantidad de especies vegetales y zoológicas.